La primavera llega (y se va) a pesar de todo

Por George Orwell

Aún antes que la golondrina, que el narciso, y no mucho después que la campanilla de febrero, el sapo común saluda la llegada de la primavera muy a su modo: brotando de entre la tierra, donde ha hecho un agujero en el que se esconde, adelantándose al otoño, y reptando hasta el charco más cercano tan rápido como su naturaleza se lo permite. Algo —una especie de temblor en la tierra, o quizá un leve incremento en la temperatura— le ha anunciado que es hora de levantarse, aunque hay algunos sapos que al parecer no escuchan el despertador, dejando pasar el año de vez en cuando. No obstante, en más de una ocasión me he permitido desenterrarlos de su dormir, vivos y aparentemente sanos, en los días más plenos del verano.
Durante esa época, tras un largo ayuno, el sapo porta un brillo bastante espiritual, parecido al de un fiel anglo-católico a fines de Cuaresma. Sus movimientos son débiles pero cargados de propósito y en su cuerpo se nota una compresión que contrasta con la expansión descomunal de su mirada. Esto le permite a uno notar lo que es indiscernible en otro momento: que el del sapo es el más bello ejemplar de ojo entre el de todos los seres vivos. Parece hecho de oro, o, para ser precisos, parece una piedra semi-preciosa de tinte dorado, como la que puede verse en algunos anillos, y a la que, me parece, llaman crisoberilo.
A los días que siguen su estancia en el agua, el sapo se concentra en acumular fuerza comiendo insectos. Para entonces se habrá hinchado hasta alcanzar normalidad de volumen, y luego se deleitará en una faceta de intenso apetito sexual. Lo único que sabe, al menos si es un sapo macho, es que quiere colocar sus brazos alrededor de algo, y si uno le ofrece una rama, o incluso un dedo, se aferrará a éste con una fuerza sorprendente mientras se da cuenta que lo que sostiene no es, en efecto, una hembra. Es frecuente encontrar una masa deforme de 10 o 20 sapos dando vueltas en el agua, agarrándose los unos a los otros sin preocuparse por distinguir sexos. Sin embargo, terminan organizándose poco a poco en parejas, con el macho sentándose, como es mandado, sobre la espalda de la hembra. Ahora es posible distinguir a los machos de las hembras, porque el macho es más pequeño, oscuro y ocupa la parte superior, con ambos brazos bien agarrados al cuello de la hembra. Pasado un día o dos, la cría es acomodada en largas hileras que entran y salen por entre la hierba hasta volverse invisibles. En unas cuantas semanas, el agua vibra llena de pequeños renacuajos que crecen con rapidez, desarrollando patas traseras y delanteras, despojándose de sus colas; finalmente, para mediados del verano, la nueva generación de sapos, más pequeños que la uña de un pulgar pero perfectos en cada uno de sus detalles, se arrastran fuera del agua para darle otra vuelta al ciclo.
Escribo sobre el nacimiento del sapo porque es uno de los eventos primaverales que encuentro más fascinantes, y porque el sapo, a diferencia de la alondra y la primula, ha recibido muy poca atención de los poetas. Pero estoy al tanto de que no a muchos les agradan los anfibios o los reptiles, y no estoy sugiriendo que el interés por el sapo sea un requisito para disfrutar la primavera. También están el azafrán, el zorzal, el cucú, el endrino, etc.
Mi punto es que los placeres de la primavera están al alcance de todos, y no cuestan nada. Hasta en la calle más estéril, la primavera anunciará su llegada mediante algún leve signo, incluso si no es más un azul más brillante tras las chimeneas o un retoño tímido emergiendo entre los escombros. De hecho, es extraordinario cómo la Naturaleza continúa existiendo extra-oficialmente en el corazón de Londres. He visto un cernícalo volando por encima de las gaseras de Deptford y he escuchado a un mirlo dando un concierto de primera en Euston Road. Debe haber unos cuantos cientos de miles, si no es que millones, de pájaros viviendo en ese radio de seis kilómetros, y me complace pensar que ninguno de ellos paga siquiera medio centavo de renta.
En cuanto a la primavera, ni siquiera las calles angostas y lúgubres que rodean el Banco de Inglaterra son capaces de excluirla. Ella logra colarse de todos modos, como esos nuevos gases venenosos que traspasan cualquier filtro.
