En estas disputas acerca del cinema, nadie sino un profano está autorizado a opinar. En asuntos cinemáticos, como en todas las artes, los iniciados y profesionales son los menos llamados a opinar cuando, sobre todo, se trata de situar el alcance libremente humano y extratécnico del arte. Así, pues, hoy que se busca determinar si el cinema llena un rol artístico supremo y si, por consiguiente, posee medios propios y peculiares de expresión, independientes de las demás artes, la opinión de los críticos, autores, actores, meteurs-en-scene, carece de autoridad.

Ni Jean Epstein, ni Louis Dellus, ni Janning, ni el mismo Chaplin dirían lo que debe decirse. Los técnicos hablan siempre como técnicos y rara vez como hombres. ¡Es muy difícil ser hombre, señores norteamericanos! Es muy difícil ser esto y aquello, artista y hombre, al mismo tiempo. Un hombre que es artista ya no puede hacer ni decir nada que se relacione con el arte, sino como artista. Un poeta juzgará un poema, no como un simple mortal, sino como poeta y así sucede con los cineístas. Abel Gance, meteur-en-scene de Mater Dolorosa; Douglas Fairbanks, protagonista de El Pirata Negro; Charles Chaplin, autor, meteur-en-scene y actor de En pos del oro; Leon Mousciae, historiador y ensayista del ecran, no alcanzarán a expresar un justo criterio acerca del destino total y humano del film. Ya sabemos hasta qué punto los expertos se apalean entre los hilillos de los bastidores y se fracturan la sensibilidad, caídos por el lado flaco del sistema, del prejuicio o del interés profesional.

En los debates del cinema pueden opinar, a lo más, los escritores libres, los que nada tienen que ver con aquellas entretelas de la profesión. Por esto, me place, en esta polémica, una idea de Paul Valéry, de Andrés Suares, de Blaise Cendrars o del doctor Allendy, estén o no a mi gusto. Pero, en general, solo vale en esta cuestión el parecer del hombre rigurosamente profano, que no sea, naturalmente, un inculto.

Ya los lectores sabrán que a raíz del juicio que a Chaplin le sigue su ex esposa, Lita Grey, un arduo revuelo polémico se ha suscitado en el mundo respecto de la personalidad artística de Charlot y, por ende, respecto del valor estético del cinema. En París, un grupo de escritores, encabezados ¡cosa rara!, por el poeta católico Max Jacob, ha hecho la defensa y apología de Chaplin y del ecran. De otro lado, un segundo grupo de escritores, a cuya cabeza figura Andrés Suares, carga contra el charlotismo. Un gran periódico parisién publica, en esta ocasión, una encuesta sobre el valor del cinema, del circo, del music-hall y del teatro moderno, en la que aparecen opiniones de muy significados escritores y artistas de París. De este conflicto nadie sabe aún lo que saldrá. Quién sabe caiga el teatro, o el music-hall, o el circo o los tres juntos, en obsequio al arte mudo. Nadie aún lo sabe.

Lo esencial de la encuesta se reduce a saber si el cinema existe o no como un arte nuevo e independiente de las demás artes y, en caso afirmativo, cuál es el estado de su desarrollo y cuáles sus posibilidades para el porvenir. La polémica sobre Chaplin tiende, en el fondo, a resolver idéntico postulado. Nadie, repito, presiente los términos definitivos de la solución. Por de pronto, puede ya deducirse del debate, que “la religión cinemática o charlotesca”, como la llama sarcásticamente Andrés Suares, tiene acaparado a un 90 por ciento de la población del globo terrestre. Un 8 por ciento está constituido por enemigos acérrimos e irreconciliables del cinema. El 2 por ciento restante está formado por gente libre y cambiante, que siguiendo los vaivenes de su gusto y las peripecias del desenvolvimiento del cinema, logran dar entonación humana y sincera a sus ataques y a sus elogios, sin sistematizarse ni dejarse llevar por modas ni escepticismo troglodíticos.

¿Existe el cinema? ¡Fuego! ¡Fuego! La pregunta, a estas horas, quema ya y pocos se atreven a responder negativamente. Un 90 por ciento, hemos dicho, está listo a votar por la existencia del cinema. El 8 por ciento vota, con todas sus manos, en contra. Ni uno ni otro bandos, son pues, honestos, porque ambos están fanatizados. Sólo interesa la opinión libre y humanamente variable, según el múltiple proceso del espíritu del 2 por ciento restante de las gentes. Cuando estas gentes niegan la existencia del cinema, la niegan honestamente. Cuando la afirman lo hacen también honestamente. Al primer grupo pertenece “todo el mundo”, al segundo pertenece “otro todo el mundo” y al tercero pertenecen los mejores.

Entre los adoradores del ecran, los hay —sin contar el grueso público y operando entre unidades— que fundamentan su fe cinemática en muy sintomáticos motivos. Madame Rachilde prefiere el cinema, porque es más barato. Bib prefiere el cine porque “nada hay en el circo, en el teatro ni en el music-hall, de comparable al genio de Chaplin”. Gabriel Trarieux cree y espera en el ecran, porque es un arte mundial. “Aparte de la música”, dice Trarieux, “muy pocas obras artísticas irradian a lo lejos”. Dominique Braga cree y espera en el cinema, porque es el arte de la quinta dimensión. “El meteur-en-scene”, dice Braga, “llegará a penetrar, desde el ángulo de la prise-de-vue en el interior de su personaje, para interpretar su vida cinemáticamente, es decir, de una manera, a la vez, plástica e intelectual”. Y así sucesivamente.

De vez en cuando se oye una voz discorde, una bofetada al aparato, un bostezo irreverente. Es León Daudet. O Géorges Kaiser. O Henry de Naussanne. O el propio Andrés Suares. O alguno que otro cineísta desengañado o moroso, que, como Galtier Boissiere, confiese la partida oblicuamente. “En la actualidad”, afirma Boissiere, “el cinema no es más que un arte de intérpretes y con mucha justicia se ha comparado a Douglas, Río Jim y otros a los personajes de la comedia italiana”.

La polémica continúa y, en ella, las apuestas a favor del cinema crecen con cada nacimiento y aun con cada muerte.

Por César Vallejo

*Texto publicado en Mundial (1927)

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