140 mil personas del DF no pueden leer esta historia

Por Ramón Santoyo

Miguel, y sus dulces

Chicles, paletas, caramelos, bubulubus, mazapanes, gelatinas, refrescos…”, grita un joven de 27 años de edad sentado encima de una silla de ruedas. Su celular reproduce “Todo me recuerda a ti”, de Los Temerarios. La gente pasa apresurada por el andador peatonal Regina, pocos son los que lo miran o se paran para comprar los dulces que ofrece; prefieren entrar al café Punta del Cielo, que se encuentra en la esquina. Frente a sus ojos, un mural caricaturizado donde por dentro se encuentra una unidad de actividades recreativas para niños, y a su espalda, que se encuentra recargada sobre el descanso de la silla de ruedas, está una vecindad de color azul cielo adornada con reiletes de colores y una banca roja gigantesca. Por dentro, en su primer cuarto, vive Miguel junto con su madre Araceli y su hermano Geovani. Todos trabajadores, todos comerciantes, todos luchones y todos analfabetas funcionales.

La calle Regina, ubicada en el centro histórico del Distrito Federal, es un laboratorio social, un andador peatonal en donde uno puede toparse tanto con hipsters como con intelectuales, artistas, vendedores ambulantes, gente que tuvo acceso a una educación escolar como aquellos que jamás pudieron ingresar a un aula. Miguel y su familia son uno de ellos, de los 140 mil que el gobierno del Distrito Federal etiquetó como analfabetas y de los que el mismo gobierno trata de alfabetizar para antes de que culmine el 2018.

Acompañado de su madre, Miguel se dirige a la Merced a comprar los dulces que venderá más tarde. Ahí, en Regina, pone su puesto a partir de las 11:00AM y lo quita para antes de las 7:00PM. O cuando haya obtenido una ganancia arriba de los 100 pesos. “Yo tengo toda mi vida aquí, 27 años. Sólo pusieron el desmadre, tumbaron la calle y puro pisto; la gente sólo chupa y chupa, y pues los viernes y sábados me quedo más tiempo en el puro centro de la calle, ya tengo el permiso”.

Miguel, aunque es tímido, platica con sus clientes. Siempre sonriente con ellos, y cantor, dice que le encantan Los Temerarios. “La música romántica es lo mío”. Pese a que sus hermanos lo motivaron para ingresar al Instituto Nacional para la Educación de los Adultos(INEA), Miguel se rehusó en innumerables ocasiones. Los hermanos tiraron la toalla.

“Yo terminé la prepa ahí en el INEA, pues pa’ tener un mejor puesto y ganar mejor. Antes te pedían de a huevo la secundaria, ahora ya es obligatorio la prepa, y pues ni modo, hay que darle. Me tocó ahí en el metro chabacano. Éramos como unos 40 estudiantes, 2 horas de lunes, miércoles y viernes, nuestro maestro bien buena onda. De hecho todos los que he conocido. Más que nada por el certificado que tienes que presentar para obtener cualquier pinche trabajo”, le platica Geovani, hermano de Miguel, al reportero, quien llegó muy temprano a tocar las puertas de su casa.

Lo que más le gusta a Miguel es que su hermano Geovani lo lleve a los programas de la XEW. Miembros al aire y Está Cañón son sus favoritos, dice mientras se ríe. “N’ombre, ese pinche Yordi qué bien me cae, de veras”.

La Iztapalapa que no sabe leer ni escribir

La parada de autobuses de la ruta 37, que sale en dirección al aeropuerto de la Ciudad de México, es la indicación perfecta para dar con el Instituto Nacional de Educación para Adultos de la colonia Polvorilla en la delegación Iztapalapa, delegación que, según el INEGI, alberga a 1 millón 815 mil personas. “La gente ha acabado con el espacio, realmente ya no hay lugar donde poner cualquier cosa”.

