¿Por qué un botánico estaría dispuesto a romper la ley por unas flores?

Por Susan Orleans

John Laroche es un hombre alto y delgado como una vara, de hombros encorvados y ojos casi transparentes. Su rostro es bastante atractivo a pesar de que le faltan todos los dientes del frente. Su postura es la de un espagueti al dente y sus reflejos son tan vivos como los de quien pasa todo el día jugando videojuegos. Tiene 34 años y trabaja armando un vivero en Miami para la tribu seminola de Florida. Los seminola tienen dos apodos para Laroche: uno es “Blanco Loco” y el otro “Causa-Broncas”.

Conocí a Laroche el verano pasado en la Corte Estatal de Collier, en Naples, Florida. El encuentro sucedió durante una auditoría tras el arresto de Laroche por la posesión de una especie de orquídea protegida; las sacó de la Reserva Estatal Fakahatchee Strand. A Laroche le fascina Fakahatchee Strand, y es un apasionado de las orquídeas.

Laroche no iba vestido para la ocasión. Llevaba unos lentes de sol Mylar bien curveados, una camiseta de algodón con un diseño bastante teatral y unos pantalones que le colgaban a media nalga. Caminó hasta el centro de la sala y sacó la barbilla; comenzó a hablar con su voz rasposa y arrastrada, ambos pulgares bien agarrados de las orillas de su cinturón.

—He sido un horticultor profesional por 12 años aproximadamente. Tengo un vivero que cultivé yo mismo… Poseo un amplio conocimiento sobre las orquídeas y su micro-propagación asexual entre culturas asépticas.

Entonces sonrió y declaró frente a la corte:

—Soy, posiblemente, el hombre más inteligente que conozco.

Laroche creció en Miami. Dice que fue un niño raro. Y no es difícil creerle. Cuando le entraron ganas de tener una mascota, compró una tortuguita, luego consiguió otras diez tortuguitas e intentó cruzarlas, luego comenzó a vender tortuguitas a los otros niños, y después decidió que no valía la pena vivir a menos que consiguiera un ejemplar de cada especie rara de tortuga, incluidas las tortugonas de 150 kilos de las Islas Galápagos. Pero, de repente, lo arrebató una nueva obsesión. Comenzó a interesarse en los fósiles de la Era de Hielo. Luego se olvidó de las tortugas y los fósiles para dedicarse a la lapidaria, y más tarde a la colección y el plateado de espejos.

Las pasiones de Laroche emergen de repente y desaparecen casi de golpe, como un tornado. Por lo general, el fin llega con una declaración dramática. Cuando era adolescente, pasó por una obsesión con los peces tropicales; tuvo hasta seis peceras en su casa. Incluso se puso a bucear para conseguir más peces. Luego llegó el final. No sólo perdió el interés en coleccionar peces; renunció a su pasatiempo, como quien se deshace de un mal hábito. Se dijo a sí mismo que nunca más coleccionaría peces, y que ya no volvería a meter ni un dedo en las aguas del océano. Eso fue hace 15 años. Vive a unos cuantos kilómetros del Atlántico, pero no se ha acercado desde entonces.

Laroche tiene los manierismos controversiales de un hombre enciclopédico. Esto no es el resultado de una educación extensa y rigurosa; Laroche estudió la preparatoria en North Miami, pero fuera de eso, es autodidacta. De hecho, es casi imposible imaginarlo en un salón de clases. A veces se pone a pensar en qué sería de su vida si hubiera ido a la escuela de medicina para convertirse en neurocirujano. Habría sido un hombre distinguido y con dinero. Pero en vez de eso vive con su padre y se mantiene haciendo trabajos variados y peculiares. Por ejemplo, una vez le vendió un artículo titulado “¿Moriría usted por sus plantas?” a una revista de jardinería. Escribió el artículo después de haber derramado pesticida en grano sobre una herida en su mano; el descuido le causó daño permanente en el hígado y el corazón, además de la sensación de que el incidente proporcionaría una historia muy buena para vender. Ahora se encuentra escribiendo una guía hogareña para el cultivo de tejidos vegetales que planea publicitar en el High Times, una revista sobre mariguana. Laroche hará que la guía sea muy costosa, pero los anuncios que aparecerán en la revista no mencionarán que la mariguana cultivada con los métodos sugeridos no podrá crecer lo suficiente para desarrollar propiedades alucinógenas. Laroche defiende esta trampa argumentando que eso le ayudará a ganar dinero y le enseñará a los jóvenes a cultivar plantas sin que se droguen; además, así aprenderán que el crimen no paga.

Este tipo de nudos lógicos que involucran fraude y altruismo son una de las especialidades de Laroche. Cuando uno piensa que no es más que un canalla, descubre que tiene razones nobles pero lucrativas para serlo. Le encanta hacer las cosas a lo difícil, siempre y cuando pueda hacer lo que le dé la gana y lo deje a uno pensando cómo es que se salió con la suya. Es la persona moral más amoral que uno podría conocer.