A la primavera suele describírsele como “un milagro”, y durante los últimos cinco o seis años, esta figura tan socorrida de la retórica ha encontrado nuevo aliento. Después de los inviernos que hemos tenido que aguantar recientemente, la primavera sí que nos parece milagrosa, porque cada vez se antoja más y más difícil creer en su llegada. Cada mes de febrero desde 1940 me he sorprendido pensando que el invierno sería permanente. Y de repente, para finales de marzo, el milagro llega y el barrio que habito se transforma. Allá en la plaza, los aligustres han tomado un tono verde, las hojas se engrosan en las ramas de los castaños, salen los narcisos, los alhelíes comienzan a brotar, el uniforme de los policías lucen un azul más placentero, el vendedor de pescado saluda a sus clientes con una sonrisa y hasta los gorriones portan un color distinto, habiendo olido los perfumes de la brisa y animándose a tomar un baño, el primero desde septiembre.
¿Está mal disfrutar tanto de la primavera y otros cambios estacionales? O, siendo más preciso, ¿es acaso políticamente reprochable señalar, mientras todos nos quejamos, o deberíamos estarnos quejando, bajo el yugo del sistema capitalista, que la vida vale mucho la pena gracias al canto de un mirlo, o al amarillo de un olmo en octubre o a cualquier otro fenómeno natural que no carga costo alguno y que carece de lo que los editores de periódicos de izquierda llaman una “perspectiva de clase”?
Sin duda muchos piensan así. Sé de primera mano que cualquier mención favorable de “la Naturaleza” en uno de mis artículos es capaz de generarme mucha correspondencia cruel, y aunque la palabra clave dentro de todas esas cartas es “sentimental”, parece que son dos las ideas que se mezclan en ellas.
Una es que todo placer que se experimente en la vida promueve una especie de quietismo político. La gente, según se piensa, debe permanecer inconforme, y es nuestra obligación multiplicar nuestras exigencias en vez de disfrutar aquello que ya poseemos. La otra idea es que esta es la era de las máquinas, y que despreciar a la máquina, o incluso querer limitar su dominio, es un acto retrógrada, reaccionario y un tanto ridículo. A esto último se añade que el amor por la Naturaleza no es más que una manía de citadinos que no tienen noción alguna de lo que es la Naturaleza. Quienes tienen que lidiar con la tierra, se dice, no le deben ningún cariño, y tampoco sienten el menor interés por las aves o las flores, o no más allá de una perspectiva meramente utilitaria. Para amar el campo es necesario vivir en la ciudad, yendo a pasear de vez en cuando, en fines de semana durante la época cálida del año.
Esta última noción es demostrablemente falsa. La literatura medieval, por ejemplo —incluidas las baladas populares—, abunda en su entusiasmo casi georgiano por la Naturaleza, y el arte de pueblos agricultores como los chinos y los japoneses se centra siempre en torno a los árboles, las aves, las flores, ríos y montañas.
La otra idea me parece errónea de un modo más sutil. Ciertamente hay que estar inconformes, no tenemos por qué encontrarle buena cara al mal tiempo, y sin embargo, si asfixiamos todos los placeres de los que disponemos en esta vida, ¿para qué clase de futuro nos estamos preparando? Si un hombre no puede disfrutar el retorno de la primavera, ¿por qué habría de ser feliz en su utopía? ¿Qué hará con el ocio que la máquina habrá de otorgarle?
Siempre he sospechado que si alguna vez resolvemos todos nuestros problemas políticos y económicos, la vida habrá de volverse más simple y no más compleja, y que el placer que uno siente con la primera prímula se multiplicará hasta superar el de comer un helado al ritmo de una Wurlitzer. Creo que al conservar el amor infantil que se puede tener por los árboles, los peces, las mariposas y —para volver al inicio— los sapos, uno vuelve la posibilidad de un futuro pacífico y decente algo más probable, y que predicar la doctrina de que nada habrá de ser admirado si no es de acero y concreto, lo único que se logra es asegurar que el ser humano no tenga en qué aprovechar el exceso de sus energías, además de la veneración o el odio de sus líderes.
De todos modos, la primavera llegó, incluso a Londres, y nadie puede evitar que la disfrute. Ese es un pensamiento satisfactorio. Cuántas veces habré visto a los sapos aparearse, o a un par de liebres boxeando en el nuevo maizal, y pensado en todas esas personas importantes que me habrían prohibido disfrutar aquellas visiones de haber tenido la oportunidad.
Por suerte, no pueden. Mientras uno no se sienta enfermo, ni hambriento, ni aterrado o encerrado en una prisión o un campamento, la primavera será primavera. Las bombas atómicas siguen acumulándose en las fábricas, la policía sigue rondando las ciudades, las mentiras siguen estallando en los altavoces, pero la Tierra aún sigue girando alrededor del Sol, y ni los dictadores ni los burócratas, por mucho que renieguen del proceso, pueden prevenirlo.

*Texto publicado en Tribune (1946). Traducción de Staff de El Barrio Antiguo.

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