Por José María Llobell Medina

Ilustración por Cristina Guerrero

“…Abrió las mandíbulas y los músculos del cuello se le hincharon.

-Ya le he dicho, mister Marlowe, que fue mi nuera quien sustrajo la moneda.

La miré y ella me miró. Sus ojos eran más duros que los ladrillos de la pared de enfrente. Desvié la mirada y dije:

-Dando eso por supuesto, ¿qué quiere usted que haga yo?

-En primer lugar, quiero que la moneda me sea devuelta. Y en segundo lugar, quiero el divorcio para mi hijo. ¡Ah! Y lo quiero sin gastos. Usted sabrá cómo se arreglan estas cosas.

Se rió mientras apuraba de un trago el vino que quedaba en el vaso…

-Joven, ¿quiere encargarse del asunto, sí o no?

-Contestaré que sí en el caso que me diga todo lo que hay y cuando me permita actuar como yo crea…De otra forma, si a cada paso me ha de poner dificultades, me iré y en paz.”

Levantó la vista del libro y pasó su lengua seca por los labios, como el que se relame de algo gustoso, como hacía siempre. Solía utilizar un marcapáginas en forma de pistola que le regalé después de mi viaje a Londres, para dejar constancia de las pausas. Aquella pausa, como todas, la hizo de mala gana, como siempre, porque le gustaría seguir leyendo, pero su vista extremadamente cansada y la hora del paseo por recomendación médica, lo obligaban a dejar su pasatiempo preferido o mejor sería decir su vida. Su vida era la llamada “novela negra”: Chandler, Hammett, como padres del género y un largo etcétera de escritores; sin despreciar obras de autores europeos: Boris Vian, Simenón, o desconocidos, incluso españoles y modernos, Silva, Pedregosa…, u otros que se salen fuera de las características rigurosas del género como Le Carré. Le resultaba imprescindible la intervención de algún ingrediente del conjunto que representa este tipo de historias, como un detective, “la femme fatale”, los gánster, la policía, los espías, las armas y por supuesto la muerte. También adoraba obras populares de investigación, de ingenio, como Doyle y su Sherlock Holmes, o Agatha Christie y su Poirot. Pero sin duda prefería ese realismo sucio característico de la escuela americana. Su dominio del inglés le facilitaba leer en versión original, y lo hacía tanto como en castellano. Con las películas del mismo género complementaba y alimentaba su imaginación para disfrutar de un mundo lleno de luces y sombras; de hecho tengo la impresión de que últimamente veía el mundo real en blanco y negro, como los toros, con reflejos de formas clásicas y expresivas; recuerdo cómo se enfadaba cada vez que veía por casa alguna colorida revista de las llamadas del corazón, de las que compraba mi madre, tipo “Hola” o “Semana”.

-Esto de la prensa rosa es un timo delante de nuestras narices; ¡qué vergüenza!- refunfuñaba con frecuencia-. Qué lástima, ya no queda prensa interesante, como “El Caso”.

Creo que odiaba más que el contenido, los destellos coloristas propios del papel cuché.

Mi padre, Alfonso Quintanilla, un hombre de sesenta y siete años, culto, serio e introvertido, famoso médico internista de la ciudad hasta que hace unos años se le detectaron los primeros síntomas de esquizofrenia, con lo que acabó jubilándose de forma prematura. Mi madre, Matilde Pérez, una mujer recta e íntegra pero risueña y divertida, lo vigilaba y cuidaba con verdadero cariño, aunque no siempre podía, por eso me llamaba con frecuencia, para que lo fuese a buscar, hablase con él y lo tuviese controlado. Yo, Sancho Quintanilla, un joven de treinta años que acababa de independizarse tras un par de años trabajando en el mundo de la publicidad por cuenta propia. Soy hijo único, que siente un profundo respeto por mi madre y una gran admiración distante por lo que representaba la figura de mi padre; habíamos tenido poca relación a lo largo de la vida, lo asumía como algo normal, ya que siempre lo recuerdo trabajando y leyendo.

Aquel día, como otros, se puso una larga gabardina hasta los pies, se subió el cuello y se caló su sombrero a la moda de Chicago años veinte; ropa que encontró en la profundidad del fondo del armario hacía algunas semanas. También me consta que en el bolsillo guardaba una réplica de una pistola “Smith & Wesson” que se compró no hace mucho.

-Tómate la medicina- le requirió mi madre dándole el agua y la pastilla mientras le bajaba el cuello y le colocaba bien la corbata antes de que cruzara la puerta de la calle.

