Por Ramón I. Centeno

En discursos simultáneos, el pasado 17 de diciembre, Raúl Castro y Barack Obama anunciaron el inicio de la normalización de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba luego de más de medio siglo. A propósito de esto, un colega me preguntó si yo anticipaba esta noticia. La verdad es que no, el anuncio me tomó por sorpresa. Desde hace tiempo parecía un giro diplomático necesario, pero lleno de obstáculos por todos lados. Creo que el gobierno de Canadá y el Papa hicieron una intermediación muy fina entre las partes para lograr este acuerdo, el cual no surge por azar pero sí aparece como sorpresa.

A continuación intentaré resumir mi reacción, a grandes rasgos, frente a este evento.

Si comparamos la naciente nueva relación EU-Cuba con las (nada recientes) normalizaciones de la relación de EU con China y luego con Vietnam, la constante en los tres cambios es que fueron precedidos por una revisión del modelo de economía centralmente planificada en la esquina roja, y la renuncia a buscar el “cambio de régimen” desde la esquina azul. Desde el punto de vista de Washington, la normalización de relaciones ha buscado acercar/se (engage) en cada caso al sector de la élite a la cabeza de las reformas económicas. Desde el punto de vista de La Habana, este giro puede jugar a su favor en la perspectiva de atraer más remesas e inversiones extranjeras en los sectores de la economía que ha dispuesto para ello.

Además, ambos lados recuperan prisioneros. Washington, también, elimina una constante fuente de tensión con el resto de América Latina. De conjunto, ambos estados ganan con el acuerdo. Sin embargo, como ha recordado Haroldo Dilla, este tema es mucho más importante para Cuba que para EU, y la nueva relación seguirá siendo geopolíticamente desigual.

En otro orden de ideas, concuerdo con el análisis experto de Samuel Farber, para quien “independientemente de las consideraciones que llevaron a los gobiernos de Cuba y Estados Unidos a lograr este acuerdo, es un gran logro del pueblo cubano”. Primero, porque reconoce que el poder imperial de Estados Unidos fue incapaz de imponer sus sistemas político y socioeconómico, dando una victoria al principio de autodeterminación nacional.” Segundo, porque “puede mejorar el estándar de vida de los cubanos y ayudar a liberalizar, aunque no necesariamente democratizar” su relación con el aparato estatal de la Isla.

Cuba ha cambiado desde que Raúl está en la presidencia, provisionalmente desde 2006, y luego de forma definitiva desde 2008. A partir de entonces el régimen ha experimentado dos procesos políticos: 1) un relevo generacional en la dirigencia; y, 2) una reorientación ideológica en política económica. El primer cambio se refiere al paso de un liderazgo carismático (Fidel) a uno colegiado (Raúl). El segundo cambio es un distanciamiento del modelo de economía centralmente planificada y la aceptación de ciertos actores de mercado.

De conjunto, el ocaso del carisma del Comandante en Jefe (y la generación de líderes representados por él) como fuente de legitimidad política, enfrentó a Raúl con la búsqueda de una fuente compensatoria de legitimidad: el desempeño económico. Así lo volvió a subrayar el propio Raúl en su último discurso, justo después del giro diplomático con Estados Unidos, situando el tema económico como “la principal asignatura pendiente” de la Revolución.

Las reformas económicas emprendidas por Raúl han descentralizado la economía y diversificado los actores que juegan en ella. Hasta ahora, esto se ha realizado sin restaurar la gran propiedad privada, es decir, sin legalizar una nueva burguesía propiamente dicha. El problema es que en el mediano o largo plazo, en la ausencia de una democratización del sistema cubano, una plena restauración capitalista se antoja como una cuestión de tiempo.

Obviamente, no me identifico con el tipo de ‘democracias’ que Washington promueve, como la mexicana, que tiene en su cúspide a Slim, Larrea, Azcárraga y los demás. Sino una libre de esa clase social parasitaria. Cuba se libró de esa clase hace medio siglo. La democracia sería la medida preventiva ideal contra el retroceso… o será la medida correctiva para enfrentarlo.

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