Cuando era chico, Laroche y su madre escalaban en el Fakahatchee Strand y otros pantanos de South Florida, en busca de cosas inusuales. En aquella época, Laroche y sus padres vivían en el North Miami. El padre de Laroche, un obrero, se había roto la espalda al caer de un edificio y ahora se encontraba inválido. Laroche tenía una hermana, pero murió cuando era muy joven. “Somos una familia llena de malestares y dolor”, dice Laroche. Describe a su madre (fallecida en 1988) como una mujer gorda, desaliñada y judía de nacimiento, pero con una pasión tremenda por varias formas de fe. No suena como una mujer que andaría metida en un campo húmedo y maloliente, pero es ahí donde ella y John pasaban muchos de sus días. A veces marcaban orquídeas que estaban floreciendo para volver meses después y ver si ya habían formado semillas. Por un tiempo, la pasión de Laroche fue fotografiar cada especie de orquídea que crecía en Florida; él y su madre atravesaban el campo con cámaras al cuello, a veces por horas.

Con el paso de los años, Laroche dejó de fotografiar orquídeas y comenzó a querer las orquídeas en sí. Se casó en 1983, a sus 23 años, y ese mismo año él y su esposa abrieron un vivero en North Miami. Antes de eso trabajó como constructor, pero, tal como su padre, se rompió la espalda en un accidente. Le pusieron al vivero Las Bromelias. (Las bromelias son plantas espinosas que se aferran a las extremidades de los árboles en vez de crecer en la tierra. Algunas especies de bromelias crecen en el Fakahatchee.) El vivero de los Laroche se especializada en las cosas más extrañas. Tenía 40 mil plantas, incluidos algunos especímenes únicos. Laroche dice que en 1990 asistió a la Conferencia Mundial de Bromelias con una exhibición de seis por siete metros hecha de bromelias con forma de estrella, pintura fosforescente, luz negra y focos navideños que formaban los patrones de constelaciones reales.

Aquella conferencia fue un momento crucial para él. Se volvió un hombre bien conocido en el mundo de las plantas y comenzó a hacer llamadas a todos lados para encontrarle el rastro a especies raras; a veces le salían hasta mil dólares en la cuenta telefónica. Mucho de su dinero iba y venía, pero él no conservaba casi nada. Hubo una ocasión en la que gastó cientos de dólares en la construcción de una pequeña unidad de aire acondicionado para mantener un helecho que un amigo le consiguió en República Dominicana. El helecho murió, pero Laroche no se arrepiente de semejante gasto. Ha acumulado una de las colecciones más grandes en Estados Unidos de Cryptanthus, un género brasileño de bromelia. Tenía un tremendo Antherium veitchii de metro ochenta con hojas onduladas que era, como él decía, “Un cabrón precioso precioso”. También tenía docena tras docena de orquídeas. Le gustaba mucho clonarlas y mutarlas. Y encontró maneras de propagar ciertas especies que nunca habían podido crecer en un ambiente de laboratorio.

Día y noche, gente llegaba a su casa para hablar sobre plantas y admirar su colección. Le daban plantas a cambio de que fungiera como guía en excursiones a través del Fakahatchee para poder ver otras plantas de su interés. Una tarde, cuando estaba de visita en su oficina, en el vivero seminola, Laroche comenzó a hablar sobre increíble capacidad adaptativa del reino vegetal; mencionó que la planta con la flor más grande del mundo (la rafflesia) vive como un parásito en las raíces de algún árbol y eventualmente devora a su huésped. Laroche me dijo que cuando tenía un vivero propio, mucha gente lo llamaba para hablar sobre plantas pero que podía darse cuenta de que se trataba de gente solitaria en busca de alguien con quien conversar, o que eran personas competitivas con ganas de poner a prueba sus conocimientos con los de Laroche.

—Sentía como si fueran a consumirme. Como si ellos fueran la planta parásito y yo el árbol que la hospeda.

***

La Orchidaceae es una antigua familia de plantas con una línea fértil y flores de tres pétalos que, dependiendo de la especie, pueden tomar varias formas: desde granitos pálidos hasta masas voluptuosas. En términos generales, parece ser que las orquídeas vuelven loca a la gente. Los amantes de las orquídeas lo hacen con locura, mas la pasión por estas flores no es necesariamente una pasión por la belleza. Hay algo en la figura de la orquídea que la hace parecer más criatura que flor. Muchas de ellas son de un ver extraño, y otras tienen formas raras y combinaciones de colores discordantes; además, prácticamente todas son muy feas cuando no han florecido. Laroche me dijo que algunas son tan poco llamativas que cuando se las muestra a la gente siempre le preguntan cómo se verán cuando florezcan, y él tiene que explicarles que ya están floreciendo.

Las orquídeas se han adaptado prácticamente a todo ambiente en la Tierra. Pueden mutarse, cruzarse y hasta clonarse. Pueden tomar las complejas estructuras arquitectónicas de flores preciosas y elegantes. No es sorpresa que las orquídeas estén vinculadas a todo tipo de connotaciones sexuales; pocas flores tienen semejante apariencia o efecto de placidez erótica. Incluso otras criaturas las encuentran atractivas. Algunas orquídeas tienen una forma muy parecida a la de los insectos que las polinizan; el bicho es atraído hacia el interior de la flor, pensando que ha encontrado a su media naranja.