Estoy seguro de que, como siempre, nada más salir se subía el cuello y escupía la pastilla.

Según me contó Pepe, el dueño del bar “La Bastilla” al que solía ir a jugar con sus amigos jubilados al dominó, a las cartas o al ajedrez, del que era un gran maestro, ese día en lugar de pedir el habitual café en una de las mesas, se sentó en la barra y pidió un whisky doble. Pepe se lo sirvió sin salir de su asombro, mientras mi padre, apoyado sobre los codos con la cabeza entre los hombros y mirada perdida se encendía un cigarro. Hacía por lo menos veinte años que no fumaba y hacía ya días que no jugaba con los amigos, no obstante ellos desde su mesa e incluso los habituales del local se dirigían a él en tono de broma, pero no contestaba, hablaba cada vez menos y medía sus palabras a través de citas de los propios libros y películas que conocía a la perfección.

-¡Alfonso, qué duro que eres, coño!- se mofaba Don Antonio mientras no dejaba de mirar sus cartas.

-Que voy al servicio Jumprey, no me pegues un tiro- al levantarse el guasón de Gutiérrez.

-¡Hostias! Aquí huele a muerto, anda Alfonso investiga, a ver…- se reía el cochino de Don Jorge tapándose la cara con las cartas.

Mi padre, impasible, se limitaba a repasar la prensa diaria y a no dejar de mirar al infinito o algún detalle de su campo visual que le pudiera resultar sospechoso para poder poner en pie un caso susceptible de investigación. Sólo se espabiló cuando llegó al local una chica joven. Todos se apercibieron del hecho, lo que les sirvió para recrudecer la mofa generalizada hacia su persona. Dulce es la dependienta de una papelería, simpática y extrovertida, acostumbraba cuando cerraba la tienda a esperar allí a una amiga mientras tomaba una cerveza. Viste de manera muy normal: vaqueros, blusa, botas de medio tacón, es rubia y siempre lleva coleta. Una chica atractiva, pero corriente. Cuando ella se ausentó para ir al servicio, Pepe, el dueño de “la Bastilla” llegó a preguntarle a mi padre con confianza.

-Alfonso, ¿cómo puede ser? Si es que se te cae la baba con esa chica, ¡coño!

-Mira Pepe, cuando entró por la puerta fue exactamente como cuando el director de una orquesta da unos golpecitos en el atril con su batuta, alza los brazos y los inmoviliza en el aire- reflexivo y pensando, casi regodeándose en sus palabras.

Al aparecer de nuevo la chica y situarse en la barra, con su desparpajo, producto del trato habitual con gente, no se incomodó por las atenciones de aquel hombre y hasta le dio conversación, algo que mi progenitor agradeció.

-Pepe, ponle otro trago a esta muñeca- dijo mi padre sin perder el gesto frío y sin lograr esconder su admiración.

-No, gracias, pero ¿me podría usted invitar a otra cosa, encanto?- siguiéndole la corriente y refiriéndose, sin duda, a alguna tapa de boquerones en vinagre o un pincho de tortilla.

-Suelta por esa boquita- mi padre se incorporó del taburete y aproximó su rostro al de ella en actitud dura y chulesca.

-Pues ya que se pone,…alguna joya, no sé,…un reloj de oro- la chica se reía por dentro más que por fuera, llevando la broma un poco más lejos.

A cuenta de la situación arreciaron nuevos comentarios en el bar, también silbidos, incluso Don Jorge cuando se acercó a pagar a la barra le echó la mano por el hombro a mi padre.

-Eres un machote, cómo te las gastas- con sorna, aunque con dosis de envidia.

Ante la indiferencia de mi padre, insistió.

-Alfonso, tú me odias, ¿verdad?

-Probablemente te odiaría si en algún momento pensara en ti- dijo mi padre mirándolo de reojo.

Los ecos de aquella tarde-noche en el bar llegaron a oídos de mi madre, por lo que para la salida del día siguiente me pidió encarecidamente que lo acompañara. Y allí estaba yo paseando lentamente con mi padre por unas calles solitarias e iluminadas cenitalmente por potentes farolas. La mínima conversación que llevábamos, llena de trivialidades, me incomodaba, ya que notaba que su mente sólo se motivaba con posibles casos sospechosos: se paró interesado ante un indigente que rebuscaba entre los contenedores, y ante una pareja que discutían acaloradamente y que se cortaron de forma inmediata ante aquel intruso de su intimidad. En este sentido intenté aliviar mi curiosidad.

