¿Qué hacían seis personas justo antes de que estallara la bomba atómica?

Por John Hersey

El día 6 de agosto de 1945, exactamente a las 8:15 de la mañana, hora de Japón, en el momento preciso en el que la bomba atómica resplandeció sobre Hiroshima, la señorita Toshiko Sasaki, una empleada del departamento de personal en la Hojalatera East Asia, acababa de ocupar su asiento en la oficina central y estaba volteando el rostro para hablar con la chica del escritorio de al lado. En ese mismo momento, el Dr. Masakazu Fuji se cruzaba de piernas para leer el Osaka Asahi en el porche de su hospital privado, sobre uno de los siete ríos deltaicos que dividen Hiroshima; la señora Hatsuyo Nakamura, viuda de un sastre, se paró frente a la ventana de su cocina, observando cómo un vecino derribaba su propia casa porque obstruía la pista de la brigada antiaérea; el padre Wilhelm Kleinsorge, un sacerdote alemán de la Sociedad de Jesús, se recostó en calzoncillos sobre un catre en el último de los tres pisos del recinto misionero, leyendo un ejemplar de Stimmen der Zeit, una revista jesuita; el Dr. Terefumi Sasaki, un joven miembro del personal de cirujanos del Hospital de la Cruz Roja, grande y moderno, caminó a lo largo de uno de los pasillos del hospital con una muestra de sangre en las manos para una prueba de Wassermann; y el reverendo Kiyoshi Tanimoto, pastor de la Iglesia Metodista de Hiroshima, se detuvo en la puerta de la casa de un hombre adinerado en Koi, el suburbio occidental de la ciudad, y se preparó para descargar un carretilla llena de cosas que habían traído del pueblo por temor a la brigada masiva de bombarderos B-29 que todos esperaban azotaría Hiroshima.

100 mil personas murieron a manos de la bomba atómica, y estas 6 estaban entre los sobrevivientes. Todavía se preguntan por qué salieron con vida cuando hubo tantos muertos. Cada uno identifica pequeños elementos del azar o la voluntad propia —un paso dado a tiempo, la decisión de entrar a un edificio, haberse subido a un tranvía en vez de a otro— como lo que los salvó. Y ahora todos ellos saben que ese acto de supervivencia les ha permitido vivir una docena de vidas y ver más muerte de la que jamás imaginaron ser testigos. En aquel momento, ninguno de ellos sabía nada.

***

El reverendo Tanimoto se levantó a las cinco en punto de la mañana. Se encontraba solo en la parroquia; hacía tiempo que su esposa, junto con su hijo de un año, pasaba las noches con una amiga que vivía en Ushida, uno de los suburbios del norte. De entre todas las ciudades importantes de Japón, sólo dos —Kyoto y Hiroshima— no habían sido visitadas vigorosamente por B-san, o el Sr. B, como los japoneses se referían, con una mezcla de respeto y familiaridad melancólica, a los bombarderos B-29; y el Sr. Tanimoto, como todos sus amigos y vecinos, estaba casi enfermo de ansiedad. Había escuchado reportes de ataques masivos en Kure, Iwakuni, Tokuyama y otras ciudades cercanas; estaba seguro de que pronto le llegaría el turno a Hiroshima.

Había dormido mal la noche anterior porque hubo varias advertencias de ataques aéreos. Hiroshima había estado recibiendo advertencias casi todas las noches por varias semanas, ya que los bombarderos habían estado utilizando el Lago Biwa, al noreste de Hiroshima, como punto de reunión, y no importaba qué ciudad planeaban atacar los americanos, los superfortress llegaron como un río a la costa de Hiroshima. La frecuencia de las alarmas y la constante abstinencia del Sr. B con respecto a Hiroshima puso a los ciudadanos muy nerviosos. Circulaba el rumor de que los americanos estaban guardando algo especial para la ciudad.

El Sr. Tanimoto es un hombre pequeño, veloz para hablar, reír y llorar. Lleva su cabello negro partido a la mitad y un poco largo. La prominencia del hueso justo encima de sus cejas y la pequeñez de su bigote, de su boca y de su mentón le dan un aspecto extraño, entre lo joven y lo viejo; juvenil y a la vez sabio, débil pero también vigoroso. Se mueve rápido y con nerviosismo, pero también mantiene una moderación que sugiere la imagen de un hombre cauteloso y pensativo. Mostró esas cualidades precisamente durante aquellos días previos a la caída de las bombas.

