Por Michel de Montaigne

Ilustración de la serie: ‘Vivas nos queremos’ Por Escuela para la Libertad de las Mujeres

Refiere Tácito que para sellar sus pactos algunos reyes bárbaros acostumbraban a juntar fuertemente la palma de la mano derecha, y a entrelazar después los pulgares hasta que, de puro apretar, la sangre casi salía por las yemas. Luego se los punzaban ligeramente y se los chupaban con reciprocidad mutua.


Los médicos dicen que los pulgares son los dedos maestros de la mano, y que la palabra pulgar viene de pollere. Los griegos los llaman αντίχειρας, que vale tanto como decir “otra mano”, y entiendo que los latinos toman también a veces este vocablo en el sentido de una mano cabal (Sed nec vocibus excitata blandis / molli pollice nec rogata, surgit). En Roma era signo de merced el estrechar y besar los dedos pulgares (Fautor utroque tuum laudabit pollice ludum ) y de disfavor el levantarlos volviéndolos hacia fuera (Converso pollice vulgi,/ quemlibet occidunt populariter).


Dispensaban los romanos del servicio militar a los que tenían esos dedos defectuosos, o sólo uno de ellos, como si por esto no pudieran manejar las armas con acierto. Augusto confiscó los bienes a un caballero que apeló a la estratagema de cortar los pulgares a sus dos hijos para librarlos de empuñar las armas. Antes de aquel emperador, el senado romano, en la época de la guerra itálica, había condenado a Cavo Vatieno a prisión perpetua, y le había confiscado también todos sus intereses, por haberse cortado el dedo pulgar de la mano izquierda, con el mismo fin que perseguía el caballero para sus hijos.


Alguien, cuyo nombre no recuerdo, habiendo ganado un combate naval, hizo cortar los pulgares a los vencidos para imposibilitarlos de guerrear y de manejar los reinos. Los atenienses se los cortaron a los eginetas para que no les aventajasen en el arte de la marinería.


En Lacedemonia, los maestros de escuela castigaban a los niños mordiéndoles los dedos pulgares.

*Texto de Ensayos (Vol.2)

 

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