El coleccionismo de orquídeas comenzó en Inglaterra, durante la época victoriana, como un hobby entre los ricos; gente con suficiente terreno para construir viveros y dinero disponible para organizar expediciones en busca de ejemplares de especies raras. El hobby llegó a consumir tanto tiempo en algunos casos que se llegó a conocer como “orquidelirio”, por la especie de manía que abrazaba a los coleccionistas. Muchas personas comunes y corrientes, una vez prendidos al gusto por las orquídeas, dejaban de ser gente normal y se convertían en algo parecido a John Laroche.

El año pasado, en un show de orquídeas en Nueva York, escuché una y otra vez el mismo relato de cómo una orquídea en la cocina llevó a una docena, y de cómo esa docena llevó a vivero en el jardín, y luego, en algunos casos, a expediciones a Asia y África en busca de ejemplares raros, con todo y una necesidad de grandes presupuestos para financiar los viajes. Me la pasé paseando por el show junto a un coleccionista de Guatemala. Me dijo: “Te pica el bicho. Puedes unirte a Alcohólicos Anónimos para dejar la bebida, pero cuando te metes a esto de las orquídeas, no hay nada que puedas hacer”.

Coleccionar puede ser una especie de mal de amor. Si uno colecciona seres vivos, persigue algo en estado de imperfección; incluso si se logra encontrar lo que se busca y poseerlo, no hay garantía de que permanezca vivo o inalterado. La complejidad botánica y la mutabilidad de las orquídeas hace de ellas quizá uno de los objetos más interesantes y enloquecedores para los coleccionistas de seres vivientes. Hay alrededor de 20 mil especies identificadas de orquídeas, convirtiéndolas en la familia de plantas más extensa del planeta. Nuevas variantes de orquídeas son creadas en laboratorios o descubiertas todos los días, y hay aún más especies que crecen en lugares remotos, siempre en números pequeños. Codiciar orquídeas es sufrir una sed que no puede ser apagada. Un coleccionista que quiera tener un ejemplar de cada una morirá antes de poder siquiera acercarse a su meta.

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Una calamitosa helada azotó el South Florida en 1989, matando una buena parte de las plantas que crecían en el vivero, varias de ellas cultivadas por Laroche. Luego, en 1991, un mal lote de fungicidas mató un montón de orquídeas y otras plantas que crecían en los viveros de todo el país. Laroche se quedó casi sin nada. Tres años antes, un conductor que iba ebrio chocó contra su coche; el accidente le tumbó toda la parte frontal de la dentadura, dejó a su esposa en un coma por tres semanas y mató a su madre y a su tío. Él y su esposa luego se separaron, según él porque ella podía aguantar todo un álbum de The Greatful Dead y él no. Luego, en agosto de 1992, llegó el huracán Andrew. Entonces Laroche tenía lo que quedó de sus plantas en tres viveros diferentes ubicados en Homestead y Miami. Durante la tormenta, dos de los tres viveros desaparecieron por completo. El tercero quedó más o menos explotado. Cuando fue a examinarlo, se encontró con una papilla que reconoció como una de sus plantas; estaba a mitad del camino, a tres cuadras de donde había existido el vivero. El resto de las plantas fue envenenada por agua marina acarreada por la tormenta. Hasta ese momento, Laroche llevaba 12 años en la industria de las plantas. Se había vuelto famoso entre la comunidad agricultora. Laroche decidió que si volvía a abrir un vivero, moriría de un corazón roto.

La Seminole Tribe of Florida Inc., no contaba con un vivero, pero tener uno era uno de los varios proyectos de auto-ayuda contemplados por la tribu. Los seminolas son dueños de 90 mil acres de territorio en Florida. Los índices de desempleo entre la tribu son cercanos al 40 por ciento. El plan de los seminolas era contratar a un blanco con experiencia, dejarlo poner el vivero en marcha, que le enseñara a los miembros de la tribu tanto como fuera posible y, eventualmente, reemplazarlo con un miembro de la comunidad. Los seminolas publicaron un anuncio en el periódico. John Laroche lo vio, aplicó para el puesto y fue contratado por la tribu. Por supuesto, el temperamento de Laroche no le permitiría hacer un trabajo tranquilo y simple. Decidió hacer del vivero algo espectacular. Quería cultivar especies exóticas: espinaca que creciera en vainas, calabazas que pudieran aferrarse a una reja, chiles con forma de pene y variedades infinitas de lo que él mismo llamaba “vegetales bien pinches raros”. También quería armar un laboratorio para clonar orquídeas. No estaba interesado en orquídeas de ramo; quería cultivar especies raras, en peligro, de esas sólo disponibles en el mercado negro Si tenía éxito, causaría caos en el mercado ilegal de plantas, una idea que lo atraía mucho, particularmente si podía hacerlo usando uno de esos métodos tan rebuscados estilo Laroche.