El edificio de dos pisos construido hace 10 años presume tener un promedio de 1 mil 500 alfabetizados en lo que va de su creación. Delegación que carga con 37 mil 306 personas que no saben leer ni escribir y que encabeza la lista del mayor índice de analfabetismo en el Distrito Federal, pese a estas cifras alarmantes en donde el INEA, junto con la Secretaría de Educación del Distrito Federal (SEDU), tratan de mitigar el problema. Los analfabetas (o iniciados, como se les hacen llamar por protocolo) lucen despreocupados por su situación e incluso portan consigo una sonrisa de par en par.

Dentro de un salón de clases que cuenta con tres escritorios de trabajo y aproximadamente unos 30 mesabancos afilados en la pared trasera, se encuentra Angélica, una joven estudiante de psicología de la UNAM, quien se encarga de alfabetizar a cinco adultos mayores. Ella, con paciencia y consciente de la labor que realiza, bromea con sus alfabetizados. “A ver, díganme una palabra que se les ocurra”, señalando un pizarrón blanco en donde se alcanza a leer “fro, fru, fri, fre, tro, tru…”. Una señora, quien se encuentra dentro del 71 por ciento del sector de analfabetas del D.F., con 58 años de edad, madre de Memín Pinguin, por llamarse Eufrosina, contesta “frutsi”. “A ver, otra palabra”, pregunta Angélica, quien viste un suéter rosa. Ahora el turno de contestar es para Juana, de 60 años, madre de tres hijos. “Troncoso, como los muebles que da Chabelo todos los domingos”.

Un árbol mal dibujado y mal pintado sobre una cartulina pegada en la pared lateral, utiliza un verde descolorido para las hojas. El árbol funge como el indicador de aprendizaje, pues cada que descubren cómo escribir una palabra, ponen sobre su descolorido verde una hoja hecha a mano y con una tonalidad viva.

Cinco estudiantes, un hombre con problemas auditivos, quien yace serio en la esquina del escritorio, sólo asiente a lo que dicen la maestra y sus compañeras, cuatro señoras de edades que van de los 50 a los 60, mismas que no dejan de ver al reportero que se encuentra silencioso en una silla alejado de todo. Ellas ríen, murmuran y aplauden a risotadas, se les ve contentas durante toda la clase. Al finalizar, Angélica, la alfabetizadora, les deja de tarea unos enunciados con las palabras ya aprendidas. Las señoras, quienes bromean con ser niñas de primero de primaria, sueltan un berrido que imita el de un niño castigado.

Eufrosina y Juana se acercan a platicar con el reportero mientras los tres estudiantes restantes huyen del lugar por “cosas que hacer”. Se sientan en una pequeña silla en la que cómodamente cabría un niño de 8 años.

Con una trenza echa de canas, Juana describe que ella desde hace mucho tiempo deseaba aprender a leer y a escribir, sólo que por motivos de tiempo y falta de oportunidades (“económicas, sobre todo”), no pudo sino hasta sus 15 años que dice tener para después cambiar la cifra a “58”. Juana presume tener un cerebro capaz de ubicarla en cualquier parte que se encuentre. Puede ir a Temachal, a los hospitales militares a los que ella va, o los mercados para surtirse de mercancía que luego venderá en un puesto de su partencia: pantalones, mallones, blusas, calcetas. Dice tener todo lo que uno quiera, pero sobre pedido.

Entre bromas, carcajadas y sonrisas, Juana choca sus pómulos con sus ojos. La gente le pregunta si nunca ha tenido problemas, no se ve que sea alguien de muchos corajes. “Soy muy feliz”, dice ella; sus hijos son su gran tesoro y nunca ha sentido frustración por no poderle dar más a su familia. “Mira, aprendo a leer y escribir, y las cuentas de mí negocio me van a salir mejor”.

Eufrosina cursó hasta quinto de primaria; ella sí puede leer y escribir. Es dueña, junto con su esposo, de una maderería dentro de la colonia Polvorilla. Eufrosina, madre de Memín Pinguin (como lo menciona en innumerables ocasiones), comenta que la razón de en listarse a las aulas del Programa de Alfabetización fue la pena que le ocasiona su mala ortografía. “A mí me toca hacer las notas. A veces prefiero no hacerlas porque no sé cómo se escribe tal palabra, y mejor se lo dicto a alguien más”.

