¿Cómo se vive la carencia en una pequeña ciudad serbia?

Por Eva Coronado

Fotografía: Ljilja Spasojevic

 

Hay un dicho popular que afirma que a los serbios se les distingue por tres cosas: nunca sirven la comida después de las dos de la tarde, utilizan la rakija (licor similar al brandy que se obtiene por la destilación de frutas fermentadas) como cura para todos los males, desde dolor de garganta hasta rupturas amorosas, y su concepción del tiempo es totalmente flexible.


En el norte del país, en la región de Vojvodina, algunas de estas características se hacen incluso más presentes. Mientras que el resto del país caía en manos del Imperido Otomano (desde 1459), esta zona formaba parte del Imperio Austro-Húngaro. Los habitantes de esta región son conocidos por tener unas maneras más suaves y por ser bastante tranquilos, puntuales y especialmente bellos.


Novi Sad, la capital de la provincia y la segunda ciudad más grande de Serbia, con 389.245 habitantes según el censo de 2013, es hoy en día una pequeña ciudad universitaria con elegantes edificios que recuerdan su pasado Austro-Húngaro y sus años bajo el régimen comunista.


Además, Vojvodina tiene grandes extensiones dedicadas al cultivo de maíz, remolacha, alfalfa, patatas y girasoles, lo que hace que los productores locales puedan vender sus productos en mercados cercanos.

 

Mercados con alma balcánica
Futsoka Pijace es uno de los mercados centrales de la ciudad. Aquí siempre amanece muy temprano. A primera hora no faltan personas preguntando precios, compartiendo recetas y cargando pesadas bolsas.


A las seis, detrás de su puesto de frutas y verduras, ya está preparada Maja Petrovic (27). Lleva más de cinco años trabajando en este mercado. Vive en Irik, un pueblo cercano donde cultiva sus propias hortalizas. Por cada kilo de tomates que vende, ella gana el doble.

Reconoce que no es un oficio fácil pero debido a los bajos salarios del país, cada vez más jóvenes se animan a ser agricultores. “Me gusta mi trabajo. Me encanta el trato con las personas y tengo un salario decente. Muchos jóvenes vienen a trabajar al campo porque no encuentran trabajo de lo que estudiaron.

El año pasado fue mejor que este, pero aun así mi marido y yo no nos quejamos”
Jovana Petic (23), que se acerca al puesto, explica sin tapujos: “Es raro que compre aquí, casi siempre voy al súper. Es más caro, pero está más cerca de mi casa”. Consciente de la dificultad que tienen los jóvenes para encontrar trabajo en el país, afirma que quiere irse.

“Todos nos queremos ir. Serbia es un país muy pobre donde el salario de una persona no cualificada es de 200 euros y así es muy difícil tener una vida normal.” Para Jovana, los políticos hacen poco para arreglar la situación. “No hay industria, ni se crea. ¿Así cómo vamos a salir?”.


Junto a la puerta principal está colocado Ilja Pvlovic (61). Vende sombreros para el calor a las personas que llegan a hacer la compra.

No es mala idea, ya que estas últimas semanas la ciudad ha alcanzado los 40 grados. Sin familia y con poco dinero, Ilja vive en la calle. Explica que cuando era más joven trabajaba en una fábrica y le iba bastante bien. “Cuando Tito gobernaba Yugoslavia, las cosas eran mejores. Ahora llevo 20 años luchando día a día”.


Josip Broz Tito, que gobernaría Yugoslavia desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta su muerte en 1991, sigue siendo un personaje querido por la mayoría de los serbios, especialmente los de mayor edad, que lo consideran como el “amado padre” de la federación socialista ya desaparecida.


Samir Redzepov (28) también es vendedor. Desde hace siete años se dedica a vender souvernirs a los turistas. “A Novi Sad llegan muchos bosnios, italianos y rusos, aunque son los alemanes los que más dinero se dejan. La ciudad me gusta mucho, especialmente el Exit [el famoso festival de música que la ciudad celebra en julio] y la fortaleza de Petrovaradim”. Afirma que trabajar vendiendo en la calle no es fácil, pero es la manera que tiene de ser visible. Por un trabajo de seis horas al día, de lunes a domingo, recibe un sueldo de 50 mil dinares (alrededor de los 400 euros). “En invierno es lo peor porque hace mucho frío, pero es lo que me ha tocado”.


Hay un tema que obsesiona a muchos serbios, tanto a hombres como a mujeres: la belleza. Lo sabe bien Aleksandra Gorjanovic (32), que trabaja en una peluquería cercana a Futoska Pijace. El negocio es de su hermano, que lo abrió hace dos años. “Estudié educación infantil, pero como no hay trabajo me quedé en el negocio familiar. La gente no tiene dinero, pero cuando se trata de belleza no escatiman, sobre todo las uñas de gel las mujeres, y los hombres el corte del pelo al cero. Me parece que tener una peluquería hoy en día es un buen negocio”.

 

Mirando al futuro… y al pasado
Milka Negrovic (38) es clienta habitual de los mercado locales. Es madre de un niño de 12 años y reconoce que ser una mujer trabajadora, fuera y dentro de casa, no es lo habitual en Serbia. “En mi casa cocinamos tanto mi marido como yo. Queremos inculcar a nuestro hijo buenos valores”. Su hijo Vuk va, como la mayoría de los niños en el país, a un colegio público. “Es muy raro que hay colegios privados. En cambio, con las universidades es más común. Pagamos 600 dinares (5 euros) a principio de curso para material y ya está”. En Serbia los colegios tienen turnos rotativos: los niños van una semana al colegio por la mañana (de ocho a dos) y la siguiente por la tarde (de una a siete). Muchas madres se quejan de que así es muy difícil conciliar la faceta laboral con la familiar. El gobierno ayuda a las madres solteras y a las familias con tres o más hijos con unos 100 euros mensuales durante un tiempo establecido.


Ya desde la mañana, una de las actividades favoritas de los jubilados (a nivel global) es “tomar el fresco”, y aquí en los Balcanes no son menos. Sentadas en un banco, viendo pasar a la gente que entra y sale del mercado, están Catalina Bjelic (72), Veselina Curcic (91) y Milica Niradi (88). Las tres son viudas y cobran una pensión de 20 mil dinares al mes (unos 120 euros). “La situación de ahora es muy mala, todo es privado. Cuando existía Yugoslavia, había trabajo y toda la educación era gratuita. Si me preguntas qué es lo mejor que hay para envejecer con salud, la respuesta está clara: trabajar. Nadie se ha muerto por trabajar. Muchos jóvenes en Serbia no lo quieren hacer porque el salario es una miseria”, afirma Catalina.


Milica cuenta que su vida diaria es bastante monótona. “Me levanto, hago las tareas (todas yo, sin ayuda) y salgo al centro. Veo a las amigas una vez al año; eso si vamos a las termas, el ayuntamiento nos invita y nos paga todo”. Hoy se siente muy orgullosa de sus tres hijos y de sus 11 nietos que viven en distintas partes del mundo.


Antes de despedirnos del mercado, pedimos consejo a Veselina, que a sus recién cumplidos 91 años nos da el secreto de una buena vejez: “No beber, no fumar y sobre todo trabajar”.

 

 

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