Además de que su esposa pasaba las noches en Ushida, Tanimoto tenía que llevar todas los objetos portátiles desde su iglesia en Nagaragawa, un apretado distrito residencial, hasta la casa de un fabricante de rayón en Koi, a dos millas del centro de la ciudad. El hombre del rayón, un tal Sr. Matsui, había abierto su entonces desocupada residencia a un grupo numeroso de sus amigos y conocidos como bodega para que pudieran guardar lo que fuera que quisieran mantener lejos y a salvo de una posible zona de impacto. Tanimoto no batalló para mover sillas, himnarios, biblias, parafernalia del altar y los registros del templo en una carretilla, pero necesitó ayuda con el órgano y el piano. Un amigo suyo, de nombre Matsuo, lo había ayudado el día anterior a llevar el piano hasta Koji. A cambio, el Sr. Tanimoto prometió ayudarlo aquel día a acarrear las pertenencias de su hija. Por eso se había levantado tan temprano.

El Sr. Tanimoto cocinó su propio desayuno. Se sentía terriblemente cansado. El esfuerzo de mover el piano el día anterior, la noche sin sueño, semanas de preocupación y una dieta poco balanceada, además de los pendientes de su parroquia, se aglomeraron para hacerlo sentir muy poco preparado para la jornada laboral. Había algo más: el Sr. Tanimoto había estudiado teología en el Emory College de Atlanta, Georgia; se había graduado en 1940; su inglés era excelente; vestía ropa americana; mantuvo correspondencia con muchos amigos americanos hasta el comienzo de la guerra; y entre tanta gente obsesionada con el temor a ser espiados —una obsesión tal vez suya—, se sentía cada vez más inquieto. La policía lo había interrogado varias veces, y sólo un par de días antes había escuchado que un conocido suyo, un tal Sr. Tanaka, oficial retirado de los buques Toyo Kisen Kaisha, un anti-cristiano, famoso en Hiroshima por su filantropía espectacular y notorio por su personalidad tiránica, había estado circulando el rumor de que Tanimoto no era de fiarse. Para demostrar públicamente que era un buen japonés, el Sr. Tanimoto había tomado la presidencia de su tonarigumi (Asociación de Vecinos) local, y entre a su lista de responsabilidades se había añadido la organización de defensas anti-aéreas para unas 20 familias.

Antes de las seis de aquella mañana, el Sr. Tanimoto salió rumbo a la casa del Sr. Matsuo. Ahí supo que su carga sería un tansu, un armario grande y japonés, lleno de ropa y objetos caseros. Ambos hombres salieron. La mañana era perfectamente clara y tan cálida que la jornada prometía ser incómoda. Unos momentos después de comenzar, sonó la sirena que anuncia los ataques aéreos: una explosión de un minuto que advierte la llegada de los aviones pero que indicaba muy poco peligro para los habitantes de Hiroshima, ya que sonaba todas las mañanas a esta misma hora con la aparición de un avión meteorológico de los americanos.

Los dos hombres jalaron y empujaron la carretilla a través de las calles. Hiroshima era una ciudad con forma de abanico, sobrepuesta encima de las seis islas formadas por los siete ríos esturiales que brotan del Ōta. Sus principales distritos residenciales y comerciales cubrían alrededor de cuatro millas cuadradas en el centro de la ciudad y contenían tres cuartos de la población, reducida de 380 mil durante el auge de la guerra a 245 mil tras varios programas de evacuación. Fábricas y otros distritos residenciales y suburbios quedaban compactamente acomodados en las orillas de la ciudad. Al sur estaban los muelles, un aeropuerto y el Mar Inland, lleno de islas. Una cadena de montañas corre alrededor de los otros tres flancos del delta. El Sr. Tanimoto y el Sr. Matsuo tomaron la ruta entre los súper mercados, llenos de gente, y a través de dos ríos hasta las calles inclinadas de Koi, que subieron hasta alcanzar las afueras del pueblo al pie de la montaña.

