Un panorámico sobre la avenida Pino Suárez anuncia en inglés oportunidades de trabajo. Se encuentra sobre un edificio que asemeja un cajón gris. Pertenece a uno de los call centers que han proliferado en el área metropolitana de Monterrey durante los últimos años y que atienden predominantemente al mercado estadounidense. Dentro de éstos, la sonoridad de la lengua inglesa, con sus abundantes monosílabos y la paradójica naturalidad afectada del acento americano, domina las jornadas de trabajo. Tener uno de esos empleos ha permitido a miles de jóvenes regiomontanos provenientes de la clase media sostener un nivel de vida relativamente acomodado. Aunque muchos posean estudios universitarios, es el dominio de esta segunda lengua lo que resultó crucial para acceder a ellos.

En Nuevo León, con casi 14 mil 500 operadores (las empresas prefieren llamarlos ejecutivos), sólo detrás del Distrito Federal y el Estado de México, se concentra más del 17 por ciento de la capacidad de una industria nacional de teleservicios en outsourcing que maneja 147 millones de llamadas mensuales. Por supuesto, no todas estas cifras corresponden a servicios brindados en inglés, sin embargo, en una porción considerable de estos call centers ese idioma se habla diariamente con fluidez y preferentemente sin acento mexicano. No son sólo exigencias internas del sector. La creciente disponibilidad en Monterrey de personas criadas y escolarizadas en los Estados Unidos, ya sea por la deportación o por la crisis económica de ese país, eleva los estándares.

Sus conversaciones telefónicas permanecen confinadas en el interior de esos enormes edificios, escuchadas acaso por los supervisores que aleatoriamente las monitorean. No obstante, son sólo una fracción pequeña del inglés hablado en una ciudad que siempre ha sido especialmente abierta a lo norteamericano y que cuenta con una importante colonia de estadounidenses; una ciudad cuyo primer periódico moderno, The Monterrey News, se imprimía en ese idioma. Éste suena cotidianamente en las aulas de cualquiera de los numerosos colegios bilingües, en las oficinas de las empresas de capital norteamericano presentes desde tiempos del porfiriato, en los encuentros de negocios y en los antros que frecuentan los estudiantes extranjeros que llegan año con año a las universidades privadas locales.

A tan sólo unos metros de aquel panorámico se encuentra la Alameda Mariano Escobedo. Durante los fines de semana, en especial los domingos, está llena de paseantes. Muchos de ellos son también bilingües, pero ninguno es el target de aquel anuncio. Además del español, lo que hablan son leguas indígenas. No es tan fácil escucharlas; suelen hablarlas bajito. Parecieran incluso evitarlas para ahorrarse el rechazo. Acaso puede notarse que el español no es su lengua materna por la manera en que lo pronuncian, con un ritmo dificultoso y esa musicalidad un tanto ajena que ha llegado a caricaturizarse como el habla del indio.

Casi nadie habla de ellos. Entre las excepciones se encuentran Séverine Durin, antropóloga del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), quien estudia los procesos de migración indígena a la ciudad, y también los miembros de las asociaciones civiles que trabajan en la Casa del Árbol ocupándose de algunas de sus necesidades y problemáticas, además de enseñar náhuatl. Pese a éste silencio, Monterrey y su zona conurbada se ha convertido en los últimos veinte años en un importante destino de migración indígena, alcanzando en 2010 una población que rebasa los 35 mil miembros de distintas etnias (más de 40 mil en todo el Estado) según las cifras que Durin elabora con los datos del INEGI acerca de hablantes de lenguas indígenas. Comúnmente se dedican a la construcción o al servicio doméstico. Llegan a la ciudad en busca ingresos mejores a los que pueden encontrar en sus lugares de origen, aunque siempre inferiores a los de los angloparlantes en los call centers.

Se puede pasar la vida en la ciudad sin encontrarse nunca con ellos o creyendo no hacerlo. Pero basta sólo con tomar en el momento oportuno un camión de la ruta 214 que une San Pedro con Guadalupe, pasando por el centro de Monterrey, para escuchar una conversación sostenida por dos mujeres jóvenes en una de las 13 lenguas indígenas que se hablan en el Estado y que la mayoría no podríamos identificar, menos aún comprender. O bien, detenerse a probar los tamales y zacahuiles en un puesto improvisado a un flanco de la Alameda para compartir la mesa con una pareja joven y su hijo de poco más de un año, y así escuchar cómo la conversación de los padres alterna con soltura entre el español y el náhuatl. Esta última por mucho la lengua indígena más hablada en Nuevo León. Una lengua llena de combinaciones de consonantes que se pronuncian con dulzura y que curiosamente no utilizan para dirigirse a su hijo, para quien reservan sólo el castellano. Una práctica que puede parecer insignificante, pero que contribuye a la lenta desaparición de estas lenguas y a la difusión de un fenómeno que complica los criterios con los que demográficamente se determina que un individuo es indígena: el de los nacidos en la ciudad que comprenden las lenguas indígenas maternas de sus padres pero que no son capaces de hablarlas.

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