Después de ser contratado por los seminolas, la ley india se convirtió en la nueva pasión de Laroche. Pasó horas entre los libros de derecho de la Universidad de Miami. Estudió el caso del estado de Florida contra la tribu miccosukee por la caza furtiva de hojas de palma. Aprendió el tortuoso relato del estado de Florida contra James E. Billie, en el que el gobierno estatal intentó condenar (sin éxito) al Jefe Billie, presidente del consejo tribal de los seminolas, por matar, despellejar y comerse a una especie protegida de pantera. Cuando acabó de investigar, Laroche quedó convencido de que había encontrado una laguna en el código legal que exentaba a los seminolas de las leyes que protegían especies de plantas en peligro.

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Las primeras orquídeas evolucionaron en los trópicos, pero ahora las hay en todo el mundo, esparcidas por las corrientes de aire. Sus semillas son pequeñas, oscuras y tan finas como la pólvora; un huracán es capaz de acarrear millones de ellas por miles de kilómetros. Un ventarrón lo suficientemente poderoso y unas cuantas vainas en Sudamérica podrían acarrear suficientes semillas hasta Miami para durar hasta el final de los tiempos.

Los vientos que soplan en Florida dejan caer semillas en las piscinas, parillas, carreteras, canchas de shuffleboard, estacionamientos de hoteles, techos de edificios corporativos y también en rincones lo suficientemente húmeros, cálidos y tranquilos donde las semillas pueden crecer y germinar. Muchas de las que cruzan el Golfo de México probablemente caerán y morirá en el océano, pero las que logren mantenerse en el aire y caer en un lugar como el Fakahatchee tendrán una oportunidad de sobrevivir. Al fin de siglo, el Fakahatchee estaba tan lleno de orquídeas de especies tan variadas que parecía un supermercado de orquídeas.

El último censo exhaustivo de las población vegetal en el Fakahatchee tuvo lugar en 1987. En él se marcaron 45 especies de orquídea. Una de ellas, conocida como la orquídea trenza de Fakahatchee (Spiranthes laceolata var. paludicola), fue la primera descubierta en la zona. 10 de las especies que crecen en el Fakahatchee no existen en ninguna otra zona de los Estados Unidos: la cola de rata, el espolón torcido, el epidendro enano, la orquídea retorcida, la maxillaria de flor pequeña y la orquídea de flor congelada. La gente que disfruta de las orquídeas enormes y deslumbrantes se sentiría decepcionada por estos ejemplares. Por otro lado, un verdadero coleccionista —el tipo que Laroche ha conocido y en el que se ha venido a convertir— las encontraría irresistibles si tuviera intención de armar una vasta colección; también pueden cruzarse con plantas de invernadero para crear algo jamás visto.

La única orquídea realmente bella que crece en el Fakahatchee es la orquídea fantasma. Cuando no tiene flor, la fantasma, que carece de hojas, parece un par de cintas verdes tan anchas como pasta de linguini. Una vez al año, cuando florece, la orquídea fantasma es preciosa. Su flor es tan blanca como el papel, y en el centro yace el intrincado labio característico de todas las orquídeas. El labio de la orquídea fantasma es particularmente pronunciado y acolchonado, y cada una de sus esquinas remata en colas largas y rebosantes. La forma, delicadeza y sensibilidad de estas colas hace que la flor parezca una pluma o las piernas de una bailarina o dos pequeñas banderitas. Como no tiene hojas y crece en los árboles, y porque su ramaje se funde con el árbol o la roca a la que se aferra, la flor de la orquídea fantasma da la impresión de estar suspendida en el aire, como una criatura en pleno vuelo. Su blancura resalta contra el verde y el gris del pantano. La especie es temperamental, difícil de propagar y es raro encontrarla tanto en el campo como en cultivo. Hubo una vez, cuando estuve en Fakahatchee, que uno de los guardabosques recibió una llamada de una mujer en Georgia que estaba dispuesta a pagar lo que fuera necesario para ver la orquídea fantasma en flor. Quería saber si el guardabosques había visto alguna que estuviera a punto de florecer. Tras hablar con él, la mujer salió del trabajo, tomó un avión con rumbo a Florida, rentó un coche y escaló hasta el pantano. No importaba qué tanto dinero tuviera aquella mujer, pues la orquídea fantasma que el guardabosques iba a mostrarle ya había perdido su flor, convirtiéndose de nuevo en un montón de ramas hechas nudo contra un árbol. Carlyle Luer, autor de The Native Orchids of Florida, la guía definitiva sobre el tema, escribió en una ocasión sobre la orquídea fantasma: “Si es lo suficientemente afortunado para ver una de sus flores, ésta eclipsará el resto de las cosas”.

