Por Rodolfo Castellanos

Que todo despierte” es una de las frases de la canción Explosión, del nuevo disco de Julieta Venegas; la pronuncia en referencia al clima de pasividad ante la intolerable situación del país. Que despierte todo aquello que debe ser pronunciado, recordado, denunciado.

En el México de la ignominia, el pacto de impunidad en el que está inmersa la clase política nos motiva a asumir que el despertar no se dará en aquellos que, ya sea por incapacidad o complicidad, se han empeñado en profundizar la crisis social, humanitaria y de representatividad que padecemos. ¿Por qué aquellos que se benefician de las barreras a la entrada a la ciudadanía para ejercer poder político tendrían incentivos para abrir el sistema? ¿Por qué quienes se han beneficiado de la trivialización de la barbarie propondrían reconocer la magnitud del dolor? ¿Por qué la generación que ha ejercido el poder a partir de la transición (lo que sea que eso signifique en México) vería con claridad que le abrieron la puerta a las mafias en lugar de a los ciudadanos?

La generación de la barbarie no puede ser la que impulse el despertar al que nos invita la canción de Julieta Venegas; sin embargo, las nuevas generaciones sí. Nos tomará varios años abrir de par en par las puertas de la representatividad genuina (Pedro Kumamoto puede ser catalogado como un primer paso); reconocer en su justa dimensión la crisis humanitaria que padece el Estado mexicano y con ello consolidar la ruta de la memoria y la paz; tener una discusión real sobre la brutal desigualdad y economía del narcotráfico que controla amplias esferas (altas y bajas) del país; pero dichas transformaciones serán impulsadas por las generaciones que hemos padecido las consecuencias de la degradación de la vida en México, no de quienes se han beneficiado de ella.

En esa lógica, considero ilustrativo comparar las causas de dos individuos de una nueva generación de mexicanos. A uno la vida le fue arrancada, presumiblemente por ejercer su profesión; al otro lo tendremos como figura pública relevante por muchos años: Rubén Espinosa (1983-2015) y Ricardo Anaya (1979).

Rubén fue fotoperiodista, con su lente plasmaba el rostro de un país que igual te regala a una mujer indígena defendiendo en una marcha la dignidad de sus tradiciones que a un gobernador impresentable. No cubría propiamente la fuente de crimen, nota roja o policial; defendía periodistas en un México que desde el año 2000 devora comunicadores. Fue amenazado por ejercer su profesión y optó por buscar la protección de las autoridades. Hoy está muerto.

Semanas antes de su cobarde y brutal asesinato junto con Nadia Vera, Yesenia Quiróz, Mile Martín y Alejandra Negrete, Rubén postuló:

Es complicado llevar a cabo la labor periodística en Veracruz; difícil vivir en sociedad. Todo mundo es atacado cuando criticas el mal gobierno de Javier Duarte”.

Ricardo Anaya es el flamante nuevo dirigente del Partido Acción Nacional; aquél que en los tiempos del partido único tenía militantes dispuestos a morir por la democracia y que de 2006 a 2012 fue controlado por un individuo que democratizó la muerte y sumergió al país en la barbarie. Ricardo se jacta de ser un joven renovador, con ideas nuevas y propuestas lúcidas.

Semanas antes de su triunfo, en el debate que sostuvo con Javier Corral, Ricardo postuló:

Javier… No se nos olvida tu oposición a nuestro presidente Felipe Calderón… lo acusaste de una estrategia militar convertida en “Guerra de Calderón”, hablas de decenas de miles de muertos, mutilados, heridos. Oposición, sí, Javier, oposición a los priistas, a los de enfrente; no a nuestro buen presidente panista”.

Ambos individuos son miembros de una nueva generación de mexicanos. Uno defendía periodistas, el otro a Felipe Calderón; uno está muerto, el otro es presidente del PAN; uno construía cosmos, el otro defiende el caos. Sin lugar a dudas Rubén veía, vivía y padecía un país completamente distinto al que Ricardo ve a través de sus lentes. Propongo seguir viendo el México que veía Rubén, no negarlo, intentar transformarlo, por él, por nosotros, porque solo así todo podrá despertar.

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