-Papa, ¿te consideras un buen detective?- con timidez por acercarme a un terreno personal creo que por primera vez en mi vida.

Después de tomarse su tiempo contestó para dejarme completamente planchado.

-Nunca, ningún buen detective se casó jamás.

Cuando nos adelantó apresurado un hombre, de aproximadamente mi edad, cargado de bolsas de las típicas que guardan material fotográfico de envergadura, observé que mi padre lo seguía con la mirada muy interesado, incluso cuando nos había sacado bastante distancia. Por ello, se percató de un pequeño objeto que se le caía de la chaqueta o de las propias bolsas, que cuando llegamos a la altura se agachó a recoger. Era un pen drive de color rosa que se guardó de inmediato. Sorprendido por la acción, tardé en reaccionar.

-¡Papa, dame inmediatamente eso, hay que devolvérselo a su dueño!- dije muy en serio, ofreciéndole mi mano.

-Métete en tus asuntos- me contestó con un manotazo, rotundidad y gesto altivo.

Empecé a buscar infructuosamente a aquel hombre por las calles perpendiculares a la de nuestra marcha, porque ya había desaparecido.

Me contó mi madre, que aquella noche lo encontró levantado tarde, sentado ante el ordenador de su despacho que no utilizaba desde que dejó su trabajo, muy interesado, absorto y que tardó en volver a la cama. Me temo qué es lo que lo tenía tan entretenido.

Por ello, al día siguiente, sentado junto a él en “La Bastilla”, mientras jugábamos al ajedrez, decidí indagar en el tema y lo hice de sopetón:

-¿Qué había en el pen drive?

-No sé de qué me hablas.

-Venga Papá. Me tienes preocupado, tranquilízame ¿de quién era el pen drive?- insistí.

-¡Pues investiga, diablos! ¿Qué quieres, que te lo dé todo mascado?

Ante mi perplejidad, siguió mirando el tablero de juego y me hizo un gesto enérgico para que moviera de una vez. Lo hice pero, francamente, no sabía qué decir y por supuesto no sabía lo que había movido, y entretanto él realizó su jugada.

-¡Jaque mate!- casi sin mutar el gesto.-Te voy a dar una pista, que es que eres muy torpe, Sancho, hijo. Mira, aquel imbécil era uno de esos periodistas que se ocupan de pamplinas, uno de esos…

Pude intuir rápidamente a qué se refería.- ¿Un paparazzi?

-Eso parece.

En principio me sentí más tranquilo; se me empezó a disipar la curiosidad, pero mi madre me la reavivó al día siguiente.

Me contó que mi padre había pasado una hora hojeando revistas del corazón de las que ella guardaba, y que se había entretenido en leer detenidamente alguna que otra. Me surgió la pregunta lógica: ¿Qué contenía el pen drive de aquel periodista que había despertado el interés por este tema de alguien tan reacio? No me lo pensé dos veces, recordaba que me había dado carta blanca para jugar a detectives y delincuentes con él y le dije a mi madre que me avisara cuando mi padre saliera de la casa. Así lo hizo. Cuando marchaba rápido por la calle, ansioso del registro al que sometería su despacho, lo vi dentro de una cabina; él a mí no. Me quedé escondido para sus ojos detrás de una furgoneta que había aparcada cerca. Pude apreciar cómo manejaba una libreta donde apuntaba y observaba cosas mientras hablaba por teléfono. ¿Por qué no llamaba desde casa? ¿Qué tenía entre manos que no quería que nadie lo escuchara? Más corrí en busca de ese pen drive.

