Por Kaizar Cantú

A veces me pongo a pensar sobre lo que trasciende en eso que denominamos Literatura. Las cosas que pienso no son precisamente originales; son más bien un repaso cauteloso y vago de lo dicho, con palabras más capaces, por otros. Pero las pienso de todos modos porque hay algo entretenido en eso de dedicarle ratos a una cuestión tan inútil como la presencia y permanencia de lo incorpóreo en los territorios del tiempo.

Recuerdo que un profesor, hablándonos sobre la importancia y significado del canon en las Letras de Occidente, nos mencionó algo que denominó el shadow canon. El shadow canon, nos dijo, es una especie de canon no oficial que surge y se desarrolla a las espaldas de la academia. No tienen un propósito específico, y podría decirse que tampoco cuenta con un tribunal que lo represente y que proteja su integridad de las modas literarias y el mal gusto propio de cada época. Valga la analogía tan torpe: si el canon oficial es un jardín de flores selectas y bien cultivadas, el shadow canon es un lote baldío lleno de brotes extraños y a veces monstruosos; un lote que nadie cultiva —o no con la finura tradicional—, pero que todos conservan y al que se le permite crecer a su antojo.

Pertenecen al shadow canon figuras como Lovecraft, Tolkien y, de cierto modo, Jack Kirby. Siendo más precisos, es su obra la que pertenece a este canon clandestino, o al menos porciones específicas de ella: un monstruo que encarna males muy antiguos, salido de lo más remoto del espacio y que duerme hambrienta en lo profundo del océano; una tierra medieval poblada por criaturas con una tradición tan antigua y palpable como la de algunas naciones modernas; la mitología múltiple de superhombres creados por la ciencia y jerarquías de dioses intergalácticos. Decidimos conservar las obras por la fuerza de sus imágenes, por la manera en la que han estimulado las fantasías de varias generaciones.

Es esta una de las razones —la apelación a gozos de un orden vinculado a lo infantil— por las que la academia suele mantener obras de esta índole fuera del círculo del canon. Al menos así sucede en un inicio. Porque, como lo señaló más tarde el profesor, la presencia del shadow canon puede ser tan fuerte fuera de la academia que sus palabras y sus imágenes acabarán filtrándose en las entonces jóvenes mentes de futuros críticos, eruditos y escritores, y serán ellos quienes pregonen y defiendan el valor de las obras que los sorprendieron en su juventud. Eso no garantiza su aceptación dentro del club, pero sí las proyecta como fenómenos bastante influyentes para la Literatura. Aunque, hay que decirlo: incluso sin la ayuda de las mentes más brillantes de cualquier generación, aquellas imágenes —fantásticas, inmensas— se abrirían espacio entre el torbellino de fantasmas que sigue y seguirá apareciéndose en nuestros sueños.

Supongo que es difícil, y tal vez hasta insensato, hablar sobre una fuerza tan vaga como lo es la imaginación, especialmente si lo que se quiere es identificar eso que otorga la virtud de trascendencia en la Literatura, que, siendo francos, puede ser tan vaga e inaprehensible como la misma imaginación. Pero sin duda hay algo en lo desvergonzadamente maravilloso que nos hace creer que vale la pena conservarlo para los que viven cuando nosotros ya somos muertos; algo que elude por mucho a mis torpes y empobrecidos conceptos.

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