¿Todo gran artista debe llevar dentro un ser perverso, sexual y provocador?

POR JOSÉ GARZA

¡Quiero ser rubio! —exclamó el pequeño niño a su abuelo Adolfo, un hombre de negocios muy trabajador y brillante, señalado como excéntrico y bohemio en la comarca minera de Coahuila. Ofo, como le decía, derramó polvo de oro en su cabeza y le dijo: —De aquí en adelante serás rubio y todo lo que quieras. El abuelo, que tenía mucha sensibilidad y le gustaba viajar, nunca se opuso a la vocación del nieto y hasta pudiera ser, en algún sentido, que eso le ayudó a hacer volar la imaginación de artista que ahora tiene. Una vez, de hecho, cuando tenía seis años de edad, después de un viaje a Londres, le trajo un uniforme de guardia del Palacio de Buckingham; en otra oportunidad un traje de marinero y en otra…

Por esos años, el niño, delicado y bien vestido, entró a una galería. Caminó por las salas y de pronto se detuvo, absorto, largo rato delante de un cuadro de Gunther Gerzso. Poco después se abrió la puerta y el chofer uniformado se le acercó para indicarle que ya era hora de partir. Durante varios meses se repitió la misma rutina. Un inmenso automóvil se detenía ante la galería, el niño bajaba, entraba sin saludar a nadie ni preguntar ni comentar nada, sólo veía largamente uno o dos cuadros hasta el momento en el que el chofer entraba a recordarle que era hora de marcharse. Un día desapareció. Una década después, el niño regresó con 21 años de edad y un cuadro bajo el brazo. Pretendía mostrárselo al galerista, Guillermo Sepúlveda.

Estoy por terminar mis estudios de arquitectura aunque mi mayor interés es la pintura —le dijo al art dealer.

Guillermo Sepúlveda advirtió la originalidad de su trabajo y en 1980 organizó en su galería, Arte Actual Mexicano, la primera exposición individual de Julio Galán, que con el tiempo se consagraría como uno de los artistas mexicanos jóvenes más internacionales.

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Ubicado en la corriente artística figurativa y neomexicanista de los 80, Julio Galán es un artista global con presencia en América y Europa. Su obra ha evolucionado por caminos sorprendentes: depuró su estética y consolidó sus planteamientos que liberaron muchos pruritos en el arte mexicano al abordar temáticas universales desde su mundo interior y autobiográfico.

La vida y la obra de Julio Galán tienen un cerco luminoso, un halo de fantasías y leyendas terribles y maravillosas. El artista nacido en Múzquiz, Coahuila (1959), pero radicado en Monterrey, se ha creado todo un mundo en el que mezcla ficción y realidad, y en el que se confunden la verdad con la mentira. Se habla de una tormentosa infancia de la que quedó dolido, afectado; de una vida solitaria y triste que se agudiza con la reciente muerte de la madre; de los personajes que ha creado con infinidad de disfraces y de un proceso de creación intuitivo, inconsciente y salvaje que desemboca generalmente en autorretratos ingenuos y perversos.

Aunque lo mejor de este creador está por venir, dada su naturaleza sorpresiva, para algunos, el gran momento de Julio Galán ocurrió en 1985 cuando pintó Me quiero morir, un gran óleo de un metro y medio de ancho por casi dos metros de largo: un autorretrato con ojos cerrados y los brazos extendidos con las manos abiertas a la altura de la cabeza, sobre la que aparecen papeles de china picados con la leyenda del título del cuadro y una bandera mexicana.

Otro cuadro célebre de esa gran época es Paseo por Nueva York con dolor de cabeza y barajas de lotería, un óleo de dos metros de largo en el que el pintor se retrata como un gigante en medio de las calles y rascacielos de la urbe de acero con la imaginería del juego de azar mexicano por excelencia.