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El 21 de diciembre de 1993, Laroche y tres seminolas que trabajaban con él en el vivero —Dennis Osceola, Vinson Osceola y Russel Bowers— se adentraron en el Fakahatchee , caminando entre largas hileras de cipreses, por encima de los domos formados por los grupos de árboles y a través del fango hasta llegar a una de las secciones más profundas del pantano, conocida como West Lake. El 21 fue un día bochornoso. El grupo dejó su camioneta en la William Janes Scenic Drive, un camino de grava que se desprende de la Carretera Estatal 29 a unas cuantos kilómetros de la Prisión Estatal de Copeland Road. Era un lugar extraño para estacionarse. Cuando un guardabosques en turno vio la camioneta estacionada, decidió detenerse a esperar a que sus ocupantes retornaran. Pasó un rato. Finalmente, cuatro hombres emergieron de entre los árboles. Traían varias fundas para almohada y bolsas de basura. Después de que fueron arrestados, abrieron las bolsas y las fundas para que el guardabosques pudiera fotografiar lo que habían traído del pantano: 136 plantas, incluidas Catopsis nutans, Tillandisa pruinosa, Peperomia obtusifolia y docenas de orquídeas salvajes. En la funda guardaban orquídeas torcidas, molusco, mariposa, marrones, nocturnas, rígidas, retorcidas y de hoja brillante, además de varios especímenes de la muy valiosa y admirada Polyrrhiza lindenil: la orquídea fantasma.

El guardabosques que levantó los cargos y el fiscal que redactó el reporte oficial no estaban seguros de si los seminolas trabajaban para Laroche o si era él quien trabajaba para los seminolas. Por un lado, Laroche había sido contratado por la tribu para instaurar un vivero en su reservación; por otra parte, Laroche era un agricultor que había perdido todas sus plantas y que ahora buscaba restaurar su parcela. Él sabía dónde conseguir plantas de a gratis, y podía estar usando a los seminolas para rodear la ley. Lo que sí quedaba claro era que las plantas que los cuatro hombres habían conseguido eran raras y valiosas, y que habían sido retiradas cuidadosamente. Las especies epífitas —las que crecen aferradas a las extremidades de los árboles— fueron traídas con todo y rama. Quedaba claro que quien entendía el valor de estas plantas y sabía qué hacer con ellas era John Laroche.

El día del arresto, manejé hasta el cuartel de la tribu, ubicado en Hollywood, dentro de la segunda reservación seminola más pequeña en Florida. En el extremo norte de la reservación se encuentra el Parque Temático Santa’s Magical Village Holiday. Cerca de ahí hay una estatua de un seminola luchando con un par de caimanes. El escultor utilizó a un conocido como modelo para la estatua, aunque ni siquiera era indio; lo eligió porque le gustó su figura, parecida, según él, a la de un indio fortachón. La estatua fue elaborada en los 50, y el modelo fue el padre de John Laroche.

La casa-remolque más grande que hay en el cuartel seminola pertenece a Buster Baxley, el director de planeación y desarrollo de la tribu. Baxley es un hombre rechoncho de unos 40 años. Tiene ojos cafés, una barba sedosa y cabello del color de una pelota de baloncesto. Me llevó a Seminole Gardens, el vivero de la tribu, que queda a unos minutos del cuartel y de frente al Templo Bautista de los Chickee.

La oficina de Laroche es un remolque pequeño que queda al borde del terreno del vivero. A excepción del remolque, no hay nada en Seminole Gardens. Mientras Baxley y yo nos acercábamos al terreno, Vinson Osceola y otros dos hombres se encontraban de pie junto al remolque, con los ojos puestos sobre un montón de aros de fierro y redes de nylon. Había poco que ver, aparte de varias barras para serruchar, cajones de cedro y bolsas llenas de pajote. Laroche estaba dentro, en su escritorio, leyendo postales que había recibido de un amigo llamado Walter. Me dijo que Walter está obsesionado con los lirios de agua y viajará a donde sea necesario y sin dudar ni un segundo si se entera de la existencia de algún espécimen raro. A veces se lleva las plantas a casa para cultivarlas, pero hay ocasiones en las que viaja sólo para verlas y nada más. La postal venía de Botsuana. Laroche la sujetó en el aire y leyó:

—Dice: “Las plants son buenas. Nos vemos pronto” —puso la postal sobre el escritorio, luego dijo—: Walter sí que está loco.

Baxley permaneció de pie en la puerta de la oficina e ignoró la lectura de Laroche. Movió su mano hacia la ventana y preguntó:

—John, ¿cómo va el trabajo de esos muchachos?.

—Bien, Buster —contestó Laroche; puso los pies sobre el escritorio; comenzó a mecerse de atrás hacia adelante sobre su silla. Llevaba puestos unos pantalones camuflageados, un sombrero de los Huracanes de Miami y una camiseta de los Halcones Negros de Chicago.

—Todos creyeron que John estaba explotando a esos muchachos indios para armar su propio vivero y poder cazar flores a gusto —dijo Baxley—. Bueno, yo fui el que autorizó todo eso. Les dije que fueran con él y consiguieran todo lo que hacía falta. John me trajo el estatuto de Flrodia en el que decía que los indios quedaban exentos frente a toda ley referente a la recolección de plantas, y pensamos que el vivero debía tener algunas especies salvajes para propagarlas y exhibirlas. Le pregunté varias veces, porque quería buscar la información por mí mismo.

