Por La Rata Mutante

Ilustración de: ‘Serie Digital’ Por El Pinche Kezo

Hacía mucho tiempo que Ruperta, una larva distraída que vivía en el interior de una manzana, se había dado cuenta de que algo andaba mal a su alrededor. En aquellas paredes, en otra época —jugosas, rebosantes de dulzor y con aromas exquisitos—, ahora se notaban manchas ocres con texturas rugosas. Sus pósters de Bob Marley comenzaban a verse afectados por el moho. Por fuera, el rojo se aproximaba al color café. La resequedad se percibía en el ambiente. El día que mordió cerca de la cáscara fibrosa y mantuvo en la boca por muchos segundos un fragmento de manzana semejante a una goma indigerible, el ligero atisbo de incomodidad se transformó en miedo descomunal a lo desconocido, a un cambio inevitable. Luego, los sentimientos fueron cambiando, y sintió vergüenza por habitar en una casa que cada día desmejoraba su aspecto. Le indignaba que las larvas vecinas la señalaran por no tener más que una manzana en proceso de putrefacción por vivienda.

Además, ya dos moscos pandilleros habían escrito “Zan – Q – Do Rifa” en una de las paredes.

Bajo el impulso del pánico, recogió sus cosas y se marchó en busca de un mejor lugar para vivir.


Mochila a cuestas, anduvo mirando las peras. Rodeó al menos 34 veces un árbol de duraznos, contempló los nísperos y siguió su camino sin animarse a estrenar ese tipo de habitaciones. A punto estuvo de horadar un chabacano, mas las abejas de cera se lo impidieron, vociferando cosas que no es apropiado dejar aquí impresas. El día transcurría muy rápido y Ruperta no encontraba un nuevo fruto para vivir. Cerca de las dos de la tarde, sus 14 patas le dolían terriblemente. No se explicaba cómo estando en medio de una huerta no encontraba un lugar apropiado para convertirlo en su hogar.


Extenuada, Ruperta se sentó a descansar a la sombra de una amapola. Se quitó el sombrero y bajó su mochila. Cuando creía que todo estaba perdido, recordó que todavía le quedaba un porrito en la bolsa trasera. Lo prendió apaciblemente y dejó que el humo invadiera su ser.

Poco a poco se fue relajando y comenzó a meditar. Y meditó… Y meditó… Y luego se dio cuenta de que no estaba meditando. Entonces comenzó a pensar en su hogar… ¿Qué era un hogar? ¿Por qué hasta ahora ningún fruto reunía lo que ella necesitaba para llamarlo hogar?


En eso estaba pensando cuando se quedó dormida. Vino entonces una revelación en sueños. Se vio llegando a su manzana querida. Era una manzana dura, muy difícil de roer.

Le costó mucho apolillar el fruto hasta tallar un cuarto, luego la cocina, después el minibar, la sala de juegos y hasta un jacuzzi muy bonito en el que estaba por sumergirse… Y despertó.

Se dio cuenta entonces de que cualquier lugar podía ser su hogar. Que cualquier fruto era adecuado, sólo era necesario saber aprovecharlo. Así que cerró los ojos y comenzó a dar vueltas con uno de sus índices levantado al frente. Se detuvo de repente, y cuando abrió los ojos, estaba señalando hacia un peral. Ésa sería su nueva casa. Antes de instalarse, volvió a su antigua casa a despedirse y encontró dos semillas. Las echó en su bolsillo y se fue. Justo al pie de su nueva casa, enterró las dos semillas y comenzó a horadar una pera.


Ruperta murió después de haber vivido en la pera, luego en un níspero y finalmente en una naranja. Nunca supo que de aquellas dos semillas que ella había sembrado brotaron dos manzanos frondosos. Por cierto, hoy corté una manzana de uno de ellos, y me fumé mi reserva de ganjah a la salud de Ruperta La Larva y de todos ustedes.


Moraleja: si su manzana comienza a verse café… ¡cómansela en chinga! Debe estar bien cocida y repleta de hachís.

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