El cronista mexicano y colaborador de El Barrio Antiguo, relata en este texto los entretelones de Carta desde La Laguna, la crónica por la que fue galardonado con el Premio Internacional de Periodismo Gabriel García Márquez

Por Alejandro Almazán

1

Almazán foto secundariaHubiese querido ir a La Laguna antes de que los rankings mundiales de violencia la tomaran en cuenta, pero no lo hice por miedo. A los narcos de esa región no le agradan los reporteros y lo han hecho saber con el secuestro de algunos de ellos. Así que como la guerra no perdona a nadie, supuse que el riesgo era mayor para un tipo como yo: despistado, imprudente, confianzudo y con una maldita suerte para atraer sustos. Llevo veinte años hablando de los narcos y en el camino algo me han enseñado los errores. Ahora nunca viajo sin haber encontrado a las personas adecuadas que pueden presentarme a los personajes correctos. En el caso de La Laguna, encontré a toda esa gente a principios de febrero pasado. Una de ellas me preguntó qué diablos hacía en La Laguna, pudiendo estar en mi departamento de DF. Le contesté con una sonrisa imbécil. Hoy puedo decir que fui a La Laguna porque quizá mis amigos tengan razón: soy un caso clínico. Fui, también, porque crecí en un lugar violento y aprendí algunas mañas. Fui porque me indigna la indiferencia de mi gente. Y fui porque de algo debe servir contarlo.

2

La Laguna es una zona metropolitana al noroeste de México que siempre ha suministrado lo que un adicto necesita: mota, chiva y perico*. Pero el orden estricto del negocio —donde sólo se asesinaba a los chivatos, a quienes se quedaban con un carga o a todo aquel que se metía con la mujer equivocada— se torció en 2005, cuando Los Zetas llegaron a la región y se propusieron hacer lo mejor que hacen: pelear la plaza a punta de fuerza fáctica. No sé si en La Laguna empezó la moda, pero ahí supe la historia de un tipo al que no sólo le habían quitado la vida, sino también la cara. Debieron hacerlo a navajazos.

El cártel de Sinaloa, la trasnacional mexicana número uno, se ha defendido desde entonces y lo ha hecho con talento: varias veces, por ejemplo, sacaron de los penales a sus mejores sicarios, éstos balearon bares y regresaron a sus celdas a celebrar. Dicen que por La Laguna se aparece Joaquín el Chapo Guzmán, el famoso narco mexicano que figura en una lista de los más ricos del mundo, aunque también está en la de los más buscados. Sea cierto o no que el Chapo va por aquellos rumbos, la gente le adjudica los periodos de paz que se llegan a darse en La Laguna. El cártel de Sinaloa tiene de su lado al Ejército, a la policía estatal y a los políticos con mayor peso. Por eso Los Zetas retroceden, se reagrupan y vuelven a las calles para pelear. Allá la guerra va y viene, como si fuera un topo que entra y sale de la tierra a su antojo.

3

La Laguna son cuatro ciudades de dos estados: Gómez Palacio y Lerdo (Durango), Torreón y Matamoros (Coahuila). A veces creo que el millón de habitantes aguantan porque eso fue lo que esta zona les enseñó.

Yo llegué a La Laguna cuando, en sus calles, cada doce horas era asesinada una persona.

4

De todas las historias que encontré en internet sobre La Laguna, tres se me quedaron en la cabeza: el masivo arresto de policías que trabajaban para los narcos, el forense que no se daba abasto por culpa de tanto y el granadazo que había sufrido El Siglo de Torreón. Javier Garza, quien entonces era el subdirector editorial del periódico, fue quien me hizo un resumen ejecutivo de la guerra en La Laguna. Hubo momentos en los que se detuvo para dar detalles horrendos, pero los más extravagantes me los platicaron dos duchos reporteros del diario, que me pidieron no decir sus nombres por cuestiones de seguridad.

Uno de ellos me dio raite a Gómez Palacio. En el camino me contó algunas historias que, por miedo, nunca llegaron a las páginas del Siglo de Torreón. Una de ellas trataba de cómo los narcos se habían enojado con el periódico porque, en una nota, alguien escribió que un grupo de sicarios había huido en cuanto se apareció la policía. “Nosotros nunca nos vamos sin terminar el trabajo”, dijo, palabras más palabras menos, el tipo que llamó a la redacción y exigió su derecho de réplica.

En Gómez Palacio me encontré con una reportera y un fotógrafo que me había recomendado un colega del diario Victoria, en Durango. Ella y el fotógrafo me dieron un tour por la ciudad. Me llevaron con gente que se animaba a hablar, siempre y cuando me olvidara de sus nombres y no les jugara sucio. Ahí escuché la historia del par de colegas que habían sido secuestrados semanas atrás, sólo para recordarles que eran ellos, los narcos, quienes decidían qué se publicaba y que no. Ahí, también, supe de las gasolineras que habían quemado Los Zetas y de las mantas que cada grupo colgaba en los puentes, acusándose mutuamente de asesinos.

