¿Se come rico en presencia de los difuntos?

Por Mariana Treviño & José Ignacio Hipólito 

Ilustración por Haydeé Villarreal

Los muertos ya no tienen hambre, pero siempre necesitan que los recuerden y que pasen tiempo con ellos. Ese es el propósito de los panteones, rendirle un poco de tiempo a los seres queridos que ya no están en el mundo físico, para de alguna forma hacerles saber que su vida valió la pena, que su paso por el mundo no fue en vano, que dejaron algo digno de recordarse; la catarsis del recuerdo de un ser querido deja exhausto a cualquiera, lo drena de todas sus fuerzas, sobre todo si se fue prematuramente o si se le tenía mucho cariño.

Por esta razón, los Tacos del Compadre están ubicados a las afueras del panteón Dolores, en la calle Bravo y Washington. Sirven como eterno antojito a los fallecidos, promesa a los muertos y una opción para quienes van a recuperar sus ganas de vivir, su fuerza y su hambre con la ayuda de unos ricos tacos bien dorados y grasositos de cabeza, chicharrón, picadillo o pierna.

También conocidos como los “tacos del muerto”, sirven como advertencia para quienes son proclives a caer en uno de los pecados capitales: la gula. Después de una orden de cinco tacos, el paisaje no ayuda a digerir la culpa. Las cruces de granito, los adornos floreados, las criptas y los mausoleos son los fiscales del más allá.

Las cebollas y la salsa borracha son el cascabel de la serpiente que tienta a pecar; la tortilla de maíz dorada con aceite rellena de un guiso asado al día o carne fresca es el cuerpo que repta hacia el oído; el que toma la orden, Ricardo Rico, nieto del fundador del lugar, es la voz que tienta y convence de cometer el pecado. La única frase que tiene que decir es “¿Cuántos le damos?”.

Todo empezó hace un poco más de 40 años, cuando su abuelo, Eulalio Rico, paseaba con un carrito de tacos en los alrededores de la colonia para ver si los trabajadores de las fábricas cercanas tenían hambre o querían descansar un poco y recuperar fuerzas con un antojito. Conforme se fue haciendo más y más popular entre la gente de la colonia, el puesto empezó a volverse más grandes, hasta finalmente ubicarse en un carrito que no termina por satisfacer a todos sus clientes.

De 7:00AM a 3:00PM, los tacos sirven, sirven y sirven a los antojadizos, y para el medio día ya no hay de chicharrón, ni de pierna, y muchos de los que vienen en una procesión de hambre y antojo al carrito terminan desilusionados. Fueron salvados de la gula por otros pecadores.

Los taqueros finalizan el día en el que no se tienen las suficientes manos, los suficientes oídos, y en el que no alcanzan ni tortillas ni chicharrón ni picadillo ni cebollas ni salsa borracha ni ensalada de zanahoria. Todo se acaba en un par de horas. El Día de Muertos llega como un tsunami de colores al panteón Dolores: los arreglos florales, los listones, la comida para los altares, la flor de cempaxúchitl, mas no se compara con la cantidad de clientes atendidos en los Tacos el Compadre. Los días cercanos al 2 de noviembre son los que más les dejan propinas y ganancias al establecimiento.

Los tacos del muerto distan mucho de ser comida sin sabor, chupada por los difuntos del cementerio, como se cree que lo hacen cuando se les hace una ofrenda. El comal pareciera estar bendecido o maldito, todo depende de cuáles sean las creencias sobrenaturales de cada quién; la gula puede ser la maldición de la muerte que tienta a todos los comensales a comer y comer, pero también puede ser el regalo bendecido de los muertos a sus seres queridos para hacerles saber que después de su muerte, la vida sigue teniendo sentido; aún hay delicias por las que vale la pena seguir viviendo. Todo depende, pero algo es seguro: los muertos ya no tienen hambre.

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