Ilustración de la serie ‘En las calles de Marsella’ por Denise Alamillo

Usted sabe que yo no soy aficionado a la literatura española; en realidad, no me gusta nada; pero un amigo me ha traído el estudio de Turgueneff sobre el Quijote; ahí tengo las páginas de Heine y recuerdo un ensayo de Sainte-Beuve, admirable, como todo lo suyo… ¿Usted estará preparando algo? No, nada. ¿Pero habrá releído Don Quijote en estos días? Tampoco. Porque seguramente van a pedirle que escriba y, a lo mejor, lo hacen hablar por ahí, en la radio. No lo pienso.

Hay amigos así; lo conocen a uno, parece que nos conocieran desde hace años y se interesan por lo nuestro; pero un día salen con una pregunta que los deja al descubierto y a nosotros en repentina soledad, en un aislamiento, en una lejanía.

Hay que conformarse.

Antes, en otro tiempo, cuando era joven, probablemente, a estas horas, estaría refrescando a prisa mis lecturas de clásicos castellanos y recorriendo la infinita multitud de los comentaristas para aprovechar el aniversario y ponerme a tono.

Ahora, no.

La proximidad del día en que tel qu’ un lui-même, enfin l’éternité le change, a vuelta de sus numerosos inconvenientes, demasiado sabidos, posee esa ventaja preciosa de que “empezamos a cambiarnos en nosotros mismos” y abandonando la comedia colectiva, nos volvemos cómodos, decimos nuestra íntima verdad.

¡Qué descanso! ¿Por qué voy a fingir que Don Quijote me entusiasma? No sería cierto. Yo sé perfectamente lo que es gustarle a uno un libro: se parece, punto por punto, al amor. Se le respira, se le sueña, se le ve de memoria. Entra en nosotros como el aire y se ensancha ahí, se establece, nos habita. Basta entrecerrar los ojos y mirarlo para vivir mejor, para experimentar un aumento de vida imperioso, completamente involuntario; nos penetra a modo de corriente cósmica. Es lo que está en el grito y no es el pecho, es lo que está en el beso y no es el labio; es un viento de Dios que pasa hundiéndome el gajo de las carnes volandero.

Sería hermoso y, sobre todo, honorable haber sentido eso con obra tan sagrada y consagrada; pero —¿qué le vamos hacer?— no lo he sentido.

Condénenme, proscríbanme, injuríenme. No importa. La verdad ante todo.

Por lo demás, las obras demasiado maestras, piedras miliarias, columnas del templo, me parecen un poco exteriores, como las plazas públicas abiertas a todos los vientos. Jamás he podido comprender que alguien se siente en la Plaza de Armas a pensar, ni aun a conversar íntimamente; para eso se buscan paseos secundarios, los bosquecillos abandonados, un banco medio oculto en un rincón o la pieza privada donde es posible recogerse en silencio y escuchar su propia voz. El Quijote se halla a plena luz, está recorrido por perpetuas caravanas. Cuando se le pide audiencia, siempre hay gente en la antesala y curiosos. El se dirige, entonces, al público.

Falta, además, para juzgarlo, la libertad.

Ahora bien, sin libertad no existe placer verdadero ni relación fecunda.

Comprendo la necesidad de los vastos y elevadísimos sitios de reunión y no se me oculta la utilidad social del contagio colectivo; si acaso cada cual confesara sus gustos auténticos y quisiera ser él mismo, en todo instante, el mundo se volvería una torre de Babel y la confusión de lenguas nos obligaría al monólogo; conviene que exista un idioma común y que las palabras formen igual significado para todos; es el único modo de entenderse y marchar.

Las obras maestras representan la autoridad en la república literaria, imponen orden y unen, sin duda, a los seres más distantes, como el latín en la Edad Media; pero los unen por fuera, para un objeto útil. Son tan convencionales, en un aspecto, como los mismos aniversarios, fechas en que, a un tañido de campana, todos deben levantarse de su asiento, dejar sus ocupaciones y saludar a alguien, aunque no haya motivo.