Por las extravagancias del personaje podrá pensarse que el autor le roba fama a su propia obra. En sus carpetas fotográficas no hay materiales que documenten sus procesos de creación como ocurre con otros creadores como Toledo. Siempre surge elegante o disfrazado como alguno de sus personajes pictóricos. Solamente en una ocasión lo vi con pantalones cortos y playera, manchado de pintura. Eso fue previo a su gran exposición retrospectiva en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, en septiembre de 1993, que reunió la noche de su apertura a más de cuatro mil personas. (Ese museo conocido como Marco le entregó en 1994 un premio de 250 mil dólares por un óleo de casi dos metros de altura, Sácate una muela: un autorretrato de cuerpo entero con un esqueleto sobrepuesto, considerado por el crítico y comisario mexicano Miguel Cervantes como obra maestra del arte contemporáneo).

Quizá una clave para entenderlo esté en la inscripción que hizo en uno de sus óleos pintado en 1984, Juego de barajas y calabaza y yo y yo, y que dice: “Soy adicto a mí”.

De familia de abolengo, de padre dedicado a los ranchos y a las minas y una madre concentrada en el hogar, con cuatro hermanos, Julio Galán fue exigido por su gente a cursar una carrera (arquitectura) que no deseaba, en una situación que le obligó a un rompimiento que llevó hasta Nueva York para exponer en las galerías alternativas en el East Village.

Desde sus inicios, la obra de Julio Galán atrajo la atención de importantes galeristasneoyorquinos, franceses y holandeses. Críticos y coleccionistas se unieron al gusto por su trabajo, igual artistas famosos como Andy Warhol y museos importantes que adquirieron algunas de sus piezas, como el Witte de Rotterdam y el Stedelijk de Amsterdam. Mientras en México su obra seguía siendo promovida por Guillermo Sepúlveda, en Estado Unidos la famosa Annina Nosei se agenciaba los derechos que, sin embargo, luego pasarían a manos de Robert Miller y Ramis Barquet.

Barbara Farber lo exhibió por primera vez en Holanda en 1986, en tanto Thaddaeus Ropac lo ha mostrado en París y Timothy Taylor en Londres. A él le gustaría mucho que Soledad Lorenzo lo presente en Madrid.

Lo primero que se antoja decir de la pintura de Julio Galán es que se trata de un artista desconcertante y cuando se le conoce en persona, la sorpresa se afirma, toma cuerpo, intriga más”, dice la crítica de arte Ida Rodríguez Prampolini quien advirtió que, cuando visitó al artista en su estudio, había entrado en un campo minado del cual ni él mismo sale ileso. Y es que después de escuchar tantas veces “no sé, no sé, no sé” como respuesta, la crítica supo evidentemente que el pintor no es consciente de lo que hace. “No sabe dónde colocó la dinamita; su pintura la impulsan las oscuras fuentes del inconsciente”.

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En el 2000, Julio Galán cumplió 20 años de trayectoria artística. La exposición más reciente, y que en cierta forma resultó como un festejo adelantado, fue precisamente la montada en diciembre de 1999 en las salas de Arte Actual Mexicano, ubicadas en el municipio nuevoleonés de San Pedro Garza García. Galán presentó obras recientes, particularmente retratos y autorretratos y asistió con un traje oscuro de Yamamoto y un sombrero que tenía encima una garza disecada. Las ganas de festejar eran pocas. La muerte de su madre, Elisa, lo había deprimido profundamente aunque no dejó de pintar. Realizaba nuevos cuadros para presentarlos en alguna galería aún por confirmar de la ciudad de sus grandes éxitos: Nueva York.

Es algo en lo que he estado pensando [el vigésimo aniversario de trayectoria artística]. Ahora estoy haciendo una nueva obra, que presentaré en Nueva York, que me ha costado muchísimo producir. Después de 20 años sigue siendo difícil pintar. Siempre he estado muy intranquilo, muy disgusto, muy cerca de la muerte, con una tendencia mala y negativa; me salva la pintura, sí, en ese sentido estoy muy conforme, con este grupo de nuevos cuadros estoy muy contento. Sólo falta la presencia de alguien (¿mamá?). Y creo que en estos cuadros se manifiesta.

Julio, como permite que simplemente se le llame, jamás retrató a su madre, sólo hasta en ese momento, cuando ya no estaba con él.

¿Por qué pintas a tus hermanas Lissi, Sofía, y a mí no? —le preguntaba su mamá.

