Una cronista mexicana recorre la sensualidad del país donde sólo sobreviven las cazadoras más bellas

Por Marcela Turati

 

1.-La belleza es inexplicable

¿De qué está compuesta la reputada belleza brasileña? ¿Fue la sangre africana mezclada con la europea y la india? ¿Por qué entonces hay tantos gimnasios y centros de belleza en Brasil? ¿No se habrá confundido la belleza con la sensualidad? Si la belleza de los brasileños descansa sobre todo en la manera de portar sus cuerpos, Jorge Amado, el escritor que posicionó la sensualidad brasileña en el mundo, explicó el desenfadado de sus compatriotas: “El negro temperó nuestro carácter con la alegría de vivir y el amor a la vida […]. Nos salvó de la melancolía de los portugueses […], de los valores éticos que en la península ibérica hacían de la alegría un pecado capital, y de los enredos de amor un motivo para la condena del fuego del infierno”. Amado sea amado. Lo escribió él, una autoridad en estética. La heroína de su novela Gabriela Clavo y Canela es el paradigma de la mujer brasileña en el extranjero: piel canela, pelo largo y ondulado, pies descalzos, curvas protuberantes. Salvaje, deseosa de sexo, dispuesta a entregarse a cualquier hombre. Una mujer que nace, muere y resucita en la cama. Enferma de alegría, carente de celos, independiente y libertina, sin vocación de matrimonio.

2-La mezquindad del arcoíris 

Brasil tiene derecho a festejar una genética pintoresca: tras siglos de amor en la selva y en la playa, de una incansable celebración de lo horizontal en lo oscuro, de mezcla de fluidos internacionales, los brasileños acabaron convirtiéndose en tantos tonos de piel dignos de una coleccionista de lo impuro. Alguien muy aburrido del cielo azul – de las puestas de sol o del arcoíris- pudo haber descendido de la tierra y revuelto en una paleta de todos colores del mundo, pintado con ellos millones de cuerpos y elegido a Brasil para soltarlos. Eso parecen haber confirmado los encuestadores del censo Pesquisa Nacional por Amostra de Domicilios, quienes, en 1976, registraron más de 130 colores hallados en la piel de los brasileños. Si los esquimales pueden distinguir más de 50 tipos de blanco, he aquí una caprichosa antología del color brasileño: amarilla, amarillada, amarilla quemada, amarillenta, amarillosa, alba, alba oscura, alba rosada, albina, azul, azul marino, amorenada, acanelada, acastañada, rubia, rosa, oro, bien blanca, blanca sarnosa, blanca sucia, blancucha, emblanquecida, tira para blanca, poco clara, encerada, bronce, mestiza, mixta, café con leche, blanca morena, bien morena, casi negra, tostada, retinta, marrón morena-morena cerrada, morena rubia, morenita, morena jumbo, negrota, chocolate, quemada de sol, quemada de playa, enrojecida, casi color vino, cuia (un árbol que da fruto verde, que cuando madura oscurece), naranja, trigo, sapecada (cuando se pasa algo rápidamente por el fuego), jambo, fruto purpura, verde, cabo verde, bahiana, sarara, cabocla, calor firme, burro en fuga.

3-La orgía es legal

Veo pasar a unos hombresmonja. Atraviesan la avenida costanera Ipanema, con sus tocados de monja y sus panzas cerveceras al aire. Tropiezo con hombres con ubres de vaca que juegan a extraerse la leche, con una hilera de viriles apaches con chupones en la boca, con un diablito de alas móviles, con hombres en mallas blancas y manos terminadas como espigas de trigo, con hombres en pañal pero con corona y cetro. Todos cantan y bailan, a pie feliz, tan cómodos en sus cuerpos, abrazando y besando a diestra y siniestra y no parecen borrachos. “É carnaval”, explican. El cuerpo del carnaval es un cuerpo sin cerraduras, de playa infinita, de danza libertina, que se desnuda y se deja abrazar y aplazar por todos. Lo certifico en el apretujadero del bloco callejero, ese desfile sambado de barrio donde, si más te aprietas a los demás cuerpos, mayor es la diversión y el placer. “Te toco, me entrego / Con samba / Del modo que usted quiera / Me abraza, me besa / É carnaval / É simpatía é quase amor”, repiten una, cien veces, mientras avanzamos y retrocedemos algunos milímetros en el apretujadero. Muchos carnavaleros traen en la cabeza un pañuelo en el que se lee: “Vístase, use camisinha”. Es la campaña del gobierno para usar preservativos cuando estalla el carnaval. Los condones vienen incluidos con tu boleto para el Sambódromo.

