¿A qué suena una ciudad?

Por Carlos Monsiváis

Ilustración por Cristina Guerrero

El cilindro toca “Amor perdido” y se instala la nostalgia propia de quienes gozaron la canción de Pedro Flores en mejores épocas (para ellos) y la de quienes al escucharla por vez primera vislumbran (porque así es “la genética de las emociones”) a quienes ya la disfrutaron durante los interminables minutos de un compromiso sentimental: una comunidad, una pareja, un vagabundo. Y el organillo —especie extinguida— hace las veces de época abolida por el poderío eléctrico.

El conjunto veracruzano entona su queja virtuosa y hay quienes se acuerdan de la tierra natal o de la ausencia de tierra natal, porque si uno es de la capital, o si carece de “identidad de barrio” vive el vacío extraterritorial. Y, además, una colonia de la Ciudad de México no es un pueblo, así la frecuenten músicos nómadas, cuyos conciertos se aprecian más con la edad al repartirse los recuerdos entre menos personas. La tambora y las trompetas le infunden al cuartero el orgullo de la misión cumplida a pesar de y gracias a su impericia, sus limitaciones, su aspecto. El dúo entona: “Qué dicha es tenerte a ti, mi cielo”, y en un segundo estamos ya en 1953 y Pedrito Infante lleva serenata y si a los asistentes no les constó la época, sí se apropian de su anacronismo, de otra manera no estarían aquí, ante este dúo que deposita la estampa costumbrista en el timbre de sus voces, que en caso de ser objeto serían una consola. Hay voces como le dibujo afantasmado de los antiguos dioses del volumen con todo y scratch. Dicho sea de paso, casi no hay político sin voz scratch.

Que el oído no repose. La imperfección es el homenaje de la pobreza al espíritu clásico. El Centro Histórico, para citar el ejemplo más conspicuo, desborda trampas acústicas, fosos de complicidades de los amantes de sus regiones y sus aniversarios. La marimba se celebra a sí misma interpretando a Lara: “Oye marimba/ cómo se cimbra/ cuando canta para ti”. Y al lado pasan dos motocicletas de repartidores de pizza y —al mismo tiempo— el microbús se adueña de tres carriles, y los que se ganan honestamente la vida degollando canciones, demandan ese altar de los sacrificios, los oídos atentos. Curiosa o típicamente, la oferta de la calle insiste en canciones viejas, ésas ya sólo en poder de ancianos y eruditos. El placer de lo viejo incita a los oyentes a adueñarse de porciones de la memoria histórica por el simple trámite de inmovilizarse aquí en la acera, la juventud se va, se va, es una y nada más.

En las calles céntricas, el acordeón es presagio benévolo de la onda grupera, el conjunto de cuerdas desafina para acompañar a los paseantes en su viaje desafinado por la vida, las trompetas delatan los ritos de las ceremonias cívicas, el estrépito que conmociona el alma recompensa por tanto instrumento y tanto intérprete vencidos. A la sombra de los semáforos se improvisan malls en las esquinas: “Qué llevar, patroncito, lléveselo barato antes de que se lo regalen. Qué buen chiste, ¿no? Que no le digan, que no le cuenten”, y en la fonda o el restaurancito el flautista, impertérrito, se avienta su versión de “Pérfida”.

El trío se divide en facciones irreconocibles a lo largo de su ejecución de un bolero, el sax y la batería movilizan al borrachito inmerso en un danzón que hipnotiza por ser la promesa de embriaguez eterna. Los burócratas se detienen y se dejan hechizar por el grupo guapachoso, pero lo suyo no es bailar, porque los sentimientos dancísticos no se ejercen de día y entre semana. Y ahora el conjunto reproduce a escala el patético colorido de la fiesta taurina (“Arte es que las bestias sufran”), el ciego o el minusválido le tupen a la vigüela y entonan el corrido que describe la tragedia lejana y contigua, ella se fue con otro, él se fue tras ella y a todos los tomó por sorpresa el asalto villista a Zacatecas. En la tarde, y en verano, el corrido es la historia dolorosa que se opone a la capacidad de olvido que las siestas aportan.

