Por Manuel J. Lara

Foto por Victor Hugo Valdivia

La vida es ese cuerpo a cuerpo en el que las gotas de sudor salpican violentamente contra superficies acristaladas, ese respiro que te da el abrazo de un amigo, esa buena noticia que sorprende una mañana, y es también esa tragedia criminal organizada desde los despachos del Monte Olimpo; pero es vida al fin y al cabo. A veces, en este andar por senderos polvorientos llenos de piedras, uno llega a olvidar desde dónde partió el viaje. Y de repente, un rayo de sol, una canción, una poesía atraviesa toda esa nube de olvido para despertar los recuerdos y activar la memoria.

Hace unos días navegaba por Internet; redes sociales, el medio de procastinación barata de esta época. Un amigo publicó una noticia recogida en medios británicos importantes: el alcalde de mi pueblo expuso en su perfil una foto burdamente modificada del Peñón de Gibraltar. En ella aparecían legionarios, aviones, banderas españolas y demás caspa del más rancio españolismo. Los ingleses hicieron eco al hecho entre la perplejidad y la estupefacción. Muchos se preguntarán cómo es que un personaje semejante fue elegido como líder democrático de una sociedad; un individuo de escasa catadura moral, apegado a lo más siniestro de la cultura golpista que hace nos encaminó a una dictadura fascista hace 40 años.

Mientras tanto, yo habito del otro lado del Atlántico, en un lugar llamado Santa Catarina. Es un lugar feo, pero como sucede con lo importante, la fealdad es una bella forma de conocer la verdad. Santa Catarina es un municipio con título de ciudad (igual que mi pueblo), cosa que le es tan útil como a un pobre votara por el PRI o un obrero por el PP.

La planeación urbana de Santa es caótica, desagradable y laberíntica. Si alguien tuviera un poco de decencia en este pueblo, la avenida principal llevaría el nombre del Cartel de Santa y no el de un alcalde que ocupó el puesto ocho veces. Recordemos el lema revolucionario de este país: “sufragio efectivo, no reelección”.

En las calles de Santa Catarina el peatón está proscrito; los tráileres imponen su ley y los taxis su justicia. A veces el aire está tan contaminado que respirar es un deporte de riesgo. Situada en un enclave natural hermoso como lo es la puerta de la Huasteca, Santa es un monstruo creado por los hombres, hecho de cemento, fábricas y suciedad. Al igual que en las áreas metropolitanas más rudas, el oeste de la ciudad trae siempre los rumores más interesantes de los suburbios.

Hace un par de meses, coincidiendo con el primer año de gobierno, el alcalde de Santa Catarina nos obsequió obras públicas con la intención de mejorar la vialidad. No sé qué sistema empleen en Mogadiscio para asfaltar una calle, pero de seguro ha de resultar mucho mejor que en Santa. Unas trincheras enormes de lodo y grava, al puro estilo de la Primera Guerra Mundial, ocupan varios caminos. La desesperación y la infamia se han apoderado de las calles de Santa Catarina, y cuando llueve todo es mucho peor.

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