En lo que se dirigían rumbo al valle, dejando atrás un grupo de casas demasiado juntas, se anunció la calma (los operadores de radar, detectando sólo tres aviones, supusieron que se trataba de un grupo de reconocimiento). Empujar la carretilla hasta la casa del hombre rayón fue cansado, y ambos hombres, tras haber maniobrado la carga por el jardín y hasta los escalones del pórtico, descansaron un momento. Quedaron con un costado de la casa entre ellos y el resto de la ciudad. Como la mayoría de las casas en este lado del Japón, ésta estaba hecha de un marco y paredes de manera que sostenían un pesado techo de teja. Su sala principal, llena de ropa y sacos para dormir, parecía una caverna fresca y atestada de cojines. En el extremo opuesto a la casa, a la derecha de la entrada, había un melindroso y espacioso jardín de piedras. No se escuchaban aviones. La mañana permanecía quieta; el lugar era fresco y placentero.

Entonces, un resplandor tremendo rebanó el cielo. El Sr. Tanimoto recuerda muy claramente que se movió de este a oeste, desde la ciudad y rumbo a las colinas. Parecía una hoja de sol. Tanto él como el Sr. Matsuo sintieron terror, y ambos tuvieron tiempo para reaccionar (estaban a 3 mil 500 yardas, o 2 millas, del punto de impacto). El Sr. Matsuo se precipitó en dirección al pórtico, lanzándose hacia los colchones y quedando enterrado debajo de ellos. El Sr. Tanimoto dio cuatro o cinco pasos y brincó entre un par de rocas que había en el jardín, apretándose fuerte contra una de ellas. No pudo ver lo que sucedió, pues su cara estaba pegada a una piedra. Sintió que lo aplastaba una fuerza repentina, luego cayeron espigones, pedazos de tabla y tejas fragmentadas sobre su cuerpo. No escuchó estruendo alguno. (Casi nadie en Hiroshima recuerda haber escuchado el sonido de la bomba. Un pescador que navegaba en su sampán sobre el Inland, cerca de Tsuzu, y que vivía con la suegra y la cuñada del Sr. Tanimoto, vio el resplandor y escuchó una tremenda explosión; estaba casi a 20 millas de Hiroshima, pero el estallido fue más poderoso que cuando los B-29 atacaron Iwakuni, que quedaba sólo a 5 millas).

Cuando al fin tuvo el valor, el Sr. Tanimoto elevó su cabeza y vio que la casa del hombre rayón había colapsado. Pensó que una bomba le había caído justo encima. Se levantaron nubes de polvo tan densas que los alrededores parecían hundidos en una especie de crepúsculo. Con pánico y sin pensar por un momento en el Sr. Matsuo bajo las ruinas, el Sr. Tanimoto salió corriendo hacia la calle. Notó mientras corría que la pared de concreto de la residencia había colapsado. Lo primero que vio en las calles fue un grupo de soldados que habían permanecido enterrados en el lado opuesto de la colina, armando uno de los miles de refugios en los que los japoneses planeaban defenderse de la invasión; colina por colina, una vida a la vez. Los soldados salían de los agujeros, dentro de los que se supone estarían a salvo, con sangre corriéndoles por la cabeza, el pecho y la espalda. Estaban aturdidos y en silencio.

Debajo de lo que parecía ser una nube de polvo, el día se oscureció más y más.

***

Casi a media noche, el día antes de que soltaran la bomba, un locutor de la radio local reportó que alrededor de 200 bombarderos se aproximaban al sur de Honshu y recomendó a la población de Hiroshima huir hacia las “zonas seguras” previamente designadas. La señora Hatsuyo Nakamura, viuda de un tintorero, quien vivía en la zona llamada Nobori-Cho y que tenía la costumbre de hacer lo que le decían, sacó a sus tres hijos (Toshio, de diez años; Yaeko, una niña de ocho; y Myeko, también una niña, de cinco años) de la cama, los vistió y caminó junto a ellos hasta la zona militar en la Plaza de Armas Oriental, en la orilla noreste de la ciudad. Ahí desenrolló un par de tapetes y sus hijos se recostaron sobre ellos. Durmieron hasta las dos, despertados por el rugido de los aviones que sobrevolaban Hiroshima.

