Por Kaizar Cantú

Se supone que octubre es el mes del terror, así que en esta ocasión hablaré un poco sobre la última vez que sentí terror entre las páginas.

No soy lo que puede llamarse un fanático de los cómics, pero tengo suficientes amigos y conocidos a los que puede asignarse el calificativo. Y cuando uno pasa tiempo cerca de personas que disfrutan, admiran y hasta estudian el medio de los cómics, es casi seguro que se escucharan ciertos nombres, entre ellos el de Alan Moore.

Alan Moore es un hombre tenebroso. La primera impresión que da es la de un retrato aumentado y maligno de Dostoievski. Su rostro asoma bajo una cabellera espesa y larga, de un color castaño apagado por la ceniza, y de éste cuelga una barba, también larga y espesa. Los ojos parecen hundírsele en los huesos del cráneo, como si escaparan hacia una dimensión distinta al terreno en el que se mueven, y lleva los dedos cubiertos por toscos e intimidantes anillos. Es quizá la imagen más cercana que existe entre los vivos de un maestro de las artes oscuras.

Moore es uno de los pilares de la industria del cómic, muy conocido y admirado dentro de ella incluso antes de que su nombre adquiriera una fama, digamos —a falta de un mejor término—, literaria. Sus obras más famosas son series breves o novelas gráficas (Watchmen, V for Vendetta, The League of Extraordinary Gentlemen), y de todas ellas puede decirse que tienen un aura que va de lo lúgubre a lo trastornado. Hoy hablaré, sin embargo, de las historias que escribió sobre la segunda encarnación del personaje Swamp Thing (The Saga of the Swamp Thing) a mediados de los 80.

Swamp Thing es, como lo declara su nombre, una “cosa” o monstruo salido del pantano. Su primera encarnación apareció en House of Secrets #92 (1971), cuando el científico Alex Olsen se tiró al pantano envuelto en químicos y emergió transformado en una criatura colosal cubierta por ramaje y vegetación. La criatura volvería en 1972, con los mismos orígenes pero ahora bajo el título de The Swamp Thing y la identidad de Alec Holland. The Swamp Thing siguió publicándose hasta 1976 y desapareció por unos cuantos años. El personaje fue revivido en 1982 con The Saga of the Swamp Thing, escrita inicialmente por Martin Pasko antes de ser puesta en manos de Alan Moore, quien se haría cargo del personaje desde 1984 hasta 1987 .

Moore introdujo varios cambios en The Saga of Swamp Thing. Quizá el más importante fue una reinterpretación del génesis de la criatura, que dejó de ser una mutación de Alec Holland causada por químicos y pasó a convertirse en una materialización de la consciencia del pantano después de que éste absorbiera el cuerpo y la memoria del científico. Es probable que este nuevo enfoque estableciera la tendencia de los conceptos y temáticas a tratar por Moore a lo largo de la saga, permitiéndole utilizar a la criatura y a su ambiente para tratar historias de aire más abstracto y espiritual.

No he leído los primeros 19 números de The Saga of Swamp Thing, así que no puedo comentar nada respecto a la clase de historias que contaba Pasko en comparación con las de Moore. Sin embargo, hay algo a partir del #20 (“Loose Ends”), y aún más presente en el #21 (“The Anatomy Lesson”), que es incuestionablemente “mooresco”. Algo inquietante en las palabras y en las imágenes, algo que palpita hasta alcanzar el ritmo de un pánico que no estalla pero que tampoco es incapaz de aplacar la fuerza de su martillazos contra el corazón.

La prosa de Moore es imaginativa e hipnótica. Lo engancha a uno con las primeras palabras y lo va llevando poco a poco a lo largo de los paneles llenos de verde y de púrpura, de marrón y amarillo, repletos de figuras que se retuercen y caras que se estiran hasta alcanzar los límites abominables del terror y la locura. Es un viaje rítmico, un hechizo que casi siempre termina con la aparición de una imagen gigantesca o un recuadro que se apaga. Moore maneja estos encantamientos a la perfección. Recuerdo bastante bien la historia del #45 (“Ghost Dance”), donde un grupo de adolescentes visita la casa de la viuda Winchester. Moore combina sus palabras con el ritmo de los paneles para recrear una serie de golpeteos que evocan primero el martilleo de una casa que se construye, luego los disparos de un rifle y al final un poco de ambos, sonando eternamente entre los fantasmas que habitan la casa.

Tal vez lo más aterrador de Moore son sus personajes. Podría decirse que muchos de ellos son caricaturescos, retratos sin filtro de la crueldad y la estupidez. Sin embargo, son los niveles descarados de maldad, de inconsciencia lo que asusta. Y si a eso se añade el dibujo de sus rostros, los encuadres claustrofóbicos y la psicodelia de pesadilla —ojos amarillos, rostros púrpura, dentaduras verdes—, las historias parecen más bien pobladas por la clase de criaturas que uno se encuentra cuando arde en fiebre durante momentos de inconveniente introspección.

Caigo en cuenta ahora, ya que me he tomado el tiempo de escribir esta nota incompleta y vaga, de que no hay nada que yo pueda decir sobre el trabajo de Alan Moore en The Saga of Swamp Thing que exprese con justa precisión la clase de horror que el hombre ha logrado a través de sus hechizos. Quizá lo mejor que puedo decir es que Moore hace que uno encuentre el miedo en las articulaciones, muchísimas de ellas temibles, de un pensamiento que sufre. ¿Y acaso hay algo más común sobre esta tierra que el sufrimiento?

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