Porque no me gusta pintarte, punto — le respondía Julio.

Después de la muerte de la señora, Julio elaboró un espléndido retrato de su madre que presentó en esa exposición reciente en Arte Actual Mexicano. “Ese cuadro, y esa exposición en general, fueron un homenaje para ella”, me comenta.

Cuando organiza sus exposiciones, Galán procura mostrar lo diversificado de su producción, es decir, retratos, paisajes, naturalezas muertas, collages, cuadros abstractos en las más variadas técnicas. Para esta próxima muestra que desea en Nueva York, únicamente prepara autorretratos; “los veo y me identifico con el dolor por la muerte de mamá y con su ausencia”. El valor moral con el que ha hecho esas obras le hacen ser muy cauteloso; quiere encontrar el mejor lugar para presentarlos.

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Durante cinco meses busqué a Julio para sostener este encuentro. “La tristeza me lo impedía”, se disculpó. Los constantes viajes a su tierra natal como al extranjero, son otro motivo para posponer citas o cancelarlas. En abril de 1998, por ejemplo, viajó a París para asistir a la apertura de una exposición suya en la galería Thaddaeus Ropac. En la capital de Francia permaneció unos meses, incluso de ahí se trasladó a la galería Timothy Taylor de Londres, que inauguró una exposición más en septiembre. Luego, antes de fin de año, visitó Roma para abrir otra exhibición. Regresó a casa para las fiestas decembrinas; quería acompañar a su madre en lo que fueron sus últimos meses de vida; la señora murió en abril de 1999.

Pero la residencia oficial de Julio es Monterrey. Vive en un agradable apartamento, en un edificio de seis pisos ubicado en la zona de Chipinque de la Sierra Madre Oriental, con ventanales donde puede contemplarse una de las más bellas estampas del área metropolitana de la ciudad. El apartamento es un poco oscuro por las tonalidades de la mayoría de las alfombras, sofás y tapices pero no está mal iluminado; además tiene tres grandes espejos Napoleón III y está dotadísimo de infinidad de objetos y fetiches como muñecos, ositos de peluche y un enorme perro pastor alemán disecado. De su modular, al fondo del espacio dentro de un armario, surge una cadenciosa música electrónica. Al centro hay una mesa con un montón de libros, catálogos de arte y revistas de moda y sociedad como Hola! Su estudio está en el apartamento de arriba y se accede por una escalera en caracol. Cuando llegué a la entrevista, Julio estaba sentado casi en medio de la sala; un acupuntor con bata blanca y anteojos le clavaba agujas en las orejas.

En un momento estoy contigo —me dijo invitando a sentarme frente a él, en un cómodo sofá con estupendas almohadillas.

Julio ha dejado de estar delgado. Sus mejillas y la papada han crecido igual que la barriga. Nació en 1959 pero me pide que diga que tiene casi 38 años de edad. Ya no tiene el cabello largo ni rizado. Lleva puesto un elegante traje negro, sandalias Hermes, y tiene unas sombras negras, que llegan hasta las sienes, en sus grandes y melancólicos ojos que los hacen más profundos y sombríos. Sus pestañas las tiene pintadas de plateado, igual las uñas de las manos. Lleva además tres anillos en la mano derecha. No ha perdido sin duda el porte aristocrático. Se niega a dejar de ser una representación de sí mismo, un performance eterno. Julio procura que así sea. Siempre pondrá énfasis en lo que visten sus personajes y en lo que él mismo utiliza. Galán hace en la moda lo que con sus collages: mezcla lo mejor de su repertorio, en este caso de Armani, Yamamoto, Gaultier, Colonna, Des Garçon y Margiela.

A lo largo de una serie de entrevistas conmigo durante los últimos ocho años, Julio ha aparecido disfrazado pero creo que nunca ha actuado: siempre ha sido él mismo, es decir, el que no todos conocemos. En sus cuadros está una imagen de él que no necesariamente es su reflejo verdadero. Más que nunca lo advierto dispuesto, incluso menos personaje, sin simulaciones, más reflexivo sobre el dolor y la tristeza que jamás le abandonan, agudizados por la muerte de su madre. Estamos bebiendo whisky con agua mineral en vasos lalique y él fuma cigarrillos Marlboro light.

