¿Por qué un local pequeño no se pierde entre la urbe?

 

Por Mariana Treviño & José Ignacio Hipólito

 

 

Ubicada frente a la Basílica Nuestra Señora del Roble, sobre la Avenida Benito Juárez, y establecida entre múltiples tiendas de ropa juvenil, donde las aceras son transitadas todos los días por cientos de peatones y vendedores ambulantes, yace la Refresquería Juárez. Entre tantos pasos, voces, música y gritos sobrevive este pequeño local con apenas un anuncio que con los años ha perdido color y nitidez, pero que sigue indicando la entrada de la refresquería.

Famosa por sus desayunos y almuerzos servidos en la barra de comensales a lo largo del local, la promoción “Paquete-despiertes” incluye un bísquet y café por 29 pesos, o un hot cake con licuado por sólo 65 pesos. No obstante, el menú de la refresquería adjunta diversos platos: desde hot cakes y bísquets, hasta molletes, enchiladas, chilaquiles, tacos de distintos guisos y hamburguesas. Todo a cargo de tan sólo dos cocineras que al fondo preparan los platillos en una estufa y en un gran comal. Las múltiples licuadoras, típicas de una refresquería, mezclan los famosos licuados y malteadas de Chocomilk que se han popularizado a través del tiempo.

Pasan las doce del mediodía y la refresquería sigue sirviendo desayunos. Un señor ordena machacado con huevo y de tomar un café con leche. Otros más piden entomatadas y huevos revueltos, con sus respectivas y norteñas Joyas sabor ponche. Como parte de este ambiente, tan familiar y casero, se ven calendarios e imágenes religiosas en las paredes anaranjadas. Suena música de los 50, un cover de “Sleepwalk”, de Santos & Johnny, después canciones de Vicente Fernández y música norteña.

Dos meseros atienden todos los pedidos de los clientes anotando las órdenes en sus comandas y llevando tortillas y café a los comensales de la barra. La encargada de cobrar las cuentas en la caja registradora es una señora que con notable paciencia dirige al mismo tiempo la eficiencia del negocio.

Así, este lugar parece ir evocando la nostalgia de quien extraña la comida casera de sus madres o abuelas. Porque comer en la calle ya denota una distancia grande hacia ese sabor tan íntimo, pero siempre hay una forma de recrear o mínimo acercarse a los guisos que no se prepararan a manera de fast food

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