Por Kaizar Cantú

¿Qué es un enemigo? De entrada, es un otro, incluso cuando ese otro es uno mismo.

El enemigo es obstáculo, contracorriente, combatible y por lo tanto ajeno. No por nada son comunes las representaciones del personaje que encara en su espacio mental a un doble, por lo general portador de una imagen distorsionada de su físico o su comportamiento. Más obvio aún es el mecanismo en caricaturas que codifican bandos opuestos por color u otro rasgo que se presta fácil al juicio de los ojos. El enemigo tiene que ser lo suficientemente distinto de uno como para justificar su combate.

Estas palabras que uso —“obstáculo”, “contracorriente”, “combate”— evocan oposición, la imagen del choque con todas sus chispas y temblores. Declarar enemistad implica identificarse como manifestación de una fuerza, ya sea estática o móvil; se es la marejada o el muro que la detiene. El enemigo encarna la fuerza opuesta, aquello que se interpone entre nosotros y nuestros deseos, lo que impide nuestra realización o preservación de un mundo ideado.

La enemistad entonces requiere —y en ocasiones hasta ayuda a— la enunciación de una identidad, o más bien, siendo ésta una relación entre elementos, de identidades. Al identificarse a un enemigo, se delimita lo que se es y lo que no se es, o también lo que no se quiere ser. Y cabe decirse: este proceso de identificación mutua no es una lectura llana del estado de las cosas. Verme reflejado en las aguas turbias de un estanque requerirá de una interpretación de lo visto, y lo mismo puede decirse del rostro ajeno que veo a través de la misma superficie ondulante.

Un ejemplo. Autobots y Decepticons se detestan. Ambos ven en el otro cada una de las posibilidades de un mundo que encuentran repugnante. Esa repugnancia se resume en el nombre del otro bando. Mientras que, digamos, los Decepticons portan con orgullo el rostro afilado de su escudo porque reconocen en sí mismos las cualidades que los colocan bajo la sombrilla del nombre, los Autobots repudian esa imagen opuesta a la propia; saben qué fuerza encarnan, y consideran esa fuerza diametralmente opuesta a la encarnada por los Decepticons. Por eso el combate, porque hay un otro.

Otro ejemplo, este más cercano y concreto. El Estado distingue los actos de un grupo particular de la ciudadanía como dañinos para el bienestar de la nación. A tal grupo se le identifica con una palabra específica, una palabra que los coloca en una categoría aparte; aparte de la ciudadanía, aparte de la persona válida. Esa palabra marca la enemistad declarada entre la sociedad y los portadores del nombre o adjetivo, y su mención justifica un trato contrario, de la indiferencia o agresión. Digamos, para poner un caso, que la palabra es “pandillero”. La policía encuentra a un muchacho muerto a la orilla de un parque. Indagan un poco, averiguan que pertenecía a una pandilla de la zona que acostumbraba grafitear paredes y pelear con otros jóvenes de la colonia. La autoridad supone que el muchacho murió en alguna trifulca con rivales y abandona la investigación y la ejecución de justicia, porque existió marcado por una palabra que declara enemistad, una enemistad que lo aparta del ciudadano, de la persona, y lo coloca en un grupo foráneo.

Un tercer ejemplo. El pueblo derroca a su dictador. Irrumpen a su palacio de marfil una madrugada, queman sus muebles finos, derriban todas las estatuas que se le asemejan y lo sacan a golpes de la cama. Lo pasean por la calle, aporreado, luego lo decapitan en el centro de la plaza y empalan la cabeza en algún faro. La palabra, por supuesto, es “dictador”, y justifica no sólo una muerte, sino brutalidad en su ejecución.

Y han sido muchísimas las palabras que excusan, que segregan: negro, amarillo, rojo, homosexual, comunista, burgués, capitalista, loco, fascista, etc., etc., etc.

No estoy condiciones para precisar si la enemistad justifica la violencia, y no me refiero sólo a daño físico y moral; una narrativa histórica oficial puede esbozar un perfil muy estrecho y poco iluminado de figuras, grupos o situaciones que han sido identificadas como malignas, enemigos del pasado y fantasmas de lo indeseables en el presente. No estoy en condiciones de decir si a la larga hace bien o hace daño marcar el mal con palabras. Sólo estoy en condiciones de dudar.

Sobrará mencionarlo, pero esto que he dicho no es nada nuevo.  

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