Pese a que los alfabetizadores coinciden en decir que la mayoría de los adultos que ingresan a capacitarse, ya sea al programa de la SEDU o al INEA, sienten pena y/o miedo, Eufrosina y Juana son una excepción, puesto que afirman haber sentido una gran emoción al momento de comenzar sus clases. “Miedo jamás. Estoy muy contenta, emocionada. Me gustaría terminar la primaria y la secundaria, ya tengo tiempo para eso. Antes no podía por el montón de hijos (5), trabajar para ellos, pues no. En ocasiones que me tocaba ayudarlos con las tareas y no podía y ahí tenía que buscar a alguien que nos echara la mano. Pero con lo que he aprendido, mi hija que va en la secundaria y yo nos apoyamos mutuamente”, dice Eufrosina.

***

El D.F, según datos del INEGI, alberga al 2.6 por ciento de los 5 millones 396 mil 665 de analfabetas que hay en México, ubicándose en la posición número 12 en el contexto nacional. Dentro de ese mar de gente que son los 140 mil analfabetas que viven en Distrito Federal, el 71.2 por ciento (es decir, 99 mil 821) son mujeres, siendo así la población femenina la de mayor discriminación en esta área.

El tutor

Ella se levanta a las 6:00AM, se dirige al centro de Xochimilco, toma el pesero que la deja en Tulyehualco, el conductor la baja en el mercado de Santa Cruz Acalpixca, espera unos 2 minutos a que un taxi de zona le dé la subida. “Llévame al módulo de Ahualupa”, le dice al taxista, el taxi arranca, pasan de 5 a 8 minutos, el auto se detiene, ella se baja frente a un edificio color amarillo justo a las 8:55AM. El edificio es un centro de alfabetización de la SEDU, lugar que Claudia Irene utiliza para alfabetizar a 11 adultos que van desde los 24 a 70 años.

Claudia, una de los 128 alfabetizadores que se encuentran en la delegación Xochimilco (8 por ciento de su población es analfabeta), abre la puerta del aula, en donde segundos después se sentará sobre una silla de color verde y esperará a sus “iniciados”. Cinco minutos pasan y todos los alumnos han llegado. Saludan a la maestra, le dicen el buenos días, Claudia los saluda cordialmente, voltea a ver a un señor con bigote blanco y abultado que responde al mote de “Don Manuel”, quien comienza contando una historia acerca de un vendedor del metro. Sus compañeros lo escuchan intrigados, Claudia Irene igual. La historia termina con risas y la clase comienza.

“¿Qué tal estuvo su día?”, pregunta la maestra, a lo que Trini, una de las iniciadas, responde: “Muy bien, maestra. Ayer le escribí un mensaje de texto a mi hija. Quería mostrárselo para que me diga si lo hice bien”. Trini se acerca al escritorio de Claudia Irene. “Hmmm. ‘Vaya’ se escribe con ‘Y’, no con doble ele, pero muy bien. Felicidades, Trini”.

Todos sacan sus cuadernos y escriben lentamente sobre una esquina de las hojas ralladas: “El día de hoy es viernes 10 de octubre del año 2014”. La alfabetizadora se levanta de la silla que se encuentra en su escritorio, se acerca a la mesa en donde lo alumnos apuntan con un lápiz agarrado con firmeza y poca gracia. “¿Qué planes tienen para el futuro?”. Les suelta la pregunta mientras ellos aún no terminan de escribir la fecha; se detienen de golpe, miran hacia arriba como si la respuesta les fuera a caer del cielo. Uno de los iniciados, Josefa, dice que su sueño es conocer Teotihuacan. “Las pirámides, no las conozco, nunca he podido ir. Quiero verlas, e incluso subirlas”. “Quiero poderle enviar una carta a mi hijo, escrita con mi puño y letra”, “Quiero poder tomar un pesero yo solo sin necesidad de preguntarle a la persona que esté a mi lado ¿Qué dice ahí’”. “Pues todo eso lo van a poder realizar”, les responde Claudia con un tono de entusiasmo.

