Un encuentro entre ambulantes

Por Patricio Garza

Ilustración por Denise Alamillo

 

¿Y si te tuercen?

—Tenle fe al destino, hermano. Que pase lo que tenga que pasar.

—No friegues —dije con una carcajada titubeante—. Dos o tres toques y ya andas filosofando.

—Ya sabes —respondió guiñando un ojo. Estaba muy sonriente, yo lo había tomado por serio. Primeras impresiones.

—Si te agarran, yo no hice nada —le recordé con nerviosismo.

—¡No sea nena, mi potosinísimo amigo! —dijo estallando en risas. Su actitud era tan despreocupada. No estoy acostumbrado a convivir con gente de su calaña. En fin, ¿quién soy yo para juzgar?

Greñas lucía un estilo muy peculiar: su cabello negro le llegaba hasta los hombros, sus ojos eran color café obscuro y, aunque él era muy robusto, no tenía pinta de agresivo. Traía una camiseta roja sin mangas, una perforación en el labio y otra en la nariz, ambas de su lado derecho. También unos bermudas medio rotos que descubrían un tatuaje de las esferas del dragón bajando por su pantorrilla

Llevábamos un buen rato caminando. El calor era fuerte pero no me molestaba y, para mi sorpresa, tampoco a él. Las nubes eran escasas. El viento levantaba tierra esporádicamente. Intuí que estábamos cerca de encontrar los peyotes. Cruzamos unos alambres de púas y, una media hora después, le hice saber que habíamos llegado a lo que él se refería como “tierras mágicas”.

Yo soy guía. Doy paseos turísticos dentro de la ciudad: Plaza de Armas, Plaza del Carmen, esos rumbos. Pero Greñas (quien insistía en que no lo llamara por su nombre) me convenció de llevarlo a Real de Catorce. Pagó por adelantado. Pasamos ahí la noche y partimos al desierto al amanecer, no sin antes visitar el santuario de San Francisco, donde Greñas se mostró indiferente.

—¡A huevo! —gritó sonriente. Señaló. Arrancamos algunos “yoyos” (cuidando la raíz, claro) y nos fuimos a sentar en la escasa sombra de un árbol cercano. A lo lejos se veía una mina abandonada. Comimos despacio. El sabor era casi insoportable, como a nopal crudo.

Al principio me sentía muy, muy bien. Me invadió una sensación de bienestar y tranquilidad. El árbol deshojado se veía muy bonito, no podía dejar de mirarlo. Comí más. No está de más reiterar lo malo que era el sabor.

Sabía muy poco sobre Greñas. Sólo me dijo que nació en la Ciudad de México (aunque no tenía el acento) y que ahorró por años para viajar por toda la república. No se mostraba con ganas de hablar de su vida privada, entonces no insistí.

Me recosté un momento, quién sabe qué tan largo. De pronto, el mundo se volvió un espiral de colores. Me invadió un nerviosismo muy raro.

—¿Qué pasa?

—No te malviajes, vaquero. Relájate tantito —dijo con esas pupilas tan peculiares.

—No sabes ni lo que dices. De esto a hablar con árboles sólo hay un paso.

Seguía consternado. Era una experiencia fuerte y sentía que perdía noción de la realidad.

—Tal vez los arboles sí hablan, pero nunca nadie les presta atención —dijo lentamente con la mirada perdida en el cielo despejado. El tipo estaba en otra parte. Le lancé la mirada más desdeñosa posible y ni cuenta se dio.

Tomé agua para ver si conseguía volver a la normalidad. Me sentí mareado.

De pronto, se nos acercó un anciano de aspecto humilde con una especie de poncho, sombrero de paja y sandalias más viejas que yo. Caminaba muy lento.

—¿Quién es este güey? —preguntó Greñas, sacudiéndose la tierra del cabello.

—¿Se le ofrece algo, compadre?

—¿Les molesta si los acompaño? —se hincó y sacó varios peyotes de un morralito que llevaba consigo.

—No hay problema, creo — respondí. Greñas no reclamó. El señor se puso a comer sus peyotes y nos regaló algunos. Mi mente estaba ocupada con el viaje, así que no quería buscarle sentido a lo que pasaba.

Empezaron a conversar. Daba la impresión de que se conocían muy bien, pero lo poco que lograba oír era a Greñas balbuceando un sinfín de estupideces. No podía vislumbrar un fin del viaje, mucho menos discernir qué estaba pasando. Tenía miedo. Los mareos se intensificaron.

—¿Lo que yo quiera?

—Sólo tienes que firmar —le respondió el anciano.

—No sé, alguna maña debe tener. ¿Hay alguna limitación?

—No. Es más, hasta puedes pedir eso.

Hubo un largo silencio.

—¡Ah, cabrón! ¿Así nomás? —dijo Greñas. El viejo asintió.

Traté de ubicarme desesperadamente, pero sólo veía las siluetas que poco a poco se desdibujaban en el desierto. Me fui tambaleando hacía el solitario árbol deshojado y colapsé…

 

***

 

—¡Vámonos, muero de hambre! —Greñas repetía, golpeándome el hombro. Desperté.

—¿Qué carajos pasó?

—Ni idea, hermano. Te pusiste muy extraño, no recuerdo bien —dijo, sonriente, encogiéndose de hombros. Noté que había un macho cabrío de ojos negros y brillantes.

—¿De dónde salió esa cabra?

—Deja de hacer tantas preguntas. Yo pagué por el tour y terminé de niñera tuya. Estabas sudando mucho. Nunca había visto a alguien que le pegaran tan gacho los efectos secundarios. Tienes aguante de nena, carnal.

—Cállate —miré alrededor—. ¿Qué pasó con el tipo que vino?

—Quién sabe, lo perdí de vista cuidándote. No importa. Vamos a preparar cabrito, mi primo dice que es riquísimo.

—No, gracias.

El animal apenas y se movía. Me daba miedo, pero Greñas insistió en llevárselo.

Volvimos a Real de Catorce lo más pronto posible. Greñas se la pasó hablando de sus filósofos favoritos, películas mexicanas y conciertos. Yo me mantuve callado todo el camino. No dejaba de pensar en lo que había pasado. Greñas miraba alrededor, expectante.

Me detuve a mirar bien al cabrito. De pronto, recordé todo y entré en pánico.

Comments

comments