Su chofer y Caty, la señora que le ayuda en casa, acaban de llegar después de visitar varios establecimientos comerciales en busca de Gatopardo. El número cinco de esa genial revista, correspondiente al mes de agosto, publicó un reportaje fotográfico de los 16 mejores artistas jóvenes de América Latina. Julio está representado con una fotografía a color de Enrique Badulescu desplegada a dos páginas; aparece delante de un retrato de su abuela con los brazos abiertos, el pelo largo suelto y el rostro pintado con sombras negras. En el breve texto, casi pie de foto que visualiza a Julio como una tormenta, se informa que el valor de sus obras es de 50 mil a 70 mil dólares y que en subastas han alcanzado hasta los 150 mil billetes verdes.

No, eso es mucho —aclara Julio.

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En estos momentos me encuentro en una etapa de la vida en la que sí es importante pensar cómo te sientes —comenta Julio—. Estoy en un momento de transición, como en la mitad de la vida, pleno de decisiones de mi parte. Podría dejar de pintar, que no lo voy hacer; irme de ermitaño (que ya lo soy porque no salgo de mi casa); hacer moda, que tú sabes que me encanta; o no hacer absolutamente nada. Cuando comencé a pintar, hace más de 20 años, hace casi 38, sabía lo que iba a ser. La vida me ha dado muchas sorpresas, buenas y malas, pero las hago a un lado porque no son importantes ni repercuten en lo que quiero hacer, solamente las tomo porque ayudan a seguir adelante. Sólo quiero decir que siempre estoy más satisfecho, más conforme, con lo que ahora me está pasando.

¿Técnicamente?.. —No hay técnica, eh. —Pero tu trabajo con los años advierte un mejor manejo del dibujo, de la composición, una paleta de colores que ha crecido, aunque insistes terriblemente en el tema: tú mismo.

Sí. Pero nada de eso es importante. No tomé clases de pintura ni estuve con ningún maestro. Aprendí solo. Si de pronto pongo a mi sobrina Tiziana, de cinco años, a que me pinte un cuadro, que lo ha hecho, para incorporarlo a una de mis telas, o le digo a Lissi que me ponga barnices o yo mismo cuando aviento un bote de pintura sobre alguna obra, eso para mí es lo que me mantiene muy sorprendido y conforme, sin esquemas. Podría ahora mismo voltear el sofá donde estás sentado y romper la ventana, experimentar con todo siempre y cuando esté muy consciente de lo que quiero, que es siempre sorprenderme. Todo esto que parece un disfraz no lo es: este soy yo, el otro no soy yo, el que tú conoces. Así me presento ante ti: este soy yo, el otro es el que no existe. Soy así, como un personaje que me he creado, que me gusta; así es también en la pintura, nada más que con elementos muy variados, con todo tipo de emociones: el amor, el desamor, la tristeza, la alegría. El riesgo es un factor muy importante desde el principio. Dejaría de pintar si no fuera así.

Tu obra es sorprendente y está llena de una narrativa de misterios que, tengo la sospecha, sólo pueden revelarse una vez que se te conoce.

Tú me estás viendo, ahora mismo. ¿No soy otro?

Sí, por supuesto.

Estoy tratando de desligar esa parte que solamente ve la pintura sin importar el autor. Sin embargo creo que hay casos aislados, en los que entro, en los que sí se necesita conocer al artista.

¿Qué te provocan los señalamientos como artista excéntrico?

No soy excéntrico. La gente así lo piensa pero no soy así. Soy una persona normal, natural. Sé que se piensa que soy extravagante pero tendríamos entonces que tomar una referencia en mi madre, una mujer que se pintaba el pelo de rojo, un poco mitómana, fantasiosa, que me quería a mí con locura. Heredé mucho de ella, soy así, un poco de ella, que tenía como un ángel, un carisma, modestia aparte; su misión era atender y servir a su familia, y mi caso: ser un gran artista, pero todavía no lo he logrado.