 

Si el tráfico está muy pesado, sí se dificulta

saber qué está pasando”

Remozada por la alharaca infantil, la calle se colma de sonidos que se entremezclan, se oponen, se extravían, se integran. Inevitable recordar el diálogo de Juan Rulfo: “¿Y qué es ese ruido?/ Es el silencio”. Durante un rato, digamos de las seis de la mañana a las nueve de la noche, arde en las calles el ímpetu de la música involuntaria, la propia de los cláxons y los frenazos y los arrancones y las exclamaciones que son en su conjunto una sola gigantesca mentada de madre contra las pretensiones de la aristocracia del silencio, en sus mansiones a prueba de mentadas de madre, en su universo de paredes de corcho, en sus condominios de lujo que son celdas de derroche.

Canija capital cabrona cábula y calamitosa, si puedes tú con Dios hablar persuádelo de que a las horas pico nuestro propósito no es ensordecerlo. A la calle la vivifica la melancolía, que perdona los errores de la modernidad. Ser moderno es traer enfundado un iPod que rechaza cualquier otra incitación melódica. El chavo con el iSon es Ulises con los tapones de cera en las orejas que rehúsa el canto de las sirenas de la nostalgia. Las campanas suenan a fúnebre son y la ciudad elige la gravedad que le conviene, deshecha hora tras hora por los arrebatos del gentío, por el carácter decimonónico de los pregones (acosados por los espectaculares), por la insistencia de los voceadores, de expresiones colgadas de la memoria histórica (“¡Extra! ¡Extra! ¡Ayer hubo más muertos que antier/ No te dejes, mañana”), por el trepidar motorizado, por los ritmos de la ciudad capital que alberga o redistribuye a diario veinte millones de seres, o más, si la fertilidad insiste.

¡Taxi!/ Échele ojo, marchante/ ¡Pásele, pásele!/ Órale, no empuje/ Viene, viene, viene.” Los clamores de la venta y la advertencia son tradición pura, y por eso ya nadie los conoce, y a lo mejor aún se lanzan en algún sitio para que no nos extraviemos y sepamos que seguimos en la misma ciudad por el testimonio de los ecos y la música callejera y los ruidos y las máquinas de la remodelación o de la edificación de condominios y todo lo que se les ocurra que retumbe o gime. Y la armónica y los violines y las guitarras y el saxo y las maracas y la flauta y el requinto y el pandero y la jarana y el violín huasteco y la marimba y el salterio y el arpa jarocha y el serrucho (sí, aún quedan), animan el pensamiento desalentado: ya quién se enterará siquiera por aproximación a qué suena la Ciudad de México, si a estallido nuclear light o ruidajo de los estómagos vacíos, o a la musicalización de los deseos obscenos, o al ahí va el golpe de la lucha por la existencia. En la última, al paisaje acústico lo unifica el triunfo de la exaltación sobre los nervios destrozados.

 

Si no te gusta lo que oyes, ya envejeciste”

A la sinfonía deliberada responde la intuición de la alharaca cósmica, aquí ningún sonido se pospone, en los ejes viales todo corre hacia el agotamiento y la ciudad es un río de motores situados veinticuatro horas diarias junto a los conductos auditivos. Los vendedores de camote asfixian los atardeceres, la orquestita revive por aproximación la tarde maravillosa de aquellos quince años, y el jovenazo de la trompeta (sexagenario o septuagenario), se ciñe a la emoción de atraer una clientela cachonda, que se enciende de puro placer urbano. La ciudad se oye vieja y recién nacida, al día en Internet y milenaria como la canción “El Faisán”, del maestro Miguel Lerdo de Tejada. El cantante callejero es un murmullo delator de las épocas anteriores al hip hop, al ska, al fudge, al rai, al new age, al reggaetón. Y al terminar la sentida interpretación del solista solitario se vierte esa convocatoria a la Mexicanidad, el “Son de la Negra” que excita a la comunidad imaginada que salta de contento alrededor del mariachi (garganta es destino), no hay fuente más genuina de la juventud que las emociones. La costumbre que no admite alaridos se anquilosa. Ojos de papel volando, a todos dicen que sí, pero no nos dicen cuándo, y en la Plaza Garibaldi, la catedral del mariachi o en el restaurante de políticos y burócratas menores, o en esa fantasía sospechosa que es el centro nocturno sin clientela, el mariachi nos devuelve lo que la modernidad nos quitó: la ilusión de fiesta donde la única megapantalla son las intenciones de divertirse.