No hubo que buscar mucho. Allí estaba, en el primer cajón de la mesa. Lo enchufé rápido al portátil que había traído. Un sinfín de fotografías y algunos documentos se desplegaron ante mi vista. Había unas cuantas de estudio; ahí pude comprobar que se trataba de una chica que conocía de la televisión, una chica llamada Mónica, de apellido de origen vasco un poco complicado de recordar. Mónica es rubia –no conozco si de bote-, sinuosa en curvas –no sé si moldeadas con silicona-, alta y estilosa, participó hace algunos años en el concurso de Miss España; es realmente atractiva –aunque para mi gusto tiene una nariz un poco chata-. Es la típica chica que una vez conseguida la fama a través de un escándalo, la prolonga a plazos temporales apareciendo en los medios con algún amigo actor o promocionando su último trabajo, aunque su trabajo no esté del todo determinado: No se puede decir que fuera cantante pero había grabado un disco, no se puede decir que fuese actriz pero había participado en dos películas y en una serie de televisión, no se puede decir que fuera presentadora pero presentó un concurso en una cadena autonómica. Declaró en cierta ocasión que se marchaba a América a recibir clases de arte dramático y frecuentemente comentaba que quería ser conocida por su trabajo y no por su vida privada. Recuerdo que hace ya tiempo que aparece en los medios como novia de un famoso multimillonario, empresario y alemán, casi treinta años mayor, un poco gordo, con bastante pelo pero totalmente cano, y bastante más bajo que ella. Sin embargo en muchas fotografías de aspecto “robado”, de las de aquel pen drive, aparecía en actitud más que cariñosa con un hombre completamente desconocido, por lo menos a mí no me sonaba de nada. En los documentos de Word y escaneados se podían apreciar facturas de hotel y otros registros difíciles de identificar, pero claramente se podía leer en algunos el nombre de ella y de un tal Antonio Gómez, del que aparecía, en otro escrito, su biografía: un parado, que vive en un barrio periférico y no hizo en su vida nada notorio. Acto seguido, después de recrearme con algunas fotografías de playa de gran calidad, hojeé las revistas del corazón de la última temporada, donde se supone que mi padre había ampliado la información sobre el personaje. De entre todas las referencias que aparecían diseminadas, se destacaba en “El Hola” un reportaje de grandes fotografías a todo color, donde Mónica, además de responder a una larga entrevista, enseñaba –estancia por estancia- el gran palacio donde vivía después de su fastuosa boda, y además, presumía orgullosa de un llamativo reloj de oro con incrustaciones de piedras preciosas que su chico le había regalado como compromiso previo.

Bien, ¿y qué? Hasta aquí todo lo que pude averiguar, pero no tenía ninguna clave para comprender su comportamiento. ¿Qué es lo que pretendía? ¿Qué es lo que se le pasaba por esa compleja cabeza? Temía por él y sentía vergüenza al pensar en los líos en los que se podría meter. La personalidad de mi padre levantó mi curiosidad como nunca antes lo había hecho, empecé a interesarme por la novela negra y policiaca buscando documentación en Internet. También me traje de casa algunos libros representativos para intentar investigar en su propia mente qué lo había llevado a este desequilibrio y entender, en lo posible, el sentido de sus acciones.

Una noche en “La Bastilla”, mientras le dábamos un repaso a la prensa, intenté investigar un poco más a través de sus respuestas:

-Papa, ¿te suena el nombre de una “famosa” llamada Mónica?- como no obtenía respuesta, me empeñé en seguir- Si, una chica rubia que…

-Una vulgar ramera- me interrumpió con el mayor de los desprecios.

-Sí, pero yo sé que estuviste investigando sobre ella.

-¿Y qué? Es divertido investigar, sobre todo en el piso alto de las rubias.

-¿No puedes decirme la verdad?- intenté mostrarme sereno y seguro, a su altura.

-No es tan sencillo decir la verdad, cuando se ha perdido la costumbre- igual de sereno y seguro.

Por más intentos que hice, no conseguí sacarle nada más sobre el asunto.

Siempre que lo acompañaba me sorprendía. Cuando menos me lo esperaba, llamaba la atención a cualquiera por cualquier pequeño detalle e incluso llegó a sacar la pistola en un par de ocasiones; menos mal que la mayoría de los habitantes de “La Bastilla” lo conocían, porque si no, podríamos haber tenido problemas. Aunque la verdad es que yo estaba bastante harto de las burlas; todo el mundo se reía de él. Mi madre, con preocupación, me había pedido que hiciera lo posible para convencerlo, de alguna manera, de que no saliera de casa, por lo menos no tanto; tampoco ella se fiaba, quería controlarlo y a mí me parecía lo lógico.

Después de darle muchas vueltas no conseguía encontrar una fórmula que acabara con este desquiciado y perenne carnaval con visos de prosperar. Se me ocurrió que debía ponerme a su altura, me refiero a su nivel de locura. Delante del ordenador, mirando citas célebres de Raimond Chandler encontré un comentario interesante: “Cuando tengo dudas al escribir, un hombre armado entrando por la puerta, siempre funciona”. Yo tenía dudas, por lo que me faltaba encontrar a un hombre que se vistiera y armara de película para darle un escarmiento a mi progenitor. Casualmente tengo un amigo que trabaja en una compañía de teatro y que se sintió encantado de interpretar ese papel.

