Por Rodolfo Castellanos

Cuando Benito Juárez fue gobernador de Oaxaca, el país atravesaba momentos críticos: asediado por la invasión estadounidense y recién entregada la mitad del territorio nacional con el Tratado Guadalupe-Hidalgo, el gobierno de la República sobrevivía precariamente en Querétaro y sus ingresos lo tenían al borde de la quiebra. Aunado a todo ello, el principal reto era defender la existencia de un país que en grandes porciones del territorio carecía de sentimiento alguno de pertenencia o unidad nacional.

Juárez, consciente de los oscuros tiempos que vivía la patria, sabía que gobernar Oaxaca no pasaba solo por administrar el presente, sino que también había que propiciar la unidad nacional a través de la pertenencia identitaria; es por ello que intentó frenar la pretensión de los estadounidenses de instaurar misiones supuestamente científicas en el Istmo de Tehuantepec. El entonces gobernador sabía que la presencia norteamericana tenía como objetivo alentar la rebelión de los juchitecos y con ello, como lo señala Pedro Salmerón, desafiar el orden legal, la soberanía y unidad de la nación1. El gobernador de Oaxaca pensaba que no consolidar la identidad del Istmo era una amenaza para todo México y actuó en consecuencia.

En días recientes visité Tehuantepec, pueblo en el que nació mi madre y en el que aprendí a bailar sones y comer nances; lugar en donde las tehuanas llevan bajo sus enaguas huevos de tortuga y los hombres toman cerveza ininterrumpidamente. Mi noción de pertenencia siempre me llevará al Istmo, y en alguna medida ello implica una victoria para el ideal de Juárez.

Sin embargo, durante mi estancia en Tehuantepec me percaté que hoy en día en el Istmo se están perdiendo muchas batallas, entre ellas, la defensa de la identidad.

En el primer cuadro, alrededor del parque y del palacio municipal, a lo largo de los años se ha concentrado el corazón económico de Tehuantepec; hoteles, restaurantes, tiendas de ropa y demás comercios, propiedad de los mismos habitantes eran la norma. Hoy, el 80% de los locales albergan casas de empeño.

En la entrada de Prenda Mex, Caza Mazatlán, Monte del País, Monte Moneda, Prestamil, Monte Providencia y MonteMex se encuentran colgados trajes de tehuana que las paisanas van a empeñar, en algunas ocasiones son tantos que no se puede ver el interior de los locales; de la misma manera, la alhajas que complementan la vestimenta característica del Istmo llenan los estantes de los comercios. Ambos, trajes y alhajas, se rematan al por mayor.

En sintonía con las casas de empeño, dos de los principales predios del centro los ocupan Elektra y Coppel con sus respectivas sucursales de Banco Azteca y BanCoppel. Con ello se consolida la realidad que aqueja a Tehuantepec y a tantos pueblos del país: familias que jamás podrán obtener créditos para la producción pero que sí cuentan con exceso de tiendas que ofrecen créditos al consumo; se endeudan comprando televisiones y nunca conseguirán un crédito para emprender un negocio.

La noche del 23 de diciembre, Donovan Rito, presidente municipal de Tehuantepec, se encontraba en la explanada de la iglesia del barrio de La Borio para inaugurar el iluminado exterior del recinto, como parte de un programa impulsado por el gobierno federal para embellecer las siete principales iglesias que hacen de Tehuantepec capital espiritual del Istmo. A un costado del evento, el cual se realizaba al aire libre, la música a todo volumen de la feria decembrina no dejaba escuchar los sones que entonaba una orquesta infantil invitada para la ocasión.

Es de todos conocido que uno de los principales negocios de los presidentes municipales del pueblo es la cuota que se le cobra a los dueños de los juegos de la feria por instalarse, de tal manera que el mandatario municipal dejaba que los 15 niños tocaran sus instrumentos, mismos que no lograban superar la voz de Miley Cyrus y Katy Perry. En ningún momento el representante popular se disculpó por la grosería hacia los niños, ni explicó los motivos por los cuales no acordó con los operadores de la feria unos minutos de silencio.

¿Qué tiene de relevante que en el Istmo de Tehuantepec se rematen los trajes de tehuana en casas de empeño? ¿Importa que donde antes había negocios familiares ahora residan las tiendas de raya del siglo XXI? ¿Tiene algún simbolismo que el presidente municipal claudique el respeto a escuchar un son por preservar intacto un negocio del municipio?

Yo considero que sí. Considero que subastar un traje de tehuana es subastar un trozo de identidad; que la epidemia de casas de empeño que sufre Tehuantepec es síntoma de la alarmante precarización económica de la región y que es preocupante que el presidente municipal no sea capaz de pedir respeto para que una orquesta infantil interprete La Sandunga.

Hoy, al igual que en los tiempos de Juárez, México vive momentos oscuros. El entonces gobernador, con sus luces y sombras, entendió que perder la batalla por la identidad podría llevar a perder la guerra por la soberanía; hoy, la pobreza, impunidad y desigualdad son los adversarios que financian la barbarie.

Hay un trágico simbolismo detrás del remate de trajes de tehuana en el Istmo, una alarma que deberíamos escuchar antes de que sea demasiado tarde.

1 Pedro Salmerón en “Juárez, la rebelión interminable”. 

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