Hace 20 años, cuando tu primera exposición, ¿qué actitud recibiste por parte de tu madre?

La naturalidad y la ingenuidad con que tomó las cosas, lo cual trato de retomar. Ser muy simple y muy honesto, muy sincero. Que se haya equivocado, es otra cosa. Ella nos tuvo a distancia, separados, pero nunca estuvimos abandonados.

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Hace unos años, Julio intentó llevar al penal una serie de obras para que las vieran los criminales más terribles. Pero no fue posible. Lo que le interesaba era entender la mente de un asesino. Le intriga la mente “perversa” de un asesino igual como le puede intrigar a la gente la mente creativa de un artista. Por eso Julio ha explorado también en su pintura el tema del sadomasoquismo. Le inquieta explorar mentalmente, para su pintura, esa excitación que le puede provocar a alguien el dolor como sistema para lograr un placer.

Una de las jóvenes críticas y curadoras de arte más prometedoras en Monterrey y que conoce muy bien a Julio es Vanesa Fernández, hija del político Mauricio Fernández y nieta de una de las coleccionistas de arte contemporáneo más prominentes en México, doña Márgara Garza Sada de Fernández. “Unos dicen que hay que temerle más que al diablo. Otros dicen que es un ángel caído del cielo”. Vanesa entrevistó formidablemente a Julio para el catálogo de una exposición en 1995 de la galería Thaddaeus Ropac. “Julio es todo un mito que representa no sólo a un gran pintor sino a un coleccionista de objetos maravillosos y de artes decorativas, un poeta, un divo rodeado por fans, un actor, tal vez hasta un ídolo”, explicó. “Cualquiera de estas descripciones, o todas juntas, componen su imagen”. Vanesa no entiende por qué cuando le entrevistan, Julio pretende mostrarse como naïf.

En tu pintura transitas de lo inocente a lo perverso, en tanto los disfraces de tus personajes, y que tú también utilizas, llaman a lo misterioso. ¿Cuáles son tus lineamientos entre el bien y el mal?

Yo he mezclado la maldad con la bondad. Soy muy malo y soy, dicen, bueno. Pero no me siento “bueno”. Tengo muchos instintos. Siempre buscando todo el riesgo. Todo eso que es perversidad, maldad, me atrae, me gusta: soy así, trato de controlarlo hasta cierto punto aunque cuando pinto no estoy midiendo qué está pasando ni disfrazando la verdad, como cuando antes lo hacía. El disfraz es para embellecer la imagen. Soy una persona muy perversa, malo, dañino. La gente se puede hacer adicta a mí y luego ya no se puede salvar. Soy como una droga, incluso para mí mismo, de la que sólo yo puedo permitir que se desprendan. Me gusta ser así. Soy así. Soy una persona que es difícil pero que le gusta serlo.

Tus parámetros de belleza, ¿cuáles son? Todos tus cuadros son atractivos pero no todos son convencionalmente bonitos.

Los cuadros tienen que tener una fuerza interior y una belleza. Para mí la belleza es… ¡yo! Es decir, yo y lo que me rodea como las mujeres que he pintado: Lissi, Sofía, Luisa, Balbina, Milena, mujeres bellas por dentro y por fuera. Aunque a ti quizá no te lo parezca es bello para mí estar rodeado de todo lo que estás viendo en mi casa. La belleza es como… ¡yo!, vuelvo a repetirlo, porque si no me siento a gusto conmigo, en este momento porque estoy gordo y feo, hay otras motivaciones y otras razones.

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Se dice que Julio es un vampiro. Él lo acepta: duerme de día y trabaja de noche, pero igual una mañana se levanta temprano, hace ejercicio, almuerza y luego entra al estudio. La muerte de su madre, claro está, ha cambiado su esquema, pero contrario a lo que podría pensarse está pintando “más que nunca”, diría él. Reconoce que ha perdido disciplina aunque ha ganado inconsciencia, espontaneidad y visceralidad al momento de enfrentar el espacio en blanco. Una muestra de ello son unas pequeñas acuarelas sobre papel con imágenes cargadas de fuertes dosis de erotismo que en una ocasión anterior Julio me mostró. En realidad Julio no sabe usar plenamente la acuarela, pero no le importa la técnica, sino desarrollar esa carga erótica. Esa serie de materiales fue exhibida por Julio en París y Roma. Le digo que me recuerdan el trabajo del genial pintor napolitano Francesco Clemente.

