Todos los días, Martin llegaba a su casa después de un duro día en el restaurante donde trabajaba como lavaplatos. Ya venía bañado, cambiado y rociado de pachuli, su loción favorita, la cual, según le dijeron, era esencia de mariguana; se la compró en el tianguis de Tepito, junto con sus tenis Nike. Martin saboreaba los manjares que preparaba su madre. Todavía masticando el último bocado, tomaba su radio grabadora, que se encontraba pagando en abonos, y procedía de inmediato a acostarse en una litera que compartía con sus tres hermanos; el más pequeño dormía con sus papas (“Todavía no se desteta”, decía).

Insertaba el casete del grupo favorito en turno para sumergirse entre sueños y quimeras, utopías e invenciones, pero molestaba con su ruido incomprensible a los hermanos, y también al papá. Luego de que le dolía la espalda de estar acostado, se levantaba y se miraba en el espejo del ropero y se peinaba para atrás y luego, con ambas manos, como si estuviera elaborando un pan virote con una masa imaginaria, fabricaba el copete de su cabello, estirándolo hacia delante, hasta la mitad de las cejas. Después ponía más loción, tomaba su grabadora con un par de cintas y se salía a la calle ya oscurecida.

Buscaba su rincón favorito, entre un camión cisterna abandonado y la entrada de una vieja accesoria ya cerrada; olvidada que alguna vez fue consultorio médico y después fábrica de shampoo de sábila (el olor se le quedó para siempre). Era su lugar favorito, su territorio. Nadie se lo podía quitar, nadie estaba interesado, ni siquiera los perros iban a orinar ahí. Pero Alex le sacó provecho, porque una vez que limpiaba el polvo para no ensuciar sus jeans entubados tipo strecht, se sentaba y colocaba la grabadora sobre sus piernas con las bocinas y el reproductor hacía arriba, mirándolo, y él le correspondía mirando sus carretes girar.

Sacaba de la bolsa de su chamarra de mezclilla la primera cinta: David Bowie, misma que insertaba en el reproductor, sus manos torpemente dándole play como un si fuera un sediento al que le daban de pronto un poco de agua después de varios días de sequía. Comenzaban a sonar las primeras notas del track 1. En la portada, el autor aparecía con cabello ondulado y una mirada inquietante, con cada uno de sus ojos de diferente color.

Control en tierra llamando al mayor Tom, Torre de control llamando al Mayor Tom. Martin miraba hacia arriba; observaba la Luna, el cielo, el espacio, el planeta tierra. Estaba sentado en una lata, tenía puesto su casco y se había tomado sus pastillas proteínicas. Se tocaba el hueso saliente por arriba de su pecho, justo en medio de sus costillas, y comenzaba el contacto, la cuenta regresiva: nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno… Los motores en buen estado, comprueba la ignición y que dios esté con él.

Este es el control de tierra llamando al Mayor Tom. Las chavas pasaban por ahí y se le quedaban viendo. “Ese muchacho serio y callado siempre está sentado en ese lugar, solo, con su grabadora y su música rara, por eso no tiene amigos”. Sí, los chavos de su edad buscaban tocadas o una fiesta donde el sonido pusiera discos de High Energy. Ya no le insistían, tenía mucho de haberlos mandado al carajo. Sí, los chamacos ya no jugaban con él al balón porque ya no les quería contar historias de Quijotes deschavetados, muñecos mutilados y princesas besasapos. Sí, hoy todos lo ignoraban, pero lo ha conseguido. Mañana los periódicos querrán saber qué camisas usa.

Sala de control a Mayor Tom. Ahora es el momento de dejar la cápsula. Cosas de su edad: quería irse de su casa pero no sabía qué pasaría afuera. Sin embargo, había que intentarlo. Caminaba por la puerta y de pronto se encontraba flotando de una manera muy peculiar y las estrellas y los planetas se veían diferentes desde donde estaba. Se había apagado el sol. Estaba sentado en una lata, por encima del mundo, el planeta Tierra era azul, y no había nada que pudiera hacer, aunque hubiera pasado cien millas, se sentía muy quieto con una paz que nunca había sentido.

Abajo, en la Tierra, había pasado el tiempo. Sus hermanos lo buscaban desesperadamente. Alguien les dijo dónde fue la última vez que lo vieron. Acudieron al lugar donde se encontraba un camión cisterna abandonado y no vieron nada más que basura y cacas de perro. Él los observa desde su satélite personal. Se sentía tan bien que no pensaba regresar más que a cenar.

Por Alex Fulanowsky

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