Bien, muy bien; hágalo; vayan a ver el baile y participen en la danza.

Yo no tengo ganas.

El primer libro que leí en mi vida fue Gil Blas. Siento por él verdadero cariño y, cada cierto tiempo, repito su lectura con interés renovado, un poco a la manera de esas medidas que nos tomamos de niños para comprobar nuestra estatura y ver los centímetros que hemos crecido. Esa novela forma parte de mi existencia real y la celebraría gustoso, recordando las sucesivas y variadas versiones que de sus aventuras me ha dado la experiencia; pero no lo haría en un aniversario, porque no hallo razón para esperarlo ni sugerir así, implícitamente, que en el intervalo lo había puesto en olvido.

Lejos de mí la idea de sobreponerlo a Don Quijote, por el cual experimento reverencia y sin el cual la humanidad, indiscutiblemente, disminuiría, carecería de una de sus expresiones fundamentales.

Si alguna comparación pudiera establecerse entre ambos, el héroe francés-español, y el héroe español-universal, sería la que existe entre el anverso y reverso de la medalla, porque más contrastan Gil Blas y don Quijote que don Quijote y Sancho. Estos constituyen, al fin, dos extremos y, como extremos, se tocan, el personaje de Le Sage, término medio de la vida ordinaria, mediocre, sencillo, desprovisto de énfasis, buen muchacho corriente, aprovechador, apenas pícaro, de moral fácil, flexible, cambiante, irónico, recorre las tierras de España y alterna con españoles y españolas, pero nació en Francia, respeta la medida, ahorra dinero, se forma su pequeña situación y es el primero de los típicos “pequeños burgueses”, amables, sin heroísmo ni infamia, humano por los cuatro costados, sonriente y, al Fin, ventrudo, establecido, respetable. Don Quijote lleva coraza, yelmo y una famosa lanza; Gil Blas, su saquito con provisiones y la bota provista de vino. Don Quijote delira por Dulcinea y la justicia celeste; el otro coge al paso el placer con dueñas accesibles y sirve a un protector, a veces desagradecido, pero que concluye soltando la presa. El caballero sin par, sobre unas rocas, pronuncia aquel discurso imborrable sobre las armas y las letras, paradigma inmortal de la elocuencia noble: el trotacaminos, de señor en señor, se atreve a decirle la verdad, tan exigida, al solemne arzobispo de Granada y oye la respuesta que desde el Olimpo han escuchado siempre, por boca de los autores, los críticos ingenuos.

Detengámonos.

De seguir el paralelo, pararíamos, sin poderlo evitar, en una exaltación del hombre de la triste figura y el alma cautivadora, formaríamos en la fila, a la cola, de los que van detrás, alabándolo.

Sólo tiene ese defecto, que él no pudo prever ni evitar: lo han trillado tanto, lo han manejado y exhibido como un animal de feria que recuerda a esos elefantes de circo que uno querría volver a soltar en la selva para verlos libres y admirarlos y temerlos, lejos de sus domadores.

A Don Quijote no es posible descubrirlo.

Pensar en un Quijote desconocido, que no hubiera comentado nadie, en un Quijote y Sancho inéditos, explorables, que a cada paso surgieran intactos y frescos delante de nosotros, sin trompetas previas, sin corte de voceros precedentes… Pero no, ya no es posible, ni siquiera imaginable: ¿Cuántos lo admirarían? Ya está colocado ahí, sobre el pedestal. Sus palabras, querámoslo o no, toman ese valor, ese relieve, esa resonancia profunda de las frases perdidas y confusas en un texto que alguien saca de allí y coloca como epígrafes, a la cabeza de un libro, en una sola página: los solemnes espacios blancos, antes y después, las tornan, por banales que sean, en sentencias de la eterna sabiduría.

Por Alone

*Fragmento de Aprender a escribir (1975).

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