Por Indira Kempis

Cuatro años. Cuatro. Casi se cumplen el próximo 19 de marzo y siento, como muchos, que apenas contábamos esa escena de terror en la entrada de una de las escuelas más prestigiosas (y caras) de América Latina: el Tec de Monterrey. Tan inverosímil resulta en el momento en el que escribo como en esa noche. Tan increíble y tan de “mal sueño” que todavía hay quienes nos enjugamos las lágrimas.

Lo acepto. A mí me sigue doliendo esa llamada que le hice a David Pulido, un activista de la ciudad, casi inmediatamente después del asesinato. Pero, por otra parte, esa dosis de dolor también en mí como en otros jóvenes se ha transformado en un motor de cambio. No es para menos. El asesinato de Jorge y Javier, los mejores amigos, becarios de excelencia académica –parece también sorprendente que tenga que aclararlo a cuatro años para todos aquellos que aseguraron que eran sicarios o que “andaban en malos pasos”-, marcaron en la ciudad la más grande o, mejor dicho, la más visible de todas sus heridas de guerra y con ello activado a sus “curanderos” colectivos que han hecho hasta lo imposible por darse a la ardua tarea de curarla.

Monterrey no volvió a ser la misma ciudad después de sus dos jóvenes muertos. A pesar de que la ciudadanía no reaccionó de manera inmediata como quizá lo hubiera hecho si Jorge y Javier se hubieran apellidado “Garza-Lagüera”; o reaccionó culpando al gobernador como su desahogo inmediato para sus frustraciones políticas; o sin saber qué decir o hacer de parte de ninguna autoridad… Lo cierto es que ese 19 de marzo puso una línea de parteaguas entre lo que significa vivir en guerra y lo que no, desnudando así a la ciudad inoperante y paralizada ante su peor crisis de inseguridad, misma que después de esto supimos que no era tan nueva, que estuvo y está alimentada por redes de corrupción y complicidad entre los gobiernos, los narcotraficantes y sus beneficiarios.

Ahora que doy un vistazo a lo que ha pasado desde entonces, encuentro el sentido. He de confesar que hasta hace poco no sabía para qué me había metido en una “camisa de 11 varas” como la activista que dicen que soy, pero que nunca he asumido.

Esta noche, sentada frente a mi computadora, entiendo para qué…

Para qué esas escenas de gritos en la Macroplaza el 21 de marzo que aclaraban a quien tuviera duda alguna: “no somos sicarios, somos estudiantes”. Entiendo para qué tuvimos que enfrentar amenazas y sermones al estilo de “no hables porque estás poniendo en riesgo la imagen de tu universidad”, “no hables porque te van a matar”, “no hables. No…” .Entiendo para qué echamos a la basura esos miedos…

Como entiendo también para qué estoy escribiendo lo que escribo cuando bien podría no hacerlo, pero entiendo que un país sin memoria está condenado a repetir su historia. Por tanto, entiendo para qué vamos a ir este próximo 19 de marzo al Parque Tecnológico a hacer una conmemoración pacífica-cultural en su honor y en su defensa.

Porque en el sinsabor de la impunidad y la corrupción, cuando se está dispuesto a transformar la muerte en vida, entiendes que en el “para qué” está el sentido de cómo crear otros mundos posibles en donde no tengamos que repetir estas escenas de guerra que nos han dejado saldos de víctimas, heridas históricas profundas y dolor de un país ensangrentado. En el para qué muchos jóvenes encontramos no sólo la protesta aguerrida sino la propuesta de un país en donde se respeten nuestros derechos básicos: a la paz, la justicia, la seguridad.

Porque aunque no nos dimos o nos damos cuenta, pudimos ser cualquiera de nosotros (o mientras no se solucione el problema de fondo podemos seguir siendo cualquiera de nosotros, aclaro)… Porque después de una guerra, curar la herida ha sido un proceso difícil, asumir un “somos Jorge y Javier” más que como leyenda de pancarta, como un compromiso personal y colectivo de hechos que demuestren que no estamos dispuestos que vuelva a suceder. 

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