¡Lo admiro! ¡Es muy amigo mío! —exclama—. De hecho le saludé el año pasado durante la inauguración de una exposición suya en el Guggenheim de Nueva York. Lissi ya me había dicho que sus acuarelas se parecen a las mías. Pero no tengo ningún inconveniente en reconocerlo, incluso si mi trabajo fuera una copia del suyo, que no lo es. Así aparecen mis acuarelas, similares a las de Clemente. Nunca he querido pintar ni como Clemente ni como nadie. Pero así como a él, respeto mucho a Basquiat, a quien quise mucho, y admiro a Schnabel, que me hizo un retrato.

Julio le pide a Lissi, observadora de la escena casi desde el inicio, que me muestre unas obras nuevas. Se trata de unas pequeñas telas con infinidad de conchitas sobre las que pintó una serie de rostros, y que remiten precisamente a los retratos de Julián Schnabel sobre porcelanas quebradas y platos rotos.

Schnabel, Basquiat, Clemente, Galán son artistas tan diferentes pero unidos en la actitud por romper convenciones, ¿cierto?

En eso sí hay similitudes. Uno busca desarrollar su propia personalidad y talento. Pero sí creo que hay gente que quiere hacer lo que tú haces.

¿Ya hay muchos Julio Galán?

¡Tú lo dijiste! Pero en mi caso no quiero ser como ninguno, aunque sí les guardo admiración a Clemente, Schnabel, Basquiat, Baselitz y Kuitka.

Otro de los artistas con quien Julio tiene fuertes lazos es Andy Warhol. Con el artista fundamental del pop mantuvo una entrañable amistad que inició desde el momento en el que Warhol observó un cuadro suyo colgado en la oficina de su asistente, Paige Powell, y manifestó interés por conocerlo.

Una noche, Paige realizó una fiesta a la que acudió gente del Consulado de México en Nueva York. Warhol expresó ahí algo así a algún diplomático nacional:

Julio va a ser el pintor mexicano más importante en el ámbito internacional.

El joven artista miró a Warhol y le dijo: —No tienes por qué decir eso. —A través de los años he entendido el

gran afecto que existió entre los dos —expresa Julio—. Lo conocí por su asistente y nos hicimos amigos. Teníamos muchas cosas en común. Íbamos a los flea markets. Una vez te conté de los objetos y los juguetes que me regalaba para utilizarlos en mis cuadros. Me invitaba a las fiestas de acción de gracias. Alguna vez visité The Factory. Iba a mi casa y a mis exposiciones.

Julio recuerda cómo un día Warhol le pidió el monumental díptico al óleo sobre tela de más de dos metros de ancho, El hermano (niño berenjena y niña Santa Claus) pintado en 1985. Se trata de una pieza figurativa con dosis expresionistas: dos autorretratos, uno, vestido de berenjena con la mano directa a los genitales; otro, con el cabello largo y con un vestido rojo. Warhol le haría un retrato a cambio. De hecho, antes de regresar a México en vísperas de 1987, Julio posó ante la Polaroid de Warhol. Al poco tiempo sin embargo murió el artista norteamericano.

Tiempo después, Paige le dijo a Julio: — ¿Qué es lo que quieres a cambio? Y Julio respondió: —Si Andy no realizó mi retrato me gustaría tener su Mao. Marilyn me gusta pero no tanto como Mao. Pero, sabes, lo que más quiero es que me regrese mi cuadro.

Julio recuperó su pintura y la incluyó en la exposición retrospectiva en Marco, en septiembre de 1993, cuando entonces la obra era promovida por un art dealer suizo, Thomas Amman Gallery.

Fue un honor conocer a Andy —afirma Julio—. De la nada, de ser un pintor desconocido, mexicano y pobre, ignorante del mundo del arte, que él se fijara en mí fue realmente bueno.