Tan pronto como los aviones se habían ido, la señora Nakamura fue de regreso con sus hijos. Llegaron a la casa alrededor de las 2:30AM, y de inmediato encendió la radio que, para su mala fortuna, estaba transmitiendo una nueva alarma. Cuando miró a sus hijos y vio lo cansados que estaban, y cuando pensó en la cantidad de viajes que habían hecho hasta la Plaza de Armas, todos sin propósito alguno, simplemente no pudo encarar la posibilidad de hacerlo de nuevo. Metió a sus hijos dentro de sus sacos de dormir, se acostó a las tres y durmió de inmediato, con un sueño tan profundo que cuando los aviones volvieron a pasar más tarde, fue incapaz de escucharlos.

El sonido de la sirena la sacudió a las siete. Se levantó, se vistió rápido y salió apresurada hacia la casa del Sr. Nakamoto, jefe de la Asociación de Vecinos, y le preguntó qué debía hacer. Él le dijo que debía permanecer en casa a menos que sonara una alarma urgente —una serie de ráfagas intermitentes de la sirena—. Ella volvió a casa, encendió la estufa, puso a cocer un poco de arroz y se sentó a leer el matutino Hiroshima Chogoku.

Para su alivio, se anunció la calma a las ocho en punto. Escuchó que los niños se movían, así que fue y les dio un puñado de cacahuates y les dijo que permanecieran en sus sacos porque aún les pesaba el cansancio por la caminata de anoche. Tenía esperanzas de que se echaran a dormir de nuevo, pero el hombre de la casa que estaba justo al sur comenzó a hacer un tremendo escándalo; martillando, estampando, partiendo y desgarrando. La prefectura, convencida como el resto de Hiroshima de que la ciudad sería atacada pronto, había ejercido presión, mediante advertencias y amenazas, para que terminaran de construirse unos amplios canales que esperaba ayudaran a los ríos a contener el fuego iniciado por los ataques aéreos; el vecino tuvo que sacrificar su casa por la seguridad de la ciudad. Apenas unos días antes, la prefectura había ordenado a todas las muchachas de secundaria físicamente capaces que ayudaran a despejar los canales, y ellas comenzaron a trabajar de inmediato apenas se sonó la sirena que anunciaba la calma.

La Sra. Nakamura volvió a la cocina, le echó un vistazo al arroz y comenzó a observar al vecino. Al principio le molestó que hiciera tanto ruido, pero luego sintió tanta compasión que casi se le salen un par de lágrimas. Sus emociones estaban dirigidas específicamente a aquel vecino que despedazaba su propia casa, tabla por tabla, durante un momento en el que esperaban tanta destrucción inevitable; pero sin duda sintió también una compasión generalizada, comunal, sin mencionar la que sentía por sí misma. La vida no había sido fácil. Su esposo, Isawa, se había enlistado en el ejército justo después de que naciera Myeko, y no supo nada de él por mucho tiempo, hasta el día 5 de marzo de 1942, cuando recibió un telegrama compuesto por siete palabras: “Isawa tuvo una muerte honorable en Singapur”. Después supo que había muerto el 15 de febrero, el día de la caída de Singapur, y que había ascendido a cabo. Isawa nunca fue un sastre particularmente próspero, y su único capital era una máquina de coser marca Sankoku. Después de su muerte, cuando dejaron de llegar las pensiones, la Sra. Nakamura sacó la máquina y comenzó a tomar encargos, y desde entonces ha mantenido a sus hijos, aunque pobremente, mediante la costura.

Mientras la Sr. Nakamura observaba al vecino, todo se encendió hasta palidecer más que cualquier cosa que hubiera visto jamás. No vio lo que sucedió con su vecino; sus reflejos de madre la mandaron directamente hacia sus hijos. Había dado sólo un paso (su casa quedaba a tres cuartos de milla de la zona de impacto) cuando algo la elevó y pareció mandarla volando hasta la próxima habitación, por encima del catre, con pedazos de la casa volando tras ella.

Pedazos de madera cayeron alrededor suyo en lo que caía de vuelta al suelo, y una lluvia de tejas le azotó la cabeza. Todo oscureció, pues ella quedó enterrada bajo montones de escombro, aunque no lo suficiente como para atraparla. Se levantó y quedó libre. Escuchó la voz de una niña diciendo “¡Madre, ayúdame!”, y vio a una de sus hijas —Myeko, la de cinco años— enterrada hasta el pecho e incapaz de moverse. Mientras la Sra. Nakamura arañaba las ruinas para desenterrar a su pequeña, no vio ni escuchó señal alguna de sus otros hijos.