La capital también tiene su guardadito de piedad, pero es mínimo si se piensa en algunas ciudades, con fieles diseminados en la penumbra y la acción coral como el gemido de reconciliación. El murmullo devocional, si ya no el más frecuente, sí es uno de los más disciplinados porque viene del alma que no se rinde al laicismo. Si nos estás oyendo, Diosito o Virgencita, no te fijes en nuestras voces sino en lo radiante del rostro contrito, en la hermosura de un coro del que deben oírse sobre todo las intenciones (esto no es un nuevo concepto sino el vetusto rito de la compensación). En todo el país, en Guadalajara, Monterrey, Ciudad Neza, el sonido religioso se opone a la sirena de las patrullas, al vocerío de mercancías, a la embestida de los automóviles en las colonias, al vendaval de rezongos de cinco millones de usuarios del Metro, al popurrí de las melodías que manan de los restaurantes y de las pruebas de los DVD o de la música electrónica, o de las rolas de los Beatles que bailan en el Eje Central músicos cuya intrepidez desafía el vértigo de los automóviles y las reglas de la afinación. Y los transeúntes se someten a la melodía de las broncas familiares y al rezo porque el empleo se aparezca, y al entrenamiento espiritual para no desquiciarse con el tráfico y…

 

¿Yo me imagino el cielo como el sitio

Donde el único celular lo tiene Dios…”

En el Mundial de Futbol juega la Selección Nacional y todos los aparatos de televisión están encendidos, los taxistas traen prendida su minitele y el alarido idéntico da fe de la garganta unificada. El 15 de septiembre en el Zócalo colmado se escenifica el Grito de Independencia. En la Basílica de Guadalupe los cantantes reconstruyen el buen ánimo de la gente que se distraía en las noches sólo con himnos y canciones. Y aparte de esas fechas, la ciudad suena a lo que sea su voluntad, patroncito, al desamparo de los músicos trashumantes, al reconocimiento de que la expiación de la carne pecadora se ha propuesto por miedo a la huelga de conciencias, al bolero clásico irreconocible en ese Metro atiborrado (¡qué diferencia con el cielo y el infierno donde siempre hay cupo, y qué terror ante las estadísticas donde los ya muertos de las generaciones fenecidas, pierden la batalla numérica ante los que hoy respiran como pueden!). Y sólo en los incansables segundos de un terremoto —ese mambo telúrico— la ciudad se distrae en serio con el ruido.

“Los millones, los millones, los millones, aquí están los millones”, y el vendedor de billetes de lotería parece apenado por distribuir la buena suerte. En las esquinas grupos de alboroto, el Metro y la Calle son lo mismo, el Periférico a vuelta de rueda y el Zócalo el 15 de septiembre son lo mismo, a la altura del piso 23 de chunchuntata y la ambulancia que se dirige al lugar de la contingencia son lo mismo, y no se distinguen el enmudecimiento ante el asalto y el primer vagido del niño que nace en el taxi. A la salida del espectáculo las ofertas ensordecen al paseante, seguro de que si no adquiere algo, lo que sea, defraudará las expectativas de la calle: “¡Lléveselo, agárrelo, no se quede sin…!” Así son las cosas y la polka del grupo norteño transforma a los oyentes en los dioses mercurios de la banqueta con alas en sus pies, y el badajo convoca doce veces el bronce de las campanas, apenadas de no ser oídas por el Papa, aunque sí por la bandita en el Zócalo que en vano compite con ellas.

¿Qué se oye en la ciudad? En este mismo instante “Poker Face” y “La Marcha de Zacatecas” y “El Danubio Azul” y “She Loves You”, la pesadilla marcial de las bandas escolares a las siete de la mañana y los automóviles que flagelan las colonias populares con publicidad comercial, y la maquinaria pesada que es alarde de la industria de la construcción, y la vibración de los aviones, y el punk y el hip hop y las cumbias y el reggaetón y los helicópteros que vigilan la avidez de los congestionamientos del tráfico, y el fragor de la demografía, eso sobre todo, lo más parecido al sonido de la capital es la precipitación rugiente de seres que se escucha aún en la quietud más diáfana. A eso sí suena la ciudad… ¡Ah! Me faltaba citar el “Huapango” de Moncayo, un coro infantil que desorienta a Jaime Nunó y González