4-Un subcampeonato en artes plásticas

Ni todas las brasileñas son bellas ni su exuberante belleza crece en los árboles. A decir verdad, se cultiva sobre todo en gimnasios, se compone de actitud y también se construye en los quirófanos. Miss Brasil 2001, Juliana Borges, es apenas un ejemplar de la belleza brasileña artificial. A sus 22 años, se sometió a 19 cirugías plásticas antes de convertirse en la más bella entre las bellas chica-bisturí. Se corrigió las orejas, se puso implantes de silicona en los senos, se aplicó colágeno en barbilla y mejilla, se succiono la grasa almacenada en barriga y costillas, se afino las fracciones en cara y labios, se operó el cuello. No por gusto Brasil es subcampeón de la copa mundial de la cirugía estética, como presumen sus cirujanos plásticos. Ahora está por disputar el primer lugar.

5-Ser bella no es lo mismo que creerte bella

Tres enfermeras me explicaron su teoría del origen de tanta belleza en días de carnaval. La clave está en pensar “Voce é uma merda e eu sou maravilhosa”. Me dijo Thais, una enfermera de casi 25 años, bajita, cara redonda de niña, ojos verdes, rubia. Aunque no es despampanante, le basta para ser una arrasa-hombres. A Thais le enseñaron desde niña a sacar la nalga, a meter la panza, a enderezar la columna. Dice que cuando entró a la escuela, ya meneaba la cadera, y que sus pies ya intentaban bailar samba. Con los años aprendió a mover las nalgas, una destreza que ella admite no dominar. Esta enfermera no sabe cuándo empezó a sonreír con expresión de pícara e inocente ni de quién demonios aprendió la contraseña para recibir un beso. Una noche de carnaval en el bohemio barrio de Lapa –bares descuidados, ritmo de batucada y callejones olor a marihuana- la vi besar a tres desconocidos mientras caminaba de un bar a otro en medio del amontonamiento carnal. “Eso es actitud”, pensé. En esa fiesta de los instintos que dura hasta la madrugada del miércoles de ceniza, lo emocionante es conseguir con quien (o quienes) pasar la noche, con quienes ficar. La belleza brasileña, dice la enfermera besalotodo, no es un producto de la naturaleza. Es sobre todo cuestión de actitud: si no se tiene, se actúa. “Piensa que todos los hombres son una mierda y que tú eres una princesa maravillosa”. ¿Ésa es la clave de la belleza en Brasil? Tres enfermeras me dijeron que sí. Y me sentí enfermera.

6-Todos tienen su telenovela brasileña

Un turista del Perú había traído en sus maletas dos cajas con 14 condones cada una. Había imaginado que en Rio encontraría a mulatas golosas de sexo. Fogosas, bestiales, salvajes. Después de unos días regreso a su país, andino y cabizbajo y con los paquetes casi intactos, sólo con un condón menos (el que debió ocultar en el bolsillo de su bermuda desde el primer día). Al menos este macho romántico admitió su fracaso: “me dan miedo las brasileñas, no puedo declararme. Además, yo necesito fidelidad”. Era su último día en Rio. A su lado estábamos un guatemalteco y una mexicana. Los tres asentimos, mudos, solidarios. Días después, una tarde en Campinas, una ciudad a una hora de Sao Paulo, pregunté en un restaurante:

-¿Cuál es la diferencia entre la belleza mexicana y la brasileña?

La misma que entre Televisa y O’Globo –respondió un hombre frente a mí. Era un ingeniero. Bajo su mansedumbre escondía al guerrillero que un día fue.

-Las novelas mexicanas no son divertidas ni sensuales. Tienen mucho drama, y por eso decimos: “deja de hacer dramas mexicanos”.