La tarde convenida fue muy especial. Estábamos sentados en la barra de “La Bastilla”. Yo, nervioso, esperaba el desenlace de esta situación, mi padre, ajeno a todo lo que se urdía a sus espaldas, estaba en su mundo, como siempre. De pronto se abrió la puerta del local, di un respingo, no era todavía mi amigo, sino Dulce, la chica que tenía encandilado a mi padre. Él, rápidamente se levantó y le ofreció su asiento. La chica no parecía que llegase, ese día, de buen humor.

-No, quite, déjeme pasar- con malos modos.

-¡He dicho que te sientes aquí o te abofeteo la cara!

-¡¿Pero qué dices?!- indignada y ofendida-¡Viejo asqueroso!

Lo apartó de un empujón al que no pudo responder porque yo también lo tenía agarrado. Se volvió a sentar, pero no la perdía de vista.

-Mira papá, olvídate de ella, es una vulgar ramera- dije intentando conectar en su onda.

-¡Retira inmediatamente lo que estás diciendo!

-Pero papá- todavía sin salir del desconcierto.- Lo retiro, lo retiro… Dime: ¿por qué admiras tanto a esa chica?

-Ella me enseñó una sonrisa que pude sentir en el bolsillo- ensimismado por su propio recuerdo.

-Olvídate- intentando tranquilizarlo.- siéntate y tómate la copa.

Se sentó pensativo y bebió un trago de su whisky.

-Sabes hijo, el otro día hablé por teléfono con una mujer- yo me acordaba perfectamente de haberlo visto en la cabina- y cuando ella colgó me dejó la curiosa sensación de haber estado hablando con alguien que no existía. Dos mujeres muy distintas: esa chica, Mónica se llama, pertenece al mundo de los sueños, a la fantasía, ésta, Dulce, sin embargo pertenece a nuestro mundo, a la asquerosa realidad. ¿Entiendes?

-¿Y qué me dices de mamá? Siempre te olvidas de ella.

-No metas a tu madre en esto. Ella debe quedar al margen.

No entendía nada. Me daba mucho coraje pues para algo llevaba yo dedicando tiempo a estudiar la novela negra y policial, llegando a estas alturas sin comprender ninguna de sus ideas.

En esos momentos mi amigo irrumpió en el bar. Estaba perfectamente disfrazado del Tony Montana que recordaba haber visto en “Scarface”. Llegó con decisión, dirigiéndose rápido a mi padre.

-¿Es usted Alfonso Quintanilla?- muy serio y bien en su papel.

-Sí, soy yo… ¿a quién debo el honor?- Sin levantar la vista de su vaso, sin curiosidad por ver quién lo interpelaba.

-Sargento de la Policía Thomas- sacando una chapa, también, perfectamente documentada.

Mi padre se volvió hacia él, se le quedó mirando, el silencio se mantuvo un rato en el local. Toda la gente estaba pendiente de la acción.

-¿Qué quiere de mí?- dijo mi padre después de estudiar a su interlocutor.

-Vengo a detenerlo.

-¿De qué se me acusa?

-De actuar de espaldas a la justicia. Ha acumulado varias denuncias, especialmente una de ellas es un caso de extrema gravedad en el que…

-¡No!- interrumpiendo y un poco alterado- no era mi intención pero la vida es así, sus ojos azules estaban tan vacíos como los agujeros de un antifaz, ella no se merecía otra cosa y…

Mi amigo me miraba de reojo un poco desconcertado por aquellas declaraciones, como dudando qué improvisar sobre lo estudiado de nuestro guión, pero lamentablemente estuvo rápido en reaccionar: cortó de golpe la confesión que yo tenía tantas ganas de escuchar.

-¡Oiga, pare! Eso se lo cuenta usted al juez. Creo que pasará una buena temporada a la sombra, ¡venga conmigo!

-De eso nada- apretando los dientes había sacado su pistola y lo apuntaba.

Siempre había considerado a mi amigo un actor un poco histriónico y hasta ese mismo momento me había llamado la atención porque se mostró muy comedido, de hecho no llegó a sacar la pistola de juguete que traía guardada, ni las esposas. En aquella situación decidió desarrollar todo su esplendor interpretativo: de un manotazo violento le arrebató la pistola y además, con la mano que le sobraba, le dio dos bofetadas, una en cada mejilla, casi sin fuerza física pero con rotundidad sobre la dignidad de mi padre. En aquel momento me arrepentí de haber montado todo aquello, me inspiraba mucha pena y ternura viéndolo como se mostraba a punto de que se le saltasen las lágrimas y muerto de vergüenza, mirando a todos aquellos espectadores que disfrutaban de la representación unos en silencio, otros riendo. Pero era ya tarde, había que seguir con la farsa. Me miró creo que pidiendo algo, sólo me salió una cosa.