¿Nueva York fue indudablemente necesario?

Claro. Cómo no habría sido necesario si de ahí salieron los charros, las chinas poblanas, las tehuanas y toda la producción como Me quiero morir. Nueva York fue muy importante.

Toda esa imaginería popular de la que echaste mano ahora está prácticamente desaparecida de tu obra.

Parcialmente. Se ha evolucionado. Claro, todavía hay referencias en unos retratos a Lissi como china poblana [que presentó en la última exposición en Arte Actual Mexicano], pero eso se ha dejado atrás.

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Lissi, Elizabeth, es la mayor de los cuatro hermanos de Julio. Es una mujer hermosa, de piel muy blanca y ojos grandes, iguales a los de su hermano el pintor. Es sumamente amable y disponible. Está dedicada al hogar y a sus dos hijos. En el lustro más reciente, Lissi se ha convertido en la compañera de viaje de Julio y en una suerte de asistente: le lleva la agenda, recibe llamadas y programa casi todas las citas con el deseo de no quedar mal con nadie pero al mismo tiempo sujeta a imprevistos como el que Julio se le pierda por días.

Este año ha sido muy difícil para Julio —dice Lissi—. Todo gira alrededor de la muerte de mamá. Pero la pintura es su salvación. Está trabajando mucho, con altas y bajas pero sí saldrá de este momento.

Al escuchar a su hermana, Julio hace una acotación definitiva:

Dice una amiga, Milena, que soy workaholic. Pero no tanto: llevo mi ritmo. Después de 20 años de exposiciones, pienso más las cosas. Físicamente hay cambios, pero la energía la conservo: sigo siendo perverso, sexual, provocador. Pero todo lo mantengo aquí, adentro, como la película El festín de Babette, ¿la recuerdas? Todo se hace aquí, en casa, no lo voy haciendo por otros lados porque disfruto mucho mis cosas, mis muñecos, mis porcelanas. Todo esto me salva mucho.

Lissi dice que es sumamente divertido salir con Julio. Les pasan cosas curiosas, cuenta, y siempre le preguntan, previo a la inauguración de una exposición, cómo llegará Julio disfrazado. Durante sus viajes al extranjero, Lissi y Julio han sostenido encuentros con Mick Jagger, Boy George, John Travolta, Isabella Rosellini, la duquesa de York, Anna Piagi y Joaquín Cortés. Johnny Depp una vez le hizo un dibujo que Julio ya tiene enmarcado. Miguel Bosé y Ana Torroja lo visitaron en su casa cuando la pasada visita de los españoles a la ciudad, en junio.

Qué bueno verte de nuevo —le dijo Bosé.

Ni nos conocemos —respondió Julio.

El cantante insistió en que ya se conocían. Nada extraño que suceda algo así, recuerdan Lissi y Julio. Igual un día a Julio se le apareció una persona que le dijo trabajaba para un periódico español. Le concedió cinco horas y hasta le proporcionó material fotográfico. Fue un fraude: no se trataba de ningún reportero sino de un admirador.

¿Qué es lo que más me sorprende de Julio? —piensa Lissi—. Yo siempre he estado enfocada a mis hijos, a mi esposo. Julio es mi hermano, el artista. Antes no lo atendía. Ahora tengo más tiempo para hacerlo. Pero siempre he estado muy orgullosa de él, lo he visto trabajar duro. Lo queremos mucho. ¿Qué si sus atrevimientos me molestan? No. Al principio, cuando no estaba tan cercana a él como ahora, me asustaba que mi papá lo viera con una peluca morada.

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Una mañana, a finales de mayo, asistí a una escuelita primaria del poniente de Monterrey para conocer el programa de desarrollo de inteligencias a través del arte. Se trata de una serie de clases con el objetivo de acercar el arte a los niños, fomentando la observación y la interpretación así como la expresión libre de los chiquillos en torno a imágenes de obras pictóricas, escultóricas y fotográficas de autores de todos los tiempos de la historia del arte, desde Da Vinci y Van Eyck hasta Picasso y Sandro Chia, pasando por Balthus, Matisse, Diego Rivera y Frida Kahlo, entre muchos otros.

