¿Qué guarda el sombrero regiomontano?

 

Por Mariana Treviño & José Ignacio Hipólito

Ilustración por Haydeé Villarreal

 

 

Con un calor que supera los 40 grados centígrados en verano, Monterrey es una de las ciudades mexicanas más calurosas de la república mexicana: es implacable y hay poca sombra en donde esconderse; el aire acondicionado es una necesidad, no un lujo; el sudor a cántaros es cosa de todos los días para quienes caminan por las calles rumbo al trabajo, a la escuela, al mercado, a la casa del amigo, con los familiares. Ningún estrato social se escapa del sol regiomontano.

Por ello, los sombreros forman parte de la indumentaria tradicional de casi todo el norte del país. No sólo de los gruperos, los que cantan rancheras o los susodichos cowboys son quienes los utilizan. A pesar de que los sombreros son parte de la herencia cultural adoptada del sur de Estados Unidos, también son una necesidad para todos aquellos que sufren de quemaduras de sol: estos ayudan a mantener un poco más fresca la cabeza, y, en una ciudad como Monterrey, que constantemente está en movimiento y le es fiel al trabajo arduo, un sombrero puede hacer toda la diferencia entre tener un buen o un mal día.

Bajo esta premisa, la señora Ernestina Dávalos Serrano fundó una de las primeras tiendas de sombreros rancheros en la ciudad: la Sombrerería 6ta Avenida, nacida en 1954, cuando la ciudad apenas empezaba a crecer como metrópoli. Algo tenía que ayudar a opacar un poco el ardiente sol de una ciudad que constantemente trabajaba por el progreso, y fue de esta manera que el sombrero ranchero se fue convirtiendo en símbolo del noreste e insertándose en la cultura popular local.

Todo empezó con los sombreros Stetson, por las últimas décadas del siglo xix, en el Medio Oeste. Estados Unidos entró en una de sus épocas más idealizadas, la de los cowboys e indios. La indumentaria se convirtió en un símbolo que representaba libertad y heroísmo, y con ayuda de Hollywood, el estereotipo creció y se expandió por todo el mundo. Por ello, no cabe duda de que los sombreros más vendidos en la tienda de doña Ernestina sean marca Stetson. Inclusive después de un siglo, el nombre sigue teniendo la misma carga que cuando se lo puso por primera vez John Wayne.

Sergio Nava Menchaca es quien ahora mantiene la tradición que su abuela empezó. Todos los días atiende el establecimiento ubicado en la Calzada Madero, casi esquina con Cuauhtémoc, que no sólo vende sombreros, sino que también funciona como taller de reparación, planchado y lavado. La tienda es famosa no por su gran variedad de marcas de sombrero, que incluyen los Rol President, los Tombstone, los Goldstone, los Resistol y los Stetson, sino por su servicio de mantenimiento y reparación: son nigromantes de cualquier sombrero que se haya dado por muerto.

“Los sombreros pueden volver a la vida después de mucho tiempo, sólo es cuestión de que nos lo traigan”, expresa confiado Nava, quien dice que lo más difícil de reparar son los sombreros rotos o agujerados; es mucho más trabajo, pero nada imposible. Por ello, más de la mitad de sus clientes van a la tienda a reparar sombreros: el que le dejó su abuelo o el que les regaló la novia o la esposa, el que utilizaron en el rodeo y les dio suerte o el que traían puestos cuando ganaron en el casino.

La tienda también es famosa por sus reconocidos clientes de bandas, como Los Invasores, Los Cardenales, La Leyenda, El Poder del Norte, Los Herederos, entre muchos otros que han acudido a la 6ta Avenida a mantener sus sombreros impecables para sus presentaciones o alguna ocasión especial. Aquellos sombreros ya han quedado inmortalizados en posters y fotografías en el techo y alrededor del establecimiento.

La Sombrerería 6ta. Avenida es portadora del premio honor a la superación, no sólo por sus estándares de calidad en servicio y la tradición que ayudan a mantener viva, sino porque reflejan una parte importante del regiomontano, su constante pasión por el trabajo arduo bajo el sol que sirve como incentivo para seguir adelante.

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