Laroche cristalizó su rostro en una expresión de espanto y exclamó:

—¡Buster! ¿No me creíste?

—Al principio, cuando los habían arrestado, pensamos que estaban discriminando contra ellos, contra la tribu. Ahora pienso que si el guardabosques hubiera atrapado sólo a los muchachos indios, los habría dejado ir. No quieren meterse con nosotros, con los derechos de los indios. ¡Somos cercanos a la naturaleza! No somos como los no-indios, que destrozan la tierra por dinero. No cazamos por cazar. ¡Cazamos para sobrevivir! Más vale que el estado de Florida no se meta con mis derechos.

Infló el pecho y continuó:

—De ser así, iré al Fakahatchee y tomaré todo ser viviente que lo habite.

Laroche dejó de mecerse en la silla y se fue de bruces contra el escritorio. Frunció el ceño y dijo:

—¡Awww, por dios, Buster!

Baxley lo miró y luego me miró a mí. Dijo:

—El guardabosques no buscaba a esos indios. Era a John al que querían despellejar.

Baxley decidió volver a su oficina a hacerse cargo de un papeleo concerniente a un proyecto de cultivo de cidros entre los seminolas y unos inversionistas japoneses. Laroche y yo salimos del remolque. Él quería visitar unas de sus plantas que habían sobrevivido al huracán y que vendió a un vivero llamado Tropical Paradise.

El cielo era transparente y el aire se sentía pegajoso. Los obreros habían apilado varios aros de fierro para el área de macetas. Vinson Osceola se acercó a nosotros con una pala en la mano. Vinson es un hombre joven con cabello largo y brillante, hombros fornidos y una expresión tímida, un poco triste. Habló con Laroche por unos minutos acerca del proyecto de construcción. Mencionó que Dennis Osceola se había lastimado y no podía trabajar en el vivero de momento, y que Russel Bowers, el otro muchacho que habían arrestado en la expedición, se encontraba fuera de la reservación.

—No voy a hablar mucho con usted —me dijo Osceola—. No es nada personal; así se acostumbra entre indios.

Laroche hablaba mientras viajábamos.

—Originalmente, los indios sólo querían cultivar algunas cosas en la reservación y venderlas. Así que les expliqué el negocio de los viveros. Les dije: “Pueden cultivar cosas y venderlas, pero es mejor propagarlas”. Les expliqué que pueden cultivar tejido de orquídeas, clonarlas y obtener billones de un sólo ejemplar. Siempre me ha interesado la propagación. También la mutación de plantas; mutarlas por gusto o por dinero. Expones las semillas a radiación o a químicos y obtienes cosas bien chidas y nunca antes vistas en el planeta. Es un hobby excelente eso de mutar plantas. Comprimes la evolución de una especie a dos o tres años. Creo que es bueno para el mundo que se promueva como un hobby. Hay muchas vidas desperdiciadas allá afuera, tanta gente sin nada que hacer. Para mí, la mutación es la respuesta para todo. ¿Te has preguntado por qué hay gente más inteligente que otra? Es porque mutaron cuando eran bebés. Creo que eso me pasó a mí. Fui expuesto a algo que mutó mis genes, y ahora soy increíblemente inteligente. Soy una de las cinco o seis personas en todo el país que conoce cómo reproducir la orquídea fantasma en un laboratorio. Mi plan es tomar algunas orquídeas del campo, vender unas cuantas, cultivar el resto en un laboratorio que estamos armando en el vivero y, en unos años, tener miles de ellas para vender. Ahora mismo existe un mercado negro de orquídeas, particularmente de la orquídea fantasma, porque no pueden conseguirse. Es un negocio de mucho dinero. Su valor es astronómico en lugares como Australia, donde la gente adora a las orquídeas y no puede conseguir de esas variantes. El precio sería por planta, pero podríamos vender millones de ejemplares de un sólo golpe una vez que las hayamos cultivado, así que de todos modos ganaríamos un dineral. Mis amigos agricultores solían decir: “Si John logra conseguir terreno y algo de dinero, cuídense”. Bueno, los indios necesitaban alguien que se encargara del vivero, y yo necesitaba algo de tierra y dinero, así que me puse a investigar la ley y me di cuenta de que es muy vaga respecto a cuando los indios toman cosas de las reservas estatales. Me parece que la ley está mal y que deberían cambiarla, porque no puedes tener un montón de indios sacando plantas del Fakahatchee, pero, por mientras, alguien tiene que beneficiarse de que la ley sea lo que es, y creo que ese alguien debería ser yo.

Manejamos a través de un camino de piedra flanqueado por palmeras de tronco regordete. Una briza cálida soplaba de mi lado a través de la ventana abierta. El sol se filtraba entre las hojas de las palmeras y pintaba líneas brillantes sobre el camino.