¿Qué está pasando aquí? ¿Qué les hace pensar? —dice la maestra a sus alumnos señalando una fotografía del óleo sobre tela Niña con traje mágico, pintado en 1983 por Julio: un retrato femenino con una enorme falda blanca en la que caben una serie de objetos como un ramo de flores, un cuchillo, un murciélago y una pelota.

Algunos de los comentarios de los niños sobre lo que vieron en la imagen fueron: “Es una niña en su fiesta de cumpleaños y los invitados le aventaron los regalos”. “Es la hermana de Drácula porque tiene un cuchillo, un ataúd y un murciélago”. Otro más dijo: “Debe ser rica porque tiene muchas cosas”.

Una y otra vez le pregunto a Julio qué opina de todo esto, es decir de las inquietudes de los espectadores por descubrir qué existe detrás de uno de sus cuadros. Y siempre me responde lo siguiente:

No sé. Lo cierto es que no me impongo. No fuerzo a nadie a que le entre. Tampoco hay trasfondos. En cada cuadro enseño lo más íntimo, aunque no todo lo que está en mis obras soy yo, está disfrazado. Creo que hay mucha valentía y riesgo, y creo que eso llama la atención.

¿Alguna vez recibiste alguna muestra de censura? En Nueva York, por ejemplo, una ciudad aparentemente progresista pero igual conservadora, Mapplethorpe fue desmontado por ser considerado pornográfico.

No. Me compran mucho. Claro, hay momentos en los que dicen: “Este cuadro está muy fuerte”. Algún cuadro no lo han puesto en exhibición, lo dejan colgado en la oficina, pero igual salió volando.

¿Tienes algún coleccionista predilecto?

No. Diría que yo podría ser el mejor coleccionista de mi obra pero no puedo porque tengo que tener dinero. Los guardaría. No sé qué hace la gente con mis cuadros, si los cuelga siempre o los tienen guardados.

Julio es un icono del arte contemporáneo al que aporta una obra (pintura, escultura, objetos, performance, fotografía, video y moda) introspectiva y narrativa, en la que se explaya autobiográficamente. En sus cuadros, llenos de inscripciones y textos, rasgaduras, montajes y ensamblajes, aparecen constantemente su rostro y los fetiches que le son propios: muñecos, animales y un sin fin de elementos ligados a su vida. Siempre se le ha asociado con Frida Kahlo.

No me interesa ni les presto atención. Cuando leo artículos que siempre hablan mucho de la homosexualidad en mi obra y también de la comparación con Frida Kahlo pienso: o no conocen bien la obra mía o la de Kahlo; somos totalmente diferentes. Yo no puedo hacer nada cuando la asociación puede venir del dolor.

A Julio tampoco le importa que se insinúe la homosexualidad. Es algo que no le afecta en lo absoluto, ni que se piense o que en la obra se esté reflejando. Es un asunto que nada más podrá saberlo él y que se reserva para su intimidad, aunque igual luego se descubre sin ambages cuando revela sus ejercicios de sujeción escritos en pequeñas libretas que consignan algo así:

¿Te gusta Julio Galán? —Póngale que no me disgusta. — ¿El sexo qué significa para ti? —Verme en un espejo. No me dejo llevar por cosas como una cámara de cine o de fotos que sólo son una forma de proyectar o matar el paso del tiempo.

¿Eres homosexual? —Soy sexual. — ¿Cuando piensas en este juego lo sabes jugar? —Ya gané.

A pesar de la depresión por la muerte de su madre, Julio está en un momento en el que elabora su trabajo con una libertad infinita. Pinta bajo un estado de embrujo, de riesgo, procurando el elemento sorpresa. Lo imprevisto y lo intuitivo fundamentan su trabajo, y le permiten cumplir aquel presagio del abuelo Ofo cuando le echó polvo de oro en la cabeza.

Julio Galán murió en agosto de 2006.*

Perfil que aparecerá en el libro Fuego al museo.
Entrevistas y perfiles de pintores contemporáneos, UAS 2013.

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