7-La vida es una nalga

Desde que llegué a Brasil no he podido dejar ese vicio de albañil mexicano de comparar traseros, de registrar sus ondulaciones, de calcular cuánto rellenan el pantalón o la minifalda, de descifrar con la gravedad de un físico que quiere cada nalga. En una de las avenidas principales de Rio, frente al semáforo, ya no veo hombres y mujeres por la calle: veo cinturas, bustos, caderas, músculos, cabelleras rostros, piernas, nalgas. Sospecho que la mayoría de estas mujeres estuvieron en la mesa de operaciones del cirujano Ivo Pitanguy y su famoso bisturí, o en la de alguno de sus colegas brasileños. Veo nalgas de mujeres, nalgas con hombres, nalgas y nalgas. De tanto mirarlas, me siento como esos primeros expedicionarios portugueses que en sus crónicas dibujaban su sorpresa de ver a los nativos con sus vergüenzas descubiertas. “La nalga es su personalidad”, dijo en un baile callejero Hans, un alemán que trabaja con niños de la calle, cuando me descubrió mirando traseros. Sí, una personalidad redonda, alegre, apetecible. Pero más allá del mito del culo, las brasileñas se agringan y se europeizan. No sólo quieren ser un trasero exótico.

El nuevo boom son las tetas. Ahora se mueren también por abundancia en los senos y se lanzan gustosas al mercado de las siliconas de gel. A tal grado que Silimed Ltda., el mayor proveedor de implantes de silicona en Brasil, no consigue satisfacer la demanda. El célebre cirujano Ivo Pitanguy tiene una lista de espera de más de un año para hacer operaciones gratuitas y algunos de sus colegas ofrecen planes de pago a plazo fijo, como si comprarse una nueva figura fuese igual a comprar un auto. ¿Quiere saber si necesita una operación de glúteos? Hágase la prueba del glúteo caído. Paso 1: póngase de pie. Paso 2: colóquese un lápiz al final de las nalgas. Si el lápiz se quedó sostenido, necesita operación. Ahora libere el lápiz y tome nota.

8-Una clase de belleza no es una belleza de clase

¿Existe una única belleza brasileña? “Hablar de belleza brasileña es hablar de la belleza de la clase media y alta del sur-sudoeste de Brasil. No la confundamos”, dice en su consultorio de Campinas, la psicoanalista Abigail Bonas, una beldad de pelo negro encendido que contrasta con una piel láctea y unos ojos verdes. La belleza conocida en el mundo como brasileña, aquella que gana concursos internacionales –insiste la psicoanalista- es de genes europeos. A veces mezclada con indio y africano, pero una belleza en la que casi siempre dominan los rasgos europeos. La psicoanalista niega que haya una belleza marca Brasil, pero admite que hay algo distintivo, al menos entre la mujer brasileña y el resto de los mortales: la escasez de ropa, la desinhibición y naturalidad para mostrar el cuerpo, muy propia de la mujer del trópico. Bonas se da cuenta del tropiezo: lo mismo describe a una cubana que a una bahiana. Tal vez no exista una belleza brasileña natural y todo sea un espejismo provocado por la sensualidad y la desinhibición. Bonas llega así a una teoría freudianobrasileña de este fenómeno: el bebé mama la cultura de la madre, se libidiniza con la sensualidad del ambiente y la normalidad del sexo, pero también con la historia del padre con sus dos esposas, y la cadencia de los movimientos genitales que ha visto desde niño. Esta psicoanalista que por años ha escuchado las angustias de brasileños recostados en su diván, tiene otra explicación para el boom de la cirugía en mujeres post-adolescentes. Las chicas embellecen y se hacen cirugías porque necesitan competir en un torneo de caza: en Brasil hay más mujeres que hombres y los hombres jóvenes son el mayor blanco de la violencia. Las estadísticas no mienten: en las últimas dos décadas, unos 600 mil brasileños murieron como consecuencia de ella. Hombres jóvenes, en su mayoría. Eso ha aumentado la competencia entre las mujeres cazadoras. “Si no lo hacen, sienten que no tienen armas para competir”, explica la psicoanalista. Y recuerdo a las mujeres que he visto bailando en círculos al ritmo de un tambor, moviendo sus lugares más entrañables para captar la atención de su presa. En Brasil, sólo sobreviven las cazadoras más bellas.

