¿Qué tiene de especial otro puesto de tacos afuera del metro?

 

Por Mariana Treviño & José Ignacio Hipólito

 

Saliendo de la estación Y griega del metro se encuentra uno de los puestos de tacos callejeros más raros de Monterrey. No porque tenga un menú exótico o meseros de otra nacionalidad, sino porque simplemente es difícil encontrar un puesto de tacos justo a la salida del metro.

Hay una gran variedad de puestos de tostadas rojas, agua de melón, hot dogs, fruta picada, elote en vaso, Tostitos e incluso de tacos al vapor, pero tacos de carne asada cocinados en un comal con la grasita propia y escurriendo ese aceite que muchas veces les falta a los establecimientos que se jactan de ser más higiénicos… de esos casi no hay.

Cerca de las seis de la tarde, los taqueros, fanáticos empedernidos del club de futbol felino de Monterrey, empiezan a acomodar todo el puesto para que la gente que viene cansada, antojadiza y hambrienta después de sus ocho horas de jornada laboral disfrute una orden de cinco con una Joya de ponche.

El puesto sólo consta de un carrito de metal con una olla para el aceite. En las mañanas se le puede ver abandonado en el estacionamiento cerca de la calle David G. Berlanga, entre Villarreal y Colón, pero durante la noche el puesto es uno de los más concurridos en la zona; las luces de los focos gastados y viejos iluminan el local atendido por cuatro —o a veces dos o tres— taqueros, además del que cobra y maneja el dinero y el que toma la orden del par de mesas metálicas de Coca Cola que casi siempre están ocupadas. Frente al carrito hay una barra en la que uno se puede sentar y, si se tiene suerte, ver junto a los taqueros un partido de los Tigres mientras se discute efusivamente, entre la grasa y el olor a carne, si fue tiro de esquina o fuera de lugar, si fue penal, que si el árbitro está vendido o si el director técnico está loco.

Con un poco más de 20 años de historia, los Tacos de la Y griega obtienen su nombre de la estación con la que colindan. Han sido un negocio lucrativo desde que comenzaron. Les va bien entre semana, cuando la gente regresa de trabajar por el metro, o también los fines, cuando familias enteras regresan a sus casas del Parque Fundidora, pero no sin antes comerse unos taquitos.

Todas las órdenes vienen acompañadas de las clásicas papitas de galeana y cebolla asada, costumbre culinaria muy popular en el norte de México. El menú es escaso, pero eso no afecta la calidad de los tacos. Al contrario: están tan seguros de su sabor que no necesitan de más platillos.

Al igual que en muchos establecimientos de tacos, las salsas son tres: la de chipotle, la de aguacate y la de tomatillo verde o fresadilla, todas servidas en recipientes de plástico pensado para la cátsup, la mostaza y la mayonesa.

Y como es costumbre en México, la mayoría de las cosas se adaptan, hasta el “papel para tacos”, ese con el que envuelven las órdenes para llevar. Contiene envolturas de Danonino, de los Duvalín o de los quesos asaderos, según la temporada en la que vaya uno.

En algunas ocasiones, su modo de operar recuerda mucho al de los establecimientos norteamericanos donde las hamburguesas son llevadas hasta la ventanilla del automóvil por chicas en patines de cuatro ruedas. Los automóviles hacen fila en el estacionamiento de la calle Berlanga y esperan a que el mesero les venga a tomar la orden. Las familias o parejas ensucian sus autos con perejil, cebolla o la carnecita que se le antojó a alguien.

Es saber popular que uno debe evadir los puestos de comida a las afueras del metro. Los Tacos de la Y griega están tan lejos de la estación como para que se desvanezca el temor a la insalubridad que suele atribuírsele a los puestos callejeros, pero quedan lo suficientemente cerca como para ameritar su nombre. Los mejores tacos callejeros están a sólo unas estaciones de distancia. 

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