Por Ryszard Kapuscinsky

Foto por Victor Hugo Valdivia

Debe ser testigo de todos los acontecimientos de relevancia que se producen en un territorio de 30 millones de kilómetros cuadrados (la superficie de África). Debe saber lo que está ocurriendo al mismo tiempo en los cincuenta países del continente, lo que ha ocurrido allí antes y lo que puede suceder en el futuro, conocer por lo menos la mitad de las 2 mil tribus que conforman la población africana, dominar cientos de detalles técnicos… También debe ser un hombre de gran resistencia física y psíquica, pues, por más que piense, ¿de qué nos sirve nuestro corresponsal si se abandona a la depresión y cae en un estado de postración que lo inmoviliza y le impide escribir una sola palabra en los momentos en que se suceden los acontecimientos de máximo interés e importancia?… Tampoco puede ser corresponsal el que tiene miedo de la mosca tse-tse, de la cobra negra, del elefante, de los caníbales, de beber agua de ríos y arroyos, de comer tartas hechas de hormigas asadas; el que se estremece con sólo pensar en las amebas y en las enfermedades venéreas, en que le robarán y lo apalearán; el que ahorra cada dólar para construir una casa cuando vuelva a su país; el que no sabe dormir en una choza de barrio africana y el que desprecia a la gente sobre la cual escribe… El que no sabe que en la política y en la vida es necesario saber esperar y que un hombre no empuña un hacha para proteger su cartera, sino en defensa de su dignidad. El que no sabe admitir y administrar su propio miedo ni estar solo, el que no es curioso ni lo suficientemente optimista como para pensar que los seres humanos son el centro de la historia, el que no ha comprendido que el concepto de totalidad existe en la teoría, pero nunca en la vida. El que no sabe preguntarse cuál es el alcance de una noticia y si es más lo que se dice o lo que se calla. El que cree en la objetividad de la información cuando el único informe posible siempre resulta personal y provisional.

 

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