Por Carmen Libertad Vera

Unos llamativos lentes para el sol cubren los ojos de Rosa. “No es porque quiera andar muy acá”, dice ella mientras con su mano derecha despoja su mirada de esa plastificada protección amarilla, permitiéndole a su interlocutor observar la evidente irritación cutánea que invade las sensibles áreas de sus párpados y ojeras.

—Traigo una infección; me hacen daño el sol y el polvo —explica Rosa, volviendo de inmediato a colocarse los lentes. —Pero… p’os tengo que andar en chinga, ¡qué le vamos a hacer! Ya hay que ir juntando pa’ la leche y los pañales, y no andar batallando ‘ora que nazca mi bebé.

El bebé por nacer del que habla Rosa no es otro sino el mismo del que ella afirma ser el papá. Y es que su pareja sentimental, una joven prostituta retirada temporalmente del oficio, está embarazada.

Rosa se trajo a vivir con ella a su pareja en estado de gravidez. Por lo tanto, en realidad son pocos los meses de convivencia marital que ambas mujeres tienen. Apenas seis meses exactamente. La madre futura, a dos meses de embarazo y encontrándose en situación de desposeimiento total, descubrió en Rosa la protección y el cariño que nunca tuvo por parte del desconocido sujeto que biológicamente causó su preñez.

Debido a esa relación y a su asumida responsabilidad paterna, Rosa ha tenido que intensificar las distintas actividades que realiza, a fin de contar con recursos suficientes para la manutención de ella y de otra boca más. Aplicando así, en su particular caso, esa fraterna sentencia que proclama: “Donde come uno, comen dos”. Aunque quizá lo más exacto aquí sería decir “casi tres”.

De allí que a Rosa, efectivamente, se le mire “andando en chinga” por todo el rumbo, yendo de aquí para allá haciendo mandados, llevando recados, cuidando y lavando carros, barriendo banquetas, cargando bolsas en el mercado o, algunas veces, hasta pidiendo caridad.

Porque Rosa es vivo ejemplo de eso que denominan street smart. A ella, durante sus 25 años de vida, la calle le ha enseñado con pelos y señales lo que es trabajar en lo que sea con tal de ganarse el pan honradamente. Algo que muchos nunca alcanzan a aprender en años de instrucción escolarizada.

Además, el hecho de que ella viva en las entrañas de un rumbo bravo, sitio acostumbrado a alojar o ver en cercanía cualquier tipo de situación humana, la ha colocado en una especie de cápsula social protectora y aislante; quizá desconociendo mucho de lo que ocurre más allá de su entorno inmediato, pero teniendo a su favor el poder existir exenta de estigmatizantes juicios y prejuicios moralistas acerca de su persona.

Probablemente fuera de ese contexto, Rosa recibiría cuestionamientos a su forma de vida y preferencia sexual. Allí, en cambio, ella sólo intenta vivir libremente como mejor puede y le place, sin perjudicar a nadie.

Por eso no debe extrañar que Rosa ni siquiera se haya enterado de la llamada “Marcha a favor de los niños”, que el anterior sábado 25 de julio se realizara por algunas zonas nice de la ciudad donde vive.

Ni supo que entre las consignas principales de dicha marcha hubo dos que mostraron evidente rechazo a la unión entre parejas del mismo sexo y a la adopción homoparental: “Sí al matrimonio entre un hombre y una mujer” y “Sí al derecho de los niños a tener un papá y una mamá”.

Mucho menos se enteró de que esa convocatoria contó con la aprobación y el respaldo del clero católico, mediante el comunicado oficial 23/2015, con fecha 13 de julio del 2015, firmado por el arzobispo José Francisco Cardenal Robles Ortega y el secretario canciller Javier Magdaleno Cueva, presbítero; oficio dirigido “a toda la Comunidad Diocesana”, y en donde se hizo un claro llamamiento “a los señores Párrocos y Rectores de los Templos, [para] que exhorten a los jóvenes, agentes de pastoral, grupos y movimientos de cada Comunidad a participar pacíficamente en esta marcha, y sumarse, en comunión y participación para promover la cultura de la familia, según el proyecto de Dios”.

Tampoco se enteró de que algunos participantes de la marcha se dieron a la tarea previa de entregar 20 mil 696 firmas al Congreso de Jalisco en apoyo a su cruzada contra cualquier forma de matrimonio distinta a la que ellos creen “natural”: el de un hombre con una mujer, solicitando por lo tanto que el Código Civil estatal no se modifique a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Y es que Rosa vive al margen de noticieros, periódicos y redes sociales. Por lo que tampoco se dio cuenta de ninguna de las imágenes de la marcha difundidas en medios, o vía Twitter, Instagram, YouTube y Facebook.

Desconocimiento por el que ella ni en la vida hace a esos contingentes, en su mayoría vestidos de color blanco y portando pancartas y globos azules o rosas, que, encabezados por un grupo de jóvenes a bordo de potentes cuatrimotos, partieron desde la fuente Minerva para recorrer luego las avenidas Vallarta y Chapultepec, coreando politizadas consignas supuestamente cívicas y cantos muy parecidos a alabanzas religiosas, hasta llegar a la glorieta de los Niños Héroes, donde colocaron un espectacular y moderno escenario para que los distintos oradores emitieran la similitud de sus convicciones; entre ellos estuvo Joaquín Rivera Meza, ex candidato a la presidencia municipal de Guadalajara por el perdedor Partido Encuentro Social (PES).

Rosa no sufre ni se acongoja por desconocer todo eso. Por el momento, lo más importante para ella es que su pareja se alimente de manera adecuada. “Porque de lo que ella come es de lo que el niño se nutre”, asegura Rosa con esa su natural y fluida forma de hablar, mostrándose muy atenta no sólo a su propia salud, sino también a la de quienes integran su familia.

—A mí ya me dieron medicina para los ojos, y no salgo a la calle sin lentes. Pero lo que deveras me preocupa es que mi pareja, la mamá de mi bebé, a veces no quiera comer, y p’os yo le digo que no la chingue; que si ella no se alimenta, afecta al bebé. ¿A poco no? Así que procuro llevarles pura cosa sana. Verduritas y fruta. Pollito y pescado. Y les compro su ácido fólico. ¡Es que soy un papá muy responsable!

Seguramente a Rosa, de haber tenido conocimiento de esa marcha en contra de su tipo de familia, le hubiera importado un reverendo comino y, con la viveza que le caracteriza, se hubiera limitado a lanzar al aire una estentórea carcajada para luego, muy dueña de sí misma, proferir algo semejante a:

“¡A mí nadie me va a prohibir que ame y cuide a mi pareja o al bebé que va a tener y del que yo, feliz y responsablemente, soy su verdadero papá!”.

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