Las tres historias que tenía en la cabeza las borró Gómez Palacio.

5

Aquel día que fui a Gómez Palacio, el ejército estaba plantado en el palacio municipal. No supe lo que estaba pasando hasta que un regidor, amigo de la reportera, nos confió que desde hacía días llegaban amenazas donde se aseguraba que habría un ataque al edificio. La alcaldesa fingió una actitud zen cuando la conocí y se la pasó hablando de que su municipio saldría adelante. Días después, balearon su casa y la alcaldesa juraba que nunca saldría de su oficina.

La alcaldesa, los colegas de Gómez Palacio y Torreón, y un informe que había publicado la revista Proceso me sirvieron para entender por qué había arreciado la violencia en La Laguna: Los Zetas habían perdido el apoyo de muchas autoridades de Durango y de Coahuila; ahora trabajan para el cártel de Sinaloa. Los Zetas se habían aliado con otros funcionarios de la región y pensaban que podían ganar.

6

JJ es una enciclopedia de la guerra en La Laguna. Vive en el Cerro de la Cruz y fue mi guía. Con él subí al cerro. JJ hubiera querido enseñarme más, pero después de tres horas caminando por callejuelas me sentía como si hubiera ido a donar sangre. Al día siguiente, el recorrido fue corto. JJ debía trabajar: le habían encargado ir a visitar a un tipo para decirle que, por las buenas o por las malas, pagara sus deudas.

Desde entonces no he hablado con él, pero sé que está bien.

7

Antes de viajar a La Laguna anoté situaciones que quizá podría encontrarme. Contemplé la posibilidad de hablar con un sicario, me propuse ir a comprar droga en la Durangueña (el territorio del cártel de Sinaloa), pensé en visitar el Hospital Universitario (el único lugar de Torreón donde hay servicio médico forense) y buscaría al dueño de una funeraria. En este último caso me llamó la atención la honestidad de Xioli, el propietario de un velatorio para gente pobre. Ninguno que había entrevistado antes me había dicho que le agradecía a la muerte las buenas finanzas.

Otra de las anotaciones fueron *) entrar al penal de Gómez Palacio y *) entrevistar a algunas madres de los desaparecidos en Torreón. Lo primero no pude hacerlo porque recién lo habían cerrado y a mí se había olvidado. En lo segundo, hablé con cuatro señoras y un viejón. Sus hijos están desaparecidos. En ese entonces, poco más de mil 600 personas se las había tragado la tierra y ninguna autoridad de Coahuila parecía interesarle el asunto.

Hasta hace poco supe que en el Cerro de la Cruz hay un grupo de músicos que enseña a tocar flauta y guitarra. Tratan de sacar de las calles a chicos que venden droga o saben disparar. Quizá fue un error no haberlo sabido.

8

JJ me presentó a Drug Dealer. El tipo era tan divertido que fue fácil convencerlo de llevarme a comprar droga. No sólo se lo agradecí con regalarle la cocaína que nos vendieron. También lo invité a comer, pero el perico le quitó el hambre y sólo picó el ribeye. Bebió cerveza como si acabara de bajar de la Luna.

9

Entre más preguntes, más pronto debes irte. Lo he aprendido a la mala. En Reynosa, por ejemplo, llevaba apenas dos días cuando un colega sugirió que me fuera y quiso darme dinero para que no publicara nada. En La Laguna nunca vi que me siguieran ni recibí llamadas extrañas. Sólo hubo los sobresaltos de costumbre.

10

Cuando se publicó el texto recibí un inbox en Facebook. JF, un habitante del Cerro de la Cruz, escribió para decirme que el texto no le había gustado. Según él, me había faltado recalcar que no toda la gente que vive en el cerro se dedicaba al narco. Aunque creí que había sido cuidadoso en no generalizar, le pedí que me disculpara con cualquier vecino que se hubiera sentido ofendido por la falta de claridad. JF aceptó mis disculpas y me invitó a Torreón para el 3 de mayo, el día que en el cerro se festeja al barrio. Dijo que algunos vecinos querían que fuera a comer carne asada y, de paso, me enseñarían el otro lado de la historia, donde la gente sale adelante sin involucrarse en los asuntos de drogas. Acepté.

Un mes después, sin embargo, JF volvió a escribir: lo hizo por correo y mandó copia a cada trabajador de Gatopardo. En esa carta su tono dejó de ser amigable. Maldijo a medio mundo y dejó en claro que yo había sido declarado visitante non grato en el Cerro de la Cruz. Guillermo Osorno, el editor de Gatopardo, decidió no publicar la carta porque le pareció más una amenaza que una aclaración. Yo sigo creyendo que un día de estos nos comeremos esa carne asada, allá en Torreón.

Comments

comments