9-Seducir es casi una forma de saludar

No es caricatura sentenciar que los brasileños son alegres. Tampoco es un mito decir que son coquetos, desinhibidos y siempre listos para el intercambio cultural. Los brasileños suelen convertirse en embajadores y presentar su país en carne propia:

-El único riesgo que corres es que quede prisionero de tu amor. Ven, te voy a enseñar la ciudad. No tengas miedo –me dijo un policía en Porto Alegre. En Bahía fueron unos artesanos:

-Ven vamos a compartir la hamaca, ven. En Amazonia, un fiscal de botas puntiagudas me dijo:

-Un beso no se le niega a nadie. Dámelo antes de que el barco toque puerto En Sao Paulo, fue un taxista:

¿Ya probaste algún brasileño? Si no conociste a alguno en la intimidad, no puedes decir que conoces a un hombre.

Días después, un tal Lucas me llevó a ver un atardecer desde el Morro de Sao Paulo.

Era un improvisado guía que se ofreció a conducirme a las ruinas del fuerte abandonado en esa isla para ver la puesta de sol, que se disolvía como una pastilla roja en el mar. Piel negra brillante, torso desnudo y un short zurcido estratégicamente para dejar a la vista el nacimiento de sus nalgas. El día cedía (y el guía también). Entrecerraba los ojos, miraba el cielo, sacaba la lengua y ensalivaba sus labios.

-Dios mío, la noche se acerca y no sé dónde voy a terminar-me dijo una, tres, siete veces ante mi indiferencia.

-Me gustas –añadió este adolescente con quien no había cruzado más de 20 palabras -Ya me estoy excitando –me dio la noticia.

Nunca se me habían declarado de esa manera. Su short crecía como si hubiese despertado la raíz de una mandioca juguetona.

10-A veces las brasileñas se sienten feas

Frase para desvestirse: “para las mujeres más bellas del mundo, las brasileiras”, dice Ricky Martin en una publicidad de ropa. Quizá tenga razón, pero en la revista ISTOÉ se leen los resultados de una encuesta encomendada por Dove y realizada por las prestigiosas psicólogas Nancy Etcoff, de la Universidad de Harvard, junto con Susie Orbach, de la London School of Economics. Esta investigación dice que en el mundo, las brasileñas están entre las mujeres más insatisfechas por su apariencia personal: ocupan el segundo lugar, sólo superadas por unas acomplejadas japonesas. Realizada en diez países con mujeres de 18 a 64 años, la encuesta sorprende: cuatro de cada diez brasileñas no se gustan a sí mismas. Les ganan a las inglesas, estadounidenses, holandesas, canadienses, italianas y francesas. ¿Modestia? No, hay que traducirlas: el 13 por ciento de las brasileñas cree que sólo las top modelsson bonitas. Casi la mitad piensa hacerse una cirugía estética.

11-Las abuelas también usan escote

El médico de un centro de salud de Campinas, una ciudad del estado de Sao Paulo, estaba preocupado por una anciana. Envió a unos enfermeros a buscarla a la favela Vila Brandina y la encontraron en su casa construida por partes, con un patio colmado de desperdicios que desemboca en una calle de tierra. La abuela apenas podía moverse. Gorda y de cabellos despeinados, dijo que padecía intensos dolores estomacales. Recitó un rosario de dolencias y se palpó la zona más adolorida. Fue imposible dejar de notar un escote profundo por donde se veía el inicio de sus senos bajo un camisón transparente de flores. La abuela no lleva ropa interior. A todos les causó gracia aquella anciana sexy que no era bella ni parecía haberlo sido. Apoyada en un árbol afuera de su casa –y mientras decía que para el dolor estomacal se había recetado aguacate y una cazuela de frijoles con carne de cerdo-, la abuela se mostró toda. Nice, una agente sanitaria que da clases de baile y estiramiento para ancianos y enfermos mentales, se ríe ahora al recordar el episodio de aquella abuela moribunda. Suelta su teoría de lo bello en Brasil: es la genitalización del ambiente. La casi nula inhibición. En el Sambódromo del último carnaval de Rio, por ejemplo, unos ancianos se robaron los aplausos. Había hombres y mujeres uniformados de gala, que desfilaban llorando, solitos, sin música, cantando a palmos, improvisando pasos de baile. Lloraban porque su camión se había descompuesto y no pudieron llegar a tiempo.