—Pensé que obtendríamos lo que ocupábamos del Fakahatchee —dijo Laroche— y al mismo tiempo llamaríamos tanto la atención que alguien decidiría cambiar la legislatura. Calculé las cosas de modo que todo sucediera durante la temporada legislativa. Eso es lo que quiero decir frente a la corte. Que el estado debe protegerse a sí mismo.

Levanta una ceja y continúa:

—Planeo protegerme a mí también.

El coche brincó al pasar sobre unas vías de tren. Laroche volteó a verme y siguió:

—Trabajo para los seminolas, pero la verdad es que estoy del lado de las plantas. ¿Lo que hice fue algo ético? No lo sé. Soy un cabrón bien vivo. Podría ser un criminal tremendo. O un muy buen estafador. Pero es más interesante vivir dentro de los confines de la ley. La gente ve lo que hago y piensa: ¿es algo moral?, ¿está bien? Bueno, ¿no son todas las grandes cosas de la vida el resultado de preguntas así? Fíjate nada más en la energía atómica. Podría ser una bendición, o una fuerza diabólica. El bien o el mal. Bueno, ahí está el límite. El filo de la ética. Justo donde me gusta vivir.

***

Laroche intentó convencer a Joseph Fondeur, el dueño del Tropical Paradise, de que lo dejara comprar de vuelta las plantas que le había vendido después del huracán. Las plantas en cuestión eran unas hoyas gigantescas con hojas gomosas y vainas largas y serpenteantes. Fondeur no estaba interesado en venderle las hoyas a Laroche. Éste señaló que ahora contaba con un vivero enorme en la reservación y que ya podía proporcionarle un hogar digno a las plantas.

—No me interesa —respondió Fondeur, acariciando la hoja de una de las hoyas.

—Volveré por ellas —dijo Laroche—. Por favor, Joseph.

Fondeur acarició otra hoja.

—No. Ahora soy yo el que ama estas plantas. A estas alturas, son más mías que tuyas.

Hablaron por un rato. Fondeur acordó que cuando las plantas se reprodujeran le daría alguno de los retoños a Laroche. Luego, Fondeur mencionó que prefiere tener una amplia variedad de plantas y que estaba manteniendo el número de orquídeas en su vivero al mínimo.

—Los coleccionistas de orquídeas están locos —dijo—. Las compran y las matan. Puede que los que coleccionan helechos sean peores, pero esos de las orquídeas son demasiado… ya sabes. Se creen superiores.

Miró a Laroche. Y preguntó:

—¿Estas coleccionando algo?

—No —respondió—. No quiero coleccionar nada por ahora. Tengo que controlarme cuando estoy cerca de las plantas. Todavía me da esa sensación. Veo algo y me llega el sentimiento. Pienso “Dios mío, qué interesante. Seguro podría encontrar muchas de esas”.

***

La Asociación Americana de Orquídeas estaba preocupada por el caso de la caza de orquídeas; si Laroche y los seminolas resultaban inocentes, podría desatar una cacería masiva de orquídeas en lugares públicos. Las oficinas de la asociación están en West Palm Beach, a unos 240 kilómetros de la Corte de Collier County, agarrando una carretera llamada Alligator Alley. Las panteras solían vagar entre los carriles de la carretera. Antes de que el Jefe Billie le disparara a su pantera, la última en morir de causas no-naturales en el South Florida fue atropellada en Alligator Alley.

La asociación está conformado por casi 30 mil miembros. En la oficina, uno puede tramitar una tarjeta Visa de la Sociedad de Orquídeas, que tiene impresa la imagen de una Brassolaelicottleya amarilla de labios rojísimos y tan gruesos como una bolsa de mano. También pueden verse 50 mil filminas de orquídeas ganadoras de premios, y también de algunos de los especímenes más valiosos del mundo. Por ejemplo, una Phragmipedium besseae de pétalos delgados y rojos y labio carmesí. Si se desea un ejemplar de la Phragmipedium, es posible conseguir una a cambio de varios cientos de dólares. Hace diez años, antes de que se propagara en los viveros del mundo, los ejemplares de la especie eran tan raros que uno podía costar hasta 5 mil dólares.

El caso de la caza de orquídeas acabó por resolverse no en relación a las orquídeas si no en relación a los árboles, cosa que, como todos sabían —Laroche, Baxley, el fiscal y los guardabosques del Fakahatchee—, no tenía nada que ver con el tema en cuestión, pero que era lo único que quedaba claro una vez examinada la ley. Si se sigue la ley tal como está escrita, puede argumentarse que los indios son inmunes a los estatutos que protegen a varias especies de plantas en peligro (en reservas estatales, jardines privados o reservaciones seminolas). Si Bowers y Osceolas hubieran tomado sólo especies en peligro, podrían haber apelado inmunidad y los cargos habrían sido retirados. Pero la mayoría de las orquídeas que Laroche buscaba crecían en los árboles, y él quería traérselas con todo y ramas para no dañar las raíces. Los árboles en los que suelen crecer las orquídeas (manzanos y especies del pantano) no son especies en peligro.

