Por Josué Salvador Vásquez Arellanes

Ilustración de la serie: ‘Arrieros somos’ Por diferentes artistas urbanos

 

Llevo dos meses sin cortarme el cabello, y no me lo corto por un asunto de fidelidad.


Amigos y amigas me han recomendado a este o aquella estilista, pero piénselo bien: el cabello, al igual que el corazón, no se le da a cualquiera, ¿o sí? Sobre todo las mujeres, que son tan celosas con su cabello como con su corazón, porque saben el tesoro que albergan estos. Además, nadie en su sano juicio deja que Juan Pendejo(a) ande jugando con su cabello, se lo ande acomodando, se lo ande chuleando, y mucho menos se lo ande modificando. Sólo unas cuantas personas a lo largo de nuestra vida podrán tocar nuestro cabello, al igual que sólo unos cuantos podrán acceder a nuestro corazón y dejarlo “planchadito” de felicidad, o con un “amor rizado” enredado y echo bola.


Porque a pesar de todas las chingaderas, al final de todos los desmadres, no le va a entregar el corazón a cualquiera; o bueno, tal vez sí, y ese ya será su problema. Pero no, el cabello, al igual que el corazón, se debe cuidar como perro feral, como si nuestra vida pendiera de un pelo. Dígame damita, dígame caballero: ¿a cuántos hombres y/o mujeres le ha tocado el cabello? ¿A cuántos hombres y/o mujeres le ha entregado el corazón?


Suele pasar que más tarde que temprano, al igual que en el amor, uno por fin halla al estilista indicada(o), aquel(lla) con el que uno se entiende y decide ya no cambiarla(o) por nada del mundo; por que las veces que se decide a ir con alguien más (ya sea por emergencia, por falta de tiempo, por X o por Y, o por un simple desliz) a que le emparejen el cabello, resulta que o se los trasquilan, o lo terminan convenciendo de hasta cambiar de look, y cuando se mira al espejo llega incluso a no reconocerse, a preguntarse en dónde chingados estuvo mirando todo este tiempo que no se dio cuenta de lo jodido que lo dejaron con ese corte.


Igual pasa con el corazón: un descuido y ¡pum!, se lo termina dando o a quien no lo valora, a quien no lo quiere, a quien sólo experimentará con él (como las chicas que estudian corte y confección) o a quien de plano lo dejará “pelón” de sentimientos, cuando usted sólo buscaba una “despuntada” de eso llamado amor.


Pero no se preocupe, el cabello vuelve a crecer y se fortalece, al igual que el corazón, que también sana y se vuelve más chingón. Porque así es esto del cabello y del corazón: uno experimenta, prueba, loquea, pero poco a poco, valga la expresión, vamos sentando cabeza.

 

Y claro, también habrá quienes, pese a la edad, seguirán prestándose a experiencias del amor descabellado.


Como lo he dicho, todo esto es un asunto de fidelidad, porque, si no se logra ser fiel, aunque sea con su estilista y no andar tirando cabello por todos lados, ¿qué se puede esperar en asuntos ya más serios como los del corazón? ¿Eh? Si no se logra si quiera ser fiel al menos con quien te corta el cabello, ¿qué se puede esperar en zonas tan delicadas como las del amor?


Sí, podrá decir misa y calificar esto como de chingaderas, pero ahí están los abuelos, los infalibles ancianos sabios que siempre van con la misma persona a que les corte el cabello desde hace un millón de años. O preste atención a alguna dama que conozca. En su mayoría no cambian de estilista porque es con la que se entienden, con la que la pasan a gusto, y aunque haya que esperar, saben que vale la pena; y hasta la recomiendan. Contrario de lo que se dice de una persona que anda de estética en estética, dejando que todo mundo le ande metiendo mano… a su cabello.


¿Aún no se convence? Piénselo, el cabello, por ejemplo, amanece todos los días alborotado, pero sólo hace falta acicalarlo, peinarlo y acomodarlo (con o sin fijador) y continua su día; y si le aplica grasita hasta brilla. Por su parte, el corazón también hay días en que despierta alborotado, emocionado, alterado, ya sea por amor o por falta de éste; y al igual que el cabello, lo único que necesita es su acicalada, su “peinada” o, en definitiva, su “despeinada”.


Sólo algo es definitivo: si es usted calvo, ya se chingó. O mejor cómprese una peluca o un bisoñé y loquee todo lo que quiera. Al igual que el cabello, el corazón no entiende de “tintes”.

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