12- Hay ciudades que te hacen más bella

Bahía es una espesa cucharada de ese jarabe de sensualidad que es Brasil. Y si Rio tiene un carnaval de los instintos, Bahía es el erotismo desatado a die stra y siniestra en el aire. Brasilia, la capital diseñada por Oscar Nienmeyer, es el Brasil más correcto e insípido. Quizá la belleza sea algo geográfico. Conforme se viaja hacia el norte, el mito comienza a extinguirse: todos parecen más normalitos, más latinoamericanos. Bahía es la zona negra de Brasil, donde se concentra la mayor cantidad de descendientes de esclavos. Es una tierra liberada de religiones y ritos opuestos, donde los dioses africanos fueron ocultándonos bajo disfraces católicos, donde los negros fueron torturados hasta la muerte y donde ahora abunda la fiesta. Quizá todo esto se nota más en un barrio, Pelourinho, en el centro de Salvador de Bahia, el vecindario de las curiosidades turísticas y de la prostitución. Aquí murió de un infarto Vadinho, el esposo de Doña Flor, disfrazado de húngara: el más malandro, gigolo y apostador de todos los personajes de las novelas de Jorge Armando. En Peló -así llaman a este barrio los turistas- no se silencian los tambores ni la música: uno camina por las calles empedradas, tratando de buscar de dónde viene el sonido, y sin darte cuenta ya estás en una exhibición de capoeira, esa danza mezcla de artes marciales y acrobacias. Es como si el carnaval de hubiera detenido aquí como una nube cargada de lluvia. Y en cada calle encuentras lo de siempre: una mirada lasciva, un ven-ven de lujuria, la invitación a ficar. Incluso en el Museo de Arte, último piso, en el umbral de las escaleras, una figura de Changó, el dios africano de la virilidad, espera a los visitantes para mostrarles su falo dorado de medio metro y del grosor de un tubo de lavabo. Los turistas se arremolinan a su lado y lo espían desde todos sus ángulos. Cuando los vigilantes del museo se distraen, lo tocan como si quisieran llevarse una prueba del mito bahiano. Tocar para creer.

13-Brasil vs Argentina

Si son rivales en futbol, ¿por qué no en belleza?

-Quizá las argentinas disputen una copa con las brasileñas, pero nunca nosotras con ellas. No miramos a las argentinas ni a las colombianas como rivales – descarta Miriam de Paoli. Es una brasileña que vive en Buenos Aires. Es alta rubiaojiverde-bonita, lo que se espera de una brasileña pero en rubio. Desde una habitación de su casa, se escucha a su esposo, también brasileño, gritar:

-Se creen las más lindas del mundo. De entrada, De Paoli elimina de la final del campeonato de belleza a las argentinas, que con las colombianas y venezolanas son consideradas las otras bonitas de la región.

-¿Mujeres lindas? Las norteamericanas, italianas o francesas. Las brasileñas no tenemos ni fijadas a las argentinas –dice De Paoli.

-Quizá los hombres brasileños sí ven a los argentinos como rivales –añade-, porque las brasileñas enloquecen con ellos. Los argentinos dicen que nosotras somos más cálidas, más simpáticas y menos histéricas que las mujeres de su país. Luego sentencia:

-Y las brasileñas decimos que ellos son más bonitos y más cultos que los hombres de Brasil.

14-Cuerpo trabajado o cuerpo de trabajador

En Bahía, los hombres actúan como semidioses: les encanta lucir sus pectorales de acero y cinturas estrechas en unos pantalones cortos que parece que siempre se les van a resbalar. La fama de los hombres de Bahía es tal que llegan mujeres de todo el mundo para probarlos en la cama. Vi a una turista gringa, delgada, bonita y de unos 20 años, abrazada a un vendedor de chicles que con una mano la restregaba y con la otra ofrecía sus cajas de dulces. Sé de una noruega que se mudó a vivir con un pescador. Sé también de una alemana que se quedó a vivir en Brasil con el cuidador de unas cabañas que parecía el leñador de los cuentos infantiles. A mi lado, una escandinava se deja besar y tocar por un bahiano que, con dedos juguetones, no la deja escribir en su correo electrónico. Hasta el más desgraciado de los bahianos puede cotizar alto en los mercados internacionales. Lo mismo parece ocurrir con las bahianas: Tikrit, un indio que se hospeda en mi hospital, es un feo con rango de gigolo. Cada noche duerme con una mujer distinta: la pesca con red y no con caña de pescar. Dice que prefiere a las brasileñas porque son las que aceptan que les hagas de todo. Para Trikit, en esa soltura reside su belleza.

*Esta crónica fue publicada originalmente en la revista Etiqueta Negra.

*Esta crónica fue publicada originalmente en la revista Etiqueta Negra.

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