-Perdona papá.

-No te preocupes hijo, no hay trampa más mortal que la que se prepara uno mismo.

Mi padre no dijo nada más, se marchó cabizbajo, hundido y encañonado por mi amigo hasta la casa, de donde se le ordenó que no podía salir, ya que se trataba de un arresto domiciliario en el que tendría que esperar nuevas noticias. Así lo entendió porque no volvió a tener intención de salir de ella, ni tampoco volvió a abrir un libro.

Al mes de estar encerrado cayó gravemente enfermo de una neumonía. La enfermedad se fue complicando con otras patologías y por supuesto con el espíritu autodestructivo que emanaba de él desde aquel día, o tal vez ya venía de lejos. Sentí un gran cargo de conciencia ante aquella situación, me sentía culpable, responsable de la falta de interés de mi padre por todo, de su negativa a luchar por la vida. Aunque lo ingresamos en el hospital, su salud fue empeorando y tras unos días, falleció.

Envuelto y abrumado todavía por mis problemas de conciencia, me dediqué, por recomendación de mi madre, a ordenar y guardar las cosas personales de mi padre. Después de hacer algunas cajas, me encontré con el cajón en el que en su día encontré el pen drive rosa. Creo que presentí algo antes de abrirlo, una sensación extraña me recorría el cuerpo. Lo hice rápido y, efectivamente, me encontré con algo más que las dos agendas y el propio pen drive rosa que ya existían en aquel espacio. En otro de los consejos de escritura de Chandler decía que la solución, una vez revelada, debe parecer inevitable; y con respecto a mi padre creo así lo era, sólo quedaba mi intervención para darle un final consecuente a esta historia y sospecho que mi padre había dejado aquello para que yo lo encontrase: Varios recortes de revistas en los que aparecía la famosa Mónica; en uno de ellos, quizá en el más pequeño se la veía asistiendo a un entierro, su rostro serio contrastaba con el gesto curioso de la gente que la rodeaba. Mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí, en una de esas caras, la de mi padre. Su expresión era extraña: a diferencia del resto, tenía la mirada como perdida, ausente, pero muy próxima a la de la mujer que tanto había estudiado. Después de un rato analizando la fotografía me di cuenta de que mi garganta estaba seca, tenía sed, no sé el tiempo que llevaba con la boca abierta, pero me empeñé en seguir sumergido en la profundidad de aquel cajón. Sabía que me depararía, en esta secuencia de fuegos de artificio, una traca final. Al principio me extrañó, pues al fondo había una gran bola arrugada y deteriorada de papel cuché, en ella pude reconocer la hoja del reportaje de la chica, en la que enseñaba el chalet y su reloj de compromiso. Al cogerla advertí que tenía un peso excesivo, no era lógico, cuando tiré de uno de sus bordes, pugnaron por salir unos punzantes destellos que, además de cegarme parcialmente, me maravillaron como nunca pensé que algo así lo haría. Allí estaba aquel reloj, el que había visto en la revista, allí, con todo su peso, con la solidez de algo real, de algo que estaba en mis manos y no en los colores de una fotografía, ni en los puntos de luz de una emisión televisiva, era el mismo reloj… o tal vez no.

Me agobiaba pensar en la palabra chantaje, pero con el tiempo me preocupaba más intentar comprender el objetivo que motivó ese crimen, ¿un reloj para su femme fatale o un reloj para seguir jugando conmigo? ¿Realismo sucio o fantasía igual de asquerosa? ¿Fantasía dentro de la realidad o realidad dentro de la fantasía? Sólo tenía claro que mi padre optó por el rol de delincuente y a mí me había tocado hacer de investigador negado.

Aquel tesoro, abandonado en un rincón, ha sido mi gran secreto, nuestro gran secreto, el de mi padre y el mío, justo cuando empezaba a echar de menos el haber compartido con él más tiempo, más diálogos, algo más. Sin embargo tengo previsto casarme con mi novia dentro de algunos meses y creo que poseo el regalo de boda perfecto…, gracias a mi padre.

* Texto finalista del Premio Bengala-UANL 2013, cuyo jurado fue compuesto por Andrés Ramírez, Yuri Herrera, Diego Enrique Osorno, Gael García, Kyzza Terrazas y Gerardo Naranjo.

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