Por Kaizar Cantú

He estado leyendo La literatura Nazi en América, de Bolaño. Me temo que es la primera obra completa que leeré del chileno. Alguna vez me tocó leer uno de sus cuentos sin saber si quiera que era suyo, y la verdad es que ya ni me acuerdo del título, ni tampoco de el más mínimo detalle de la trama. Pensándolo bien, es posible que la memoria esté jugando con mi escritura, como supongo lo hace con la de muchos. De lo que sí estoy seguro es que comencé leer hace La literatura Nazi en América.

Como dije, esta es la primera obra que leo de Bolaño —sus palabras ya las había leído en transcripciones de discursos y entrevistas, pero eso no cuenta—, así que no sabía qué esperar. Me sorprendí, después de husmear el índice y echarle una ojeada a las páginas del volumen, al descubrir que aquello era una especie de breve enciclopedia biográfica y bibliográfica de autores ficticios, todos ellos habitantes del continente americano y vinculados a las ideas o las personalidades del nazismo.

Por el momento no puedo ofrecer un comentario justo. He leído poco, y de ese poco puedo decir que hay pasajes interesantes, propios de ser colocados en una novela, si no es que de ser expandidos hasta convertirse en una obra completa. La vida de Edelmira Thompson de Mendiluce y las de sus hijos Juan y Luz podrían ser material para una saga familiar que trate, entre otras cosas, la cultura decadente de los círculos artísticos bonaerenses del siglo xx. También hay imágenes muy atractivas a partir de las cuales podrían tejerse relatos con potencial para ser interesantes, como la fotografía de Luz Mendiluce en brazos de un sonriente Führer durante su infancia, la habitación de Edelmira Thompson mandada a construir en base a las especificaciones de un ensayo de Poe y el joven Frank Zwickau montado en su moto negra dentro de un aeródromo abandonado de Venezuela.

Estoy casi seguro de que la obra valdrá la pena. Si no me entretengo con lo imaginativo de las biografías, al menos podré mantenerme ocupado pensando en cómo serían las obras mencionadas en caso de que existieran, tomando en cuenta sus breves descripciones y los datos proporcionados sobre el contexto en el que fueron escritas.

La literatura nazi en América me puso a pensar en cuál sería el punto de escribir sobre autores y obras ficticias. Bolaño no fue el primero en ensayar el género. Borges ya lo había intentado en “Tres versiones de Judas”, y Stanislaw Lem llenó Vacío perfecto con reseñas de libros falsos. El experimento de Borges justifica un cuento fantástico que a su vez sirve de excusa para jugar con las convenciones del artículo académico como género de la escritura. El de Lem también tiene la intención de falsear uno de los géneros de la escritura, en este caso la reseña, pero, sospecho, Lem quería exponer además algunas ideas que quizá no pudo ejecutar con éxito en forma de novela, así que tuvo que conformarse con ofrecer esbozos comentados por él mismo.

No sé cuál fue la intención de Bolaño al escribir una enciclopedia biográfica y bibliográfica de autores falsos. Francamente, por el momento no me interesa por qué escribió la suya en particular. Lo que me ocupará por estos breves instantes es ofrecer razones por las que alguien en general escribiría con tanto cuidado sobre la vida y obra de personas que, por lo menos hasta ahora, nunca han existido.

Estoy casi seguro de que la cabeza no me alcanza para imaginar todos los posibles usos de semejante experimento. Así que invito al lector (si es que existe y está allá afuera) a seguir el juego y cubrir todo lo que no he sido capaz de mencionar.

1. Como una canasta de pseudónimos y personalidades

Quien escribe está, de cierto modo, ofreciendo un rostro enmascarado por las particularidades de su prosa, incluso si ésta no es sino la expresión más sincera de su interior; el escritor que sangra sobre la página se cubre el rostro con los colores de sus propios fluidos vitales. Una enciclopedia que recopila vidas y personalidades de fantasmas es más bien un catálogo abierto de máscaras que cada quien puede aprovechar a su antojo. Es sólo cuestión de elegir; lo demás está en manos de la imaginación.

2. Como un jarro lleno de obras sin autor que las reclame

Borges también intentó esto en “Examen de la obra de Herbert Quain”, donde explica cómo funciona una novela de título April March, escrita por el ilusorio Herbert Quain. Al final del cuento habla de otra obra, Statements, una colección de relatos muy prometedores pero pésimamente ejecutados; la intención del libro, explica, es que el lector tome las premisas y las transforme en historias propias y bien hechas. Una enciclopedia de libros ficticios ofrece la misma posibilidad, si acaso con menos detalles sobre su ejecución. Cualquier escritor joven —o un veterano en busca de inspiración— puede elegir un título, con todos sus detallitos, si es que se proporcionan, y traerlo dando vueltas dentro del horno hasta que la estructura básica y sus pormenores queden listos. Luego, a escribir.

3. Como parte de un plan para confundir a los historiadores de la literatura

Este es quizá el menos probable de todos los escenarios. Depende de la ignorancia e inocencia de los muy futuros historiadores, o de una pérdida casi completa de todo material histórico que exponga la obra como un ejercicio de ficción. De llegarse a cumplir las condiciones que le permitan pasar por un libro de consulta, la obra tendría un efecto por lo menos interesante en el porvenir de las literaturas. Quizá las futuras generaciones se la pasarían lamentando la pérdida de toda esa tradición que, por supuesto, nunca existió.

4. Como una sentencia burlona de lo que es la vida literaria

Bolaño cuenta la vida de sus autores falsos con una facilidad que parece alimentarse de los tropos y clichés ofrecidos por una tradición narrativa establecida. Supongo que uno podría armar una enciclopedia de escritores para evidenciar los aspectos más artificiosos de lo que podría llamarse la “vida literaria”. La Literatura está tan obsesionada con la leyenda y el proceso de ficcionalización que ha convertido la vida del escritor en otro género más del relato.

5. Como ejemplo de un canon subterráneo

Toda literatura tiene sus nombres representativos, y a pesar de sus logros, es innegable el papel que juega la crítica —y la industria editorial, si decidimos hablar de ésta como un ente aparte— en la edificación de su figura. Esto implica un proceso de selección que resulta en el apoyo o el desdén de ciertas prácticas artísticas según lo alineadas que estén con las sensibilidades de la época. Podrá sonar como un acto conspiratorio, pero no es más que una cuestión de gustos. Una enciclopedia que recopile autores que vivieron fuera de la tradición de su época, no obstante su inexistencia, podría servir como un ejercicio de historia alternativa o marginal de la literatura de tal o cual siglo o durante el reinado de tal o cual escuela. La intención sería ofrecer un contrapunto a sucesos y perspectivas ya resueltas.

6. Como base de una literatura que está a punto de ser creada

Como mencioné antes, la escritura es un acto de enmascaramiento, y tal vez el propio autor de la obra planea embarcarse en una serie muy larga de enmascaramientos cuyo fin último es armar una tradición literaria que es, al menos en principio, falsa, pero que está ahí. La enciclopedia serviría como mapa y línea de tiempo en la que se detallan proyectos y características de futuros heterónimos. El resultado final del experimento sería un corpus polifónico trabajado por una sola consciencia que pretende ser muchas.

7. Como un intento más de pasar el tiempo

En otras palabras, por pura diversión, o por puro aburrimiento, según se le quiera ver. De todas las razones posibles, esta es, en definitiva, la más noble y justificable de todas.

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