“Llegan con muchos miedos; llegan tímidos, inseguros. Tienes que abrirte con ellos, contarles tus debilidades, acercarte a ellos, que te conozcan; sólo así podrán sentirse en confianza, y después, ya no habrá quien los pare”, Claudia le platica al reportero mientras el reloj corre las 11:00AM, hora en que finaliza la clase. “De repente comienzan a tomar decisiones, los ves hablando mucho; en ocasiones te retan, te preguntan cosas que uno no sabe, pero tú labor es investigar y responder, que no se queden con la duda, que sigan cuestionando. Es un proceso muy grande, mayor autoestima igual a mayor confianza; ellos son entusiasmo, alegría, ganas, atreverse.”

***

La SEDU impulsó el Programa de Alfabetización (PA) con la finalidad de reducir los índices de analfabetas en la capital de México. Dentro de los 140 mil 199 personas que desconocen el lenguaje de las letras, el 62.9 por ciento (es decir, 88 mil 149 personas) se encuentran distribuidas en las delegaciones de Iztapalapa, Gustavo Madero, Álvaro Obregón, Tlalpan y Xochimilco. Lugares donde comenzaron las actividades de barridos, censar e invitar a las personas a los centros de alfabetización.

“Cuando tocas una puerta, y realizas las preguntas rutinarias, para después proceder a invitarlos al Programa de Alfabetización, siempre, siempre te dicen que irán, pero nunca lo hacen, y en caso de que lleguen a ir, debes de mantenerlos contigo, para que en un futuro, ya que termine el programa, los puedas tachar de la lista de analfabetas”.

El gobierno del Distrito Federal cuenta con un presupuesto destinado al PA de 15 millones 629 mil 914 pesos para este 2014. Cuenta con 606 alfabetizadores, 2 mil 445 que ya están siendo “atendidos” y 307 grupos de alfabetización.

“Aunque vamos de la mano con INEA, es importante destacar que no somos lo mismo”, explica Rubí Rivera, subdirectora de educación ciudadana. “La SEDU se encarga de los analfabetas durante seis meses, y ya que terminan el programa, INEA los toma y se queda con ellos para que terminen la primaria y/o secundaria”.

Uno de los principales factores por los cuales las personas no se acercan a estudiar es la falta de recursos. Pese a que el instituto otorga todo el material, “ya sea, cuadernos, lápices, artículos escolares, exámenes sin costo, las personas normalmente dicen ‘No puedo ir 2 horas diarias porque tengo que trabajar’. Eso ocasiona que a veces los círculos de estudios se reduzcan a uno muy pequeño, porque ellos pueden a partir de 6,7, 8 de la noche; salen cansados de trabajar, llegan con nosotros, pero sólo se encuentra su cuerpo, ellos están pensando en otras cosas”.

***

La marea se escucha a lo lejos, el mar roza la arena provocando en ella desniveles, hundiendo los pies de Geovani, quien camina por la playa de Acapulco. A lo lejos, a unos 15 metros, Miguel se encuentra tomando el sol sentado sobre una silla de playa escuchando música, en esta ocasión es a Julión Álvarez. Porta una cachucha del equipo del San Luis, la brisa se impacta sobre su rostro, el sol brilla tan fuerte que quema las pieles de los hermanos; ambos descansan de un día sin trabajo.

Geovani se acerca a Miguel, tiene una bolsa de fritangas en la mano.

—¿Qué son?

—Son unos nuevos Cheetos.

—No los conocía.

—Mira aquí dice —le contesta Geovani, señalando la bolsa de fritangas con su dedo índice derecho.

Miguel hace como que entiende lo que mira. Sólo asiente con el rostro, mete su mano en la bolsa, toma un puñado de frituras que tienen un intenso color rojo, se queda mirando al mar.

—Están bien picosas —dice.

*Este texto es resultado del Mashup de Periodismo Balas y Baladas 2014 organizado por Agencia Bengala y Arca.

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