Por Nicholas S. Rubashov

Ilustración de la serie: ‘Vivas nos queremos’ Por Escuela para la Libertad de las Mujeres

La última verdad ha sido siempre la penúltima falsedad. Aquel que demuestra tener razón al final, parece equivocado y dañino al principio.


Pero, ¿quién demostrará que está en lo cierto? Ello sólo se sabrá después. Mientras tanto, está obligado a actuar a crédito y a vender su alma al diablo, en espera de la absolución de la historia.


Se dice que No. 1 tiene El Príncipe de Maquiavelo en su mesa de noche. Debiera tenerlo, porque desde que ese libro se escribió, nada importante se ha dicho acerca de las reglas de la ética política. Nosotros fuimos los primeros que cambiamos la ética liberal del siglo XIX del “juego limpio” por la ética revolucionaria del siglo XX.


También en eso tuvimos razón; una revolución conducida según las reglas del cricquet es un absurdo. La política puede ser relativamente limpia en los períodos tranquilos de la historia, pero en los momentos críticos, la única regla posible es la vieja norma de que el fin justifica los medios. Nosotros introdujimos un neo-maquiavelismo en este siglo; los otros, las dictaduras contrarrevolucionarias, no han hecho más que imitarnos torpemente.


Nosotros éramos neomaquiavelistas en nombre de la razón universal, y en eso residía nuestra grandeza; los otros lo hacían en nombre de un romanticismo nacionalista, y ése era su anacronismo. Por ello es que, al final, la historia nos absolverá; pero no a ellos…


A pesar de todo, estamos, por el momento, actuando y pensando a crédito. Como hemos tirado por la borda todas las convenciones y reglas de una moral de cricquet, nuestro único principio-guía es el de la lógica consecuente. Estamos bajo la terrible obligación de seguir nuestro pensamiento hasta sus últimas consecuencias y de actuar de acuerdo con él.

Navegamos sin lastre; por lo tanto, cada golpe en el timón es cuestión de vida o muerte.


Hace poco tiempo, nuestro principal experto en cuestiones agrícolas, “B”, fue fusilado con treinta de sus colaboradores porque sostenía que el abono compuesto con nitrato artificial era superior a la potasa. No. 1 es partidario de la potasa, por consiguiente, B y los otros treinta tenían que ser fusilados como saboteadores. En un país donde la agricultura está nacionalmente centralizada, la alternativa de potasa o nitrato es de capital importancia: puede decidir el resultado de la próxima guerra. Si No. 1 tuvo razón, la historia lo absolverá y la ejecución de los treinta y un hombres será una simple bagatela. Pero si estaba equivocado…


Esto es lo único que importa: quién está en lo cierto de manera objetiva. Los moralistas de cricquet están agitados por un problema muy distinto: el de si B actuaba subjetivamente de buena fe cuando recomendaba el nitrato. Si no era así, de acuerdo con la ética sustentada, B debería ser fusilado, aunque después se comprobara, con todo, que el nitrato hubiera sido mejor. Si obraba de buena fe, hubiera debido ser absuelto y se le debería permitir que continuase haciendo propaganda para el empleo del nitrato, aunque después resultara que el país se había arruinado por ello…


Esto es, desde luego, una completa estupidez. Para nosotros, la cuestión de la buena fe subjetiva no presenta ningún interés. El que se equivoca debe pagar; el que tiene razón será absuelto. Tal es la ley del crédito histórico; ésa era nuestra ley.


La historia nos ha enseñado que con frecuencia las mentiras son más útiles que la verdad, porque el hombre es un ser perezoso y hay que guiarlo a través del desierto durante cuarenta años, antes que adelante un paso en el camino de su desarrollo. Y hay necesidad de llevarlo por el desierto con amenazas y misas, por medio de terrores imaginarios y de imaginarios consuelos, de forma que no se siente prematuramente a descansar y se entretenga adorando becerros de oro.


Nosotros aprendimos la historia de un modo más completo que los otros, y nos diferenciamos de ellos en nuestra consistencia lógica. Sabemos que las virtudes no cuentan en la historia, que los crímenes quedan sin castigo, pero también sabemos que todo error tiene sus consecuencias que se pagan hasta la séptima generación. Por consiguiente, concentramos todo nuestro esfuerzo en prevenir los errores, arrancando hasta su última raíz y destrozando la semilla. Nunca en la historia como en nuestro caso se ha concentrado en tan pocas manos un poder tan grande para actuar sobre el futuro de la humanidad. Cada idea equivocada que seguimos es un crimen contra las futuras generaciones. Por lo tanto, tuvimos necesidad de castigar las ideas equivocadas con la misma pena con que otros castigan los crímenes: con la muerte.


Fuimos tomados por locos porque seguimos cada pensamiento hasta su consecuencia final, y obramos de acuerdo con ello. Fuimos comparados con la Inquisición, porque, como ella, sentíamos constantemente el peso de la responsabilidad por la súper-individual vida futura, y realmente nos parecíamos a los grandes inquisidores en que perseguíamos las semillas del mal no solamente en las acciones de los hombres, sino en sus pensamientos.


No admitíamos ninguna esfera privada, ni aun dentro del cráneo del hombre. Vivíamos bajo la coacción de continuar lo empezado hasta su conclusión final, y nuestra mente estaba cargada hasta tal punto que la más ligera colisión ocasionaba un corto circuito mortal. Esto nos condenaba a una destrucción mutua.


Yo fui uno de ellos. Yo he pensado y actuado como debía hacerlo; he destrozado personas a las que quería y dado poder a otras que no me gustaban. La Historia me colocó en el puesto que tuve y he agotado el crédito que me concedió. Si acerté, no tengo nada de que arrepentirme; si cometí errores, pagaré.


Pero, ¿cómo se puede decidir en el presente lo que se juzgará como verdad en el futuro? Estamos haciendo el papel de profetas sin tener el don de la profecía, reemplazando la visión por deducciones lógicas; pero aunque todos hemos arrancado del mismo punto de partida, los resultados a los que llegamos son divergentes. La prueba se opone a la prueba, y finalmente tenemos que recurrir a la fe, a una fe axiomática en la exactitud del propio razonamiento. Este es el punto crucial. Hemos tirado todo el lastre por la borda, y estamos pendientes de una sola ancla: la fe en nosotros mismos. La geometría es la realización más pura de la razón humana, pero los axiomas de Euclides no se pueden demostrar, y aquel que no crea en ellos ve derrumbarse todo el edificio.


No. 1 tiene fe en sí mismo: rudo, lento, sombrío e inconmovible. La cadena de su ancla es la más sólida de todas. La mía se ha desgastado mucho en los últimos años…


El hecho es que ya no creo en mi infalibilidad. Y por esto estoy perdido.

*Fragmento de El cero y el infinito (1961).

 

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