***

Días antes de la bomba, el Dr. Masakazu Fuji, un hombre próspero, hedonista y sin mucho que hacer entonces, se permitía el lujo de dormir hasta las nueve o las nueve y media, pero por fortuna tuvo que levantarse temprano la mañana del bombardeo para despedir a un invitado en la estación de trenes. Despertó a las seis, y media hora más tarde encaminó a su amigo hasta la estación, que no quedaba lejos, atravesando dos ríos. Estaba de vuelta en casa para las siete, justo cuando sonó la alarma de la sirena. Desayunó y luego, ya que la mañana estaba calurosa, se desvistió hasta quedar en ropa interior y salió al porche a leer el periódico.

El porche —y todo el edificio— estaba curiosamente construido. El Dr. Fuji era el propietario de una peculiar institución japonesa: un hospital privado y atendido por un sólo doctor. El edificio se encumbraba a un costado y por encima de la corriente del Río Kyo, y quedaba junto al puente del mismo nombre. Contenía 30 habitaciones para 30 pacientes y sus familiares, ya que, según se acostumbra en Japón, cuando una persona se enferma y va al hospital, uno o más de los miembros de su familia lo acompañan y prácticamente viven ahí para cocinarle, bañarlo, darle masajes y leerle, además de para ofrecerle un candor familiar, sin el cual los pacientes japoneses serían, con toda certeza, miserables. Claro que el Dr. Fuji contaba con todo tipo de equipo moderno: una máquina de rayos-X, aparatos diatérmicos y un laboratorio de finos azulejos. Dos tercios de la estructura descansaban sobre la tierra, y el resto era sostenido por estacas que elevaban la casa por encima de las movedizas aguas del Kyo. Esta plataforma, que era donde vivía el Dr. Fuji, tenía un aspecto extraño, pero era fresca durante el verano, y el porche, que daba de frente a los barcos que flotaban de un extremo al otro, era siempre refrescante. El Dr. Fuji ya había pasado por momentos de ansiedad ocasional cuando el Ōta y sus ríos subían de nivel, pero la estructura parecía ser lo suficientemente firme y la casa siempre resistía.

El Dr. Fuji había estado relativamente inactivo por un mes porque en julio, mientras disminuía el número de ciudades intactas en Japón e Hiroshima se perfilaba cada día más como un blanco inevitable, comenzó a rechazar pacientes bajo el pretexto de que si había un ataque, no podría evacuarlos. Ahora sólo le quedaban dos pacientes: una mujer de Yano con una lesión en el hombro y un muchacho de 25 años recuperándose de unas quemaduras que sufrió durante un accidente en la fábrica de aceros de Hiroshima en la que trabajaba. El Dr. Fuji contaba con seis enfermeras que se hacían cargo de sus pacientes. Su esposa y sus hijos estaban a salvo; ella y uno de los niños vivían en las afueras de Osaka, y el otro hijo y sus dos hijas estaban en la zona rural de Kyushu. Una de sus sobrinas vivía con él, además de una criada y un criado.

No había mucho que hacer, pero al Dr. Fuji le importaba poco, pues tenía guardado algo de dinero. A sus 50 años, era un hombre saludable, sociable y calmado, y disfrutaba de pasar sus tardes bebiendo whiskey entre amigos, siempre con prudencia y sólo para relajar la plática. Antes de la guerra importaba marcas de América y Escocia, pero ahora estaba perfectamente satisfecho con la mejor entre las marcas japonesas: Suntory.

El doctor se sentó cruzado de piernas en ropa interior sobre el inmaculado tapete del porche, se puso sus lentes y comenzó a leer el Osaka Asahi. Le gustaba leer las noticias de Osaka porque allá andaba su esposa. Entonces vio el resplandor. Para él —que estaba de espaldas a la explosión y con los ojos en el periódico— pareció de un amarillo brillante. Asustado, se puso de pie. En ese momento (estaba a mil 550 yardas del centro), el hospital se dobló a sus espaldas, elevándose y, con el sonido terrible de una rotura, se precipitó hacia el río. El doctor, que seguía poniéndose de pie, fue lanzado hacia el frente y alrededor y por encima. Fue azotado y apretado; perdió la noción del todo porque el todo se aceleró muchísimo. Sintió el agua.

