Por Guffo Caballero

Ilustración por Óscar Hernández

Cuando mi hermana se casó, sus suegros vinieron desde India y quedaron fascinados con Monterrey. Las montañas —que pueden verse desde cualquier punto, siempre y cuando el smog lo permita— los maravillaron. Es fecha que, a pesar de las sangrientas noticias de las que se enteran por internet, quieren volver a la ciudad sólo para contemplar las montañas.

Últimamente intento ver a mi ciudad con ojos de turista, con la mirada de alguien que sólo viene de paso. La percepción cambia. El pesimismo se reduce y hasta llego a pensar que si estuviera lejos por algún tiempo la extrañaría. Pero luego me vuelvo a enojar y la maldigo y deseo que caiga una bomba y quiero declarar la casa en la que vivo como única nación soberana e independiente.

Hace poco leí un pequeño e interesante artículo sobre mi ciudad. El autor del escrito relata cómo la mayoría de la gente añora el Monterrey de antes y reflexiona sobre un punto que me pareció de mucho interés: el Monterrey de antes es precisamente el que nos tiene en el Monterrey que hoy padecemos. Más razón no puede tener.

Esa faceta del Monterrey competitivo (que nos volvió voraces), capitalista (que nos volvió frívolos), industrial (que ensució nuestro aire y nuestros ríos), adinerado (que nos volvió soberbios), que se despierta pensando en trabajar y duerme pensando en seguir trabajando para acumular bienes materiales que son sinónimo de éxito, es justamente la que nos puso en esta tierra racista, sin ley, sin cultura, sin árboles, sin sensibilidad artística, sin muchas opciones laborales que no tengan que ver con el comercio o la industria y sin muchas opciones recreativas que no tengan que ver con beber cerveza, ver el fútbol o comer carne asada.

¿Qué se puede esperar de una sociedad a la que solamente se le inculcó trabajar y acumular bienes? Que sus habitantes se conviertan en autómatas, autómatas que no se dan cuenta que quienes les dan sus empleos son los mismos que les ofrecen las distracciones y los mismos que les arrebatan su dinero. Es un círculo perfecto que muchos se niegan a romper porque —hay que aceptarlo— da cierta “seguridad”, pero —también hay que aceptarlo— nos impide ver y valorar otros horizontes.

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¿Qué se puede esperar de una sociedad que todo lo ve como una oportunidad para hacer negocios? Que vendan hasta a su madre. Que vendan su alma a quien les llegue

al precio a costa de cualquier consecuencia, por negativa que ésta sea.

Yo por eso observo las montañas. Son mi nuevo horizonte, siempre lo han sido. Las observo para olvidarme un poco de esta cultura dinerera que se ha arraigado desde hace años en mi ciudad; para olvidarme de las matanzas, de la burocracia que nos hace delincuentes por no tener un papel sellado, del contubernio entre autoridades y quienes están fuera de la ley. Las observo porque sé que las montañas estarán ahí siempre, por los siglos de los siglos, recordándonos que no a todo se le puede poner un precio, y que vale mucho más quien no lo tiene. Observo las montañas de mi ciudad con la esperanza de que la triste situación que ahora vivimos no sea permanente. Y que sólo permanezcan las montañas

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