Durante la audición, la jueza Brenda C. Wilson se rehusó a descartar el caso en base a inmunidad, pero los seminolas no fueron acusados de poseer especies protegidas. En ese sentido, Laroche tenía razón: había descubierto una contradicción en el tejido de la ley. Su único error fue tomar demasiadas precauciones a la hora de remover las orquídeas. Unas semanas después, los tres seminolas declararon nolo contendere frente al Código Administrativo de Florida 16D-2.003 (6), que prohíbe remover plantas de los parques estatales, además de cortar árboles y tomar vida vegetal de las reservas del estado.

Laroche no recibió inmunidad; la jueza declaró que la inmunidad de los indios no suerte efecto en sus empleados si estos no son de origen nativo. Así que Laroche tendría que ir a juicio o alegar nolo contendere por remover tanto las flores como los árboles. Aceptó el alegato. Tuvo que pagar una multa, más costos legales, y ser condenado a seis meses de libertad condicional; durante ese tiempo, tenía prohibida la entrada al Fakahatchee. Laroche ganó y a la vez perdió. Descubrió la laguna en el código legal pero perdió el caso; encontró las orquídeas pero no pudo conservarlas; alcanzó la fama pero a cambio de un poco de desgracia. Me confesó que sintió como si lo hubieran crucificado. Parecía animado por la tensión de los sucesos y por el hecho de estar en lo correcto y equivocado a la vez. Esto lo colocó a la orilla de una plataforma ética muy angosta: su lugar favorito. La otra cosa que perdió, por ahora, es el Fakahatchee, su otro lugar favorito.

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Hay que querer algo con muchísimas ganas para estar dispuesto a buscarlo en el Fakahatchee. El Fakahatchee Strand es una reserva de 63 mil acres en la costa, a 32 kilómetros al sudeste de Naples, dentro de Collier County, donde la hierba satinada cede ante las juncias de bordes afilados como hoces. El Fakahatchee es parte pantano profundo, parte hilera de cipreses, parte bosque húmedo, parte pantano estuario y parte pradera húmeda. A grandes rasgos, el Fakahatchee es plano como una galleta. Las zanjas y agujeros no tardan en llenarse con agua subterránea. Las arrugas y los chichones son fáciles de ver. Casi todo el terreno se encuentra elevado: tres metros o metro y medio de altura, con partes justo al nivel del mar.

El Fakahatchee tiene cierta belleza extraña y salvaje. También es un lugar violentamente inhóspito. De hecho, las horas que pasé repasando los pasos de Laroche fueron quizá el rato más miserable que he experimentado en mi vida. La sección pantanosa del Fakahatchee es calurosa y húmeda y llena de bichos; también abundan las serpientes mocasín y las crótalo diamante y caimanes y tortugas lagarto y plantas venenosas y jabalíes y cosas que se te pegan a la piel o al interior de la carne o que se te meten por los ojos o la nariz.

Cruzar el pantano es una batalla. Se puede avanzar con la misma calma que uno reservaría para el interior del auto-lavado. En medio del pantano, los sumideros contienen hasta dos metros de agua, y el aire tiene la calidad floja y pesada del terciopelo húmedo. Los árboles parecen sudar de los costados. Las hojas brillan de tanta humedad. El lodo succiona tus pies cuando intentas mantener el equilibrio; y si no se lleva tus pies, se queda con tus zapatos. El agua se ve negra por el tanino de los cipreses, que es tan corrosivo que puede roer el cuero. En el Fakahatchee, lo que no está húmedo, parece maldito. El sol azota la pradera sin árboles. El pasto queda tan seco que la fricción de los coches puede prender lumbre, y las llamas del pasto pueden cubrir un automóvil en llamas. El Fakahatchee solía estar lleno de coches carbonizados, abandonados por aventureros fritos. Un botánico que viajaba por el pantao en los 40 recuerda en una entrevista que lo sorprendió la variedad de ardillas y la cantidad de Modelos T calcinados.

Antes de dejar Florida, me metí al pantano con los guardabosques, que ya habían replantado las orquídeas que Laroche deseaba tanto. Algunas plantas estaban metidas en grietas entre las rocas y los árboles. Las ramas a las que se habían pegado las orquídeas fantasmas fueron atadas con alambre al costado de los árboles. Las orquídeas son lentas para crecer y lentas para morir. Pasará un rato antes de que pueda saberse si alguna de las plantas robadas sobrevivirá.

Estas orquídeas fantasma no estaban floreciendo, así que volví al día siguiente y caminé por horas para ver si encontraba alguna que fuera más que un montón de lianas verdes colgadas de un árbol. Vi unas ramas, pero parecía que su tiempo en flor había pasado. Llamé a Laroche para contarle y dijo:

—Eso no es cierto. Están allá afuera, yo lo sé. Yo sé dónde están.

El teléfono permaneció en silencio por un momento. Laroche se aclaró la garganta y dijo:

—Debiste venir conmigo.

*Texto publicado en The New Yorker (1995). Traducción de Staff de El Barrio Antiguo.

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