Oh, aliento de vida que pasas dejando huella. Piel arrugada, flácida, llena de lunares; ojos cristalinos, tan transparentes que casi narran el pasado, enmarcados cuidadosamente por una red de arrugas finas y gruesas que parece estar ahí para atrapar los recuerdos de escaparse. Cara enjuta, cejas grises con pelos fuertes y soberbios, labios rosados y resecos también rodeados de plieguecillos en abundancia. Ah, pero eso sí, el cerebro bien lúcido y una sonrisa pícara que delata un diálogo interno con la historia y el futuro. Bailas al compás de la marimba en esta tarde de ron. Tus pantalones ya te quedan flojos y las piernillas tilicas se ven ahí en algún lugar debajo de la tela. Llevas el ritmo moviendo la cabeza y bailas entrecortando el movimiento; el ruido constante del manojo de llaves que traes siempre colgado del lado derecho del cinturón se alinea a las percusiones de la música caribeña.

La ves y sonríes. Todas las arrugas se mueven para obedecer tu alegría y los ojos se te llenan de memorias. La observas risueño, con gratitud y amor… Con esa adoración que es todo lo que queda al final, ahí debajo de las arrugas y detrás del tiempo. Le extiendes tu mano y, a regañadientes, un poco apenada, ella se para junto a ti. También se nota cómo le han pasado los días. Poco pelo, ya casi todo gris, aunque descuidadamente pintado color castaño. Sin maquillaje, como siempre, desde que la conociste a los 16 años. Natural, ella y su bondad. Madre de tres, esposa fiel y tierna abuela de cuatro nietos.

Bailan juntos esa pieza caprichosa, tan voluntariosa y cambiante como la vida misma. La edad los ha enamorado; se abrazan y ella apoya su cabeza en tu hombro, como buscando aferrarse a ti desde lo más profundo de su ser. Nosotros los vemos amarse sentados alrededor de la mesa llena de botanas mientras ustedes se pierden en el tiempo. Sus ojos cansados se les llenan de agüita mientras se debaten entre el gozo presente y el sufrimiento venidero. Pero, ¿de qué sirve llorar una ausencia cuando todavía está presente? Así que mejor todos sonreímos, aunque rodeados por un aura gris que espera el momento justo en que el aliento de vida se desplome sobre nosotros. Ese momento en el que preciado soplo decida retirarse de tu cuerpo.

Uno de los niños tira su refresco sobre la mesa y el momento suspendido en el espacio se desmorona. La tarde continúa como todas las tardes, con risas, enojos y hasta alguna que otra lágrima como consecuencia a conflictos momentáneos… Pero sobre todo continúa siendo observada por tus ojos verdes llenos de sabiduría y comprensión.

Me despido; la tarde llega a su fin y la vida tiene que continuar. Te abrazo tan fuerte que inhalo tu aroma a vejez, moho y tiempo. “Te quiero tanto”, cada vez el mismo diálogo final y esos brazos aún fuertes que me sostienen y me guían. “Yo también te adoro”, le regreso el beso, susurrándole al oído, “hasta mañana”.

Por Jessica Barba Zúñiga

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