Al Dr. Fuji le alcanzó el tiempo para pensar que moría antes de darse cuenta de que seguía vivo, apretado con fuerza por dos grandes maderos que formaban una V que se aplastaba contra su pecho, como un bocadillo suspendido entre dos gigantescos palillos. Se mantenía derecho, con el torso y las piernas bajo el agua pero con la cabeza colocada milagrosamente por encima de ésta. Los restos del hospital flotaban alrededor suyo en una colección de madera astillada y materiales para aliviar el dolor. Sentía un ardor horrible en el hombro izquierdo, y sus lentes ya no estaban.

***

El padre Wilhelm Kleinsorge, de la Sociedad de Jesús, se encontraba, aquella mañana de la explosión, en una condición bastante frágil. La dieta de los japoneses sumidos en la guerra no había bastado para nutrirlo, y sentía la tensión de ser un extranjero dentro de un país cada vez más xenofóbico. Ni siquiera un alemán, tras la derrota de la Madre Patria, era bien visto.

El padre Kleinsorge tenía, a sus 38 años, el aspecto de un niño que crecía con demasiada rapidez: rostro delgado, una prominente manzana de Adán, un pecho amplio, manos colgadizas, pies grandes. Caminaba con torpeza, un poco inclinado hacia el frente. Siempre sentía cansancio. Y para colmo, había sufrido por dos días, en compañía del padre Cieslik, otro sacerdote, una diarrea urgente y bastante dolorosa, de la cual culpaban a los frijoles y al pan negro que venía con la ración que estaban obligados a comer. Otros dos sacerdotes (el padre superior LaSalle y el padre Schiffer), habitantes también del recinto de misioneros, que quedaba en la sección de Nobori-cho, tuvieron la suerte feliz de evitar semejante dolencia.

El padre Kleinsorge se levantó como a las seis de aquella mañana en la que se soltó la bomba, y media hora más tarde —se había retrasado un poco por la diarrea— comenzó a dar misa en la capilla de los misioneros, un edificio pequeño y de estilo japonés, construido con madera y sin bancas, pues los fieles se hincaban en el suelo, sobre pequeños tapetes, a la manera tradicional de Japón, de frente a un altar adornado por magníficas piezas de seda, cobre, plata y tremendos bordados. Esta mañana, que era de lunes, los únicos parroquianos presentes eran el Sr. Takemoto, un estudiante de teología que vivían en el recinto de misioneros; el Sr. Fukai, secretario de la diócesis; la Sra. Murata, la devota criada del recinto; y sus compañeros sacerdotes. Después de la misa, el padre Kleinsorge leía las plegarias de agradecimiento. Fue entonces cuando se escuchó la sirena. El padre detuvo el servicio y los misioneros se retiraron hacia un edificio más grande. Ahí, en su habitación de la planta baja, a la derecha de la puerta principal, el padre Kleinsorge se puso su uniforme militar que había obtenido cuando daba clase en la Escuela Secundaria Rokko, en Kobe, y que vestía durante las alertas de ataque.

Al terminar la alarma, el padre siempre salía a escudriñar el cielo, y en esta ocasión, al salir, se sintió contento de ver el avión meteorológico que sobrevolaba Hiroshima todos los días a esta hora. Convencido de que nada sucedería, volvió dentro y desayunó un sustituto de café y una ración de pan junto a los demás padres. Bajo aquella circunstancia, el desayuno le supo repugnante.

Los padres se sentaron a conversar un rato, hasta que, a las ocho, escucharon la sirena anunciando calma. Luego se dirigieron a varias partes del edificio. El pare Schiffer se retiró a su habitación para escribir un poco. El padre Cieslik fue a su cuarto, se sentó en una silla de respaldo recto, con una almohada sobre su estómago para aliviar el dolor, y se puso a leer. El padre superior LaSalle estuvo de pie en la ventana de su habitación, pensando. El padre Kleinsorge subió a una habitación en el tercer piso, se quitó toda su ropa, a excepción de los calzoncillos, se tendió a lo largo de su costado sobre el catre y comenzó a leer su ejemplar del Stimmer der Zeit.

Después del terrible resplandor —que más tarde le recordó al padre Kleinsorge sobre algo que había leído de niño sobre un meteoro estrellándose contra la Tierra—, tuvo tiempo (estaba a mil 400 yardas del impacto) para un pensamiento: una bomba acaba de caernos justo encima. Luego, por unos cuantos segundos, o minutos, perdió la cabeza.

El padre Kleinsorge nunca supo cómo salió de la casa. De las únicas cosas de las que estuvo consciente después del instante fue de que estaba deambulando en calzoncillos entre los vegetales del jardín, sangrando levemente de una pequeña herida en su flanco derecho; de que los edificios de alrededor habían colapsado, excepto por la casa de misioneros jesuitas, que había sido reforzada y re-reforzada por un sacerdote llamado Gropper, quien le tenía pavor a los terremotos; de que el día se había puesto oscuro; y de que Murata-san, la criada, estaba cerca, gritando “Shu Jesusu, awaremi tama!” (¡Cristo, Señor nuestro, ten piedad de nosotros!”) una y otra vez.

***

En el tren que iba rumbo a Hiroshima desde la zona rural, donde vivía su madre, el Dr. Terafumi Sasaki, cirujano del Hospital de la Cruz Roja, volvió a recordar una pesadilla que había tenido la noche anterior. La casa de su madre estaba en Mukaihara, a 30 millas de la ciudad, y tardaba dos horas en tren y tranvía para llegar al hospital. Había dormido mal toda la noche y despertó una hora antes de lo acostumbrado. Sintiéndose pesado y con un poco de fiebre, había dudado en ir al hospital. Su sentido del deber terminó por obligarlo a ir, y tomó un tren que salía antes que el que solía tomar todas las mañanas.

La pesadilla lo había asustado estaba muy asociada, al menos superficialmente, con la perturbadora actualidad. Tenía sólo 25 años y acababa de completar su entrenamiento en la Universidad Médica Oriental, en Tsingato, China. Era una especie de idealista y estaba muy preocupado por lo poco adecuado de las instalaciones médicas en la zona en la que vivía su madre. Por sí solo, y sin permiso, había comenzado a visitar a unas cuantas personas enfermas de allá durante las noches, después de sus ocho horas en el hospital y cuatro horas de viaje. Acababa de enterarse de que el castigo por practicar sin permiso era severo; un compañero al que le había preguntado al respecto le dio una tremenda regañada. Sin embargo, él siguió consultando. En su sueño, estaba junto a la cama de un paciente cuando un policía y el compañero con el que había consultado irrumpían en la habitación, lo sujetaban, lo arrastraban hasta afuera y lo agarraban a palos. En el tren, decidió dejar las consultas en Mukaihara, pues pensó que sería imposible conseguir un permiso porque las autoridades declararían que eso entraría en conflicto con sus deberes en el Hospital de la Cruz Roja.

En la terminal, tomó un tranvía de inmediato. (Luego calcularía que de haber tomado el tren que acostumbraba tomar cada mañana, y si hubiera esperado un par de minutos a que pasara el tranvía, como solía suceder, habría estado cerca del punto de impacto cuando sucedió la explosión y seguramente habría muerto.) Llegó al hospital a las 7:45AM y se reportó con el jefe de cirujanos. Minutos después, se metió a una habitación en el primer piso y extrajo sangre del brazo de un hombre para hacer una prueba de Wassermann. El laboratorio que tenía las incubadoras para la prueba estaba en el tercer piso. Con la muestra de sangre en su mano izquierda, caminando distraído, como lo había estado toda la mañana, probablemente a causa de la pesadilla y una noche sin descanso, atravesó el pasillo principal rumbo a las escaleras.

Estaba a sólo un paso de una ventana abierta cuando se reflejó el resplandor de la bomba, como un gigantesco flash fotográfico, contra el corredor. Se echó al suelo apoyándose sobre una rodilla y se dijo a sí mismo, cómo sólo podría hacerlo un japonés: “Sasaki, gambare!” (“¡Sasaki, sé valiente!”). En ese momento (el edificio estaba a mil 650 yardas del punto de impacto), la explosión desgarró el hospital. Las gafas que el Dr. Sasaki traía puestas salieron volando de su rostro; la muestra de sangre se estrelló contra la pared; sus sandalias salieron disparadas bajo sus pies. Sin embargo, gracias al punto en el que estaba, salió ileso.

El Dr. Sasaki comenzó a gritar el nombre del jefe de cirujanos y corrió hasta su oficina y lo encontró terriblemente lacerado por pedazos de vidrio. El hospital era un caos: pesados tabiques y trozos de techo cayeron sobre los pacientes, las camas estaban patas arriba, las ventanas habían estallado, hiriendo a varias personas, había sangre manchando el suelo y las paredes, instrumentos por todos lados. Los pacientes corrían de un lado al otro, gritando; los demás estaban muertos. (Un colega que trabajaba en el laboratorio hacia el que se dirigía el Dr. Sasaki estaba muerto; uno de sus pacientes, a quien acababa de dejar en su habitación y que temía morir de sífilis, estaba muerto.) El Dr. Sasaki descubrió que era el único doctor que había salido ileso.

Creía que el enemigo sólo había atacado el edificio en el que se encontraba, buscó vendajes y cubrió las heridas de los que estaban dentro del hospital. Mientras tanto, afuera, por todo Hiroshima, los ciudadanos mutilados y moribundos echaron rumbo, con paso difícil, hacia el Hospital de la Cruz Roja, dando comienzo a una invasión que haría que el Dr. Sasaki olvidara su reciente pesadilla por un largo, largo tiempo.

***

La señorita Toshiko Sasaki, oficinista de la Hojalatera East Asia, y que no tiene relación alguna con el Dr. Sasaki, se levantó a las tres en punto de la mañana en la que cayó la bomba. Había quehaceres extra por atender. Su hermano de 11 meses, Akio, se había enfermado gravemente del estómago el día anterior. Su madre lo había llevado al Hospital Pediátrico Tamura y se estaba quedando con él. La señorita Sasaki, de unos 20 años, tenía que hacer el desayuno para su padre, su hermano, su hermana y para sí misma. Además —como el hospital, a causa de la guerra, era incapaz de proporcionar comida—, también debía preparar los alimentos de toda la jornada para su madre y para el bebé, todo a tiempo para que su padre, que trabajaba en la fábrica haciendo tapones de hule para los artilleros, les dejara la comida camino al trabajo.

Cuando había terminado de cocinar y de limpiar la cocina y de guardar los trastos y utensilios, eran casi las siete. La familia vivía en Koi, y ella hacía 45 minutos de camino a la hojalatera, en la sección llamada Kannonmachi. Estaba a cargo de los registros del personal de la fábrica. Había salido de Koi a las siete, y tan pronto como llegó a la fábrica, fue con otras de las chicas del departamento de personal al auditorio del edificio. Un prominente oficial de la marina, y también ex-empleado, se había suicidado el día anterior aventándose sobre las vías tren —una muerte que se consideraba lo suficientemente honorable como para ameritar un velorio, que tendría lugar en la hojalatera a las diez en punto de la mañana—. Dentro del gran salón, la señorita Sasaki y las demás hicieron los preparativos adecuados para el encuentro. Esto les tomó unos 20 minutos.

La señorita Sasaki volvió a su oficina y ocupó su lugar. Quedaba muy lejos de las ventanas, que estaban a su izquierda, y detrás de ella había un par de libreros altos de la biblioteca de la fábrica, organizada por el departamento de personal. Se acomodó en el escritorio, puso un par de cosas en el cajón y acomodó unos papeles. Pensó que antes de comenzar a hacer anotaciones en su lista de empleados nuevos, despedidos y reclutados por el ejército, platicaría un momento con la muchacha de al lado. Justo cuando volteó la cabeza hacia el lado opuesto a las ventanas, la habitación se llenó de una luz enceguecedora. Quedó paralizada por el miedo, pegada a su silla por un largo rato (la planta quedaba a mil 600 yardas del punto de impacto).

Todo se derrumbó, y la señorita Sasaki perdió el conocimiento. El techo cayó de repente y el piso de madera que quedaba arriba colapsó, despedazándose, y trayendo consigo la gente que había en el nivel superior junto con el techo que estaba encima de ellos. Pero, más que nada y primero que todo, los libreros que estaban justo detrás de la señorita Sasaki se echaron hacia el frente y los libros la derribaron, dejando su pierna torcida y rota. Ahí, en la fábrica de hojalata, durante el primero momento de la era atómica, un ser humano fue aplastado por un montón de libros.

*Texto de Hiroshima (1946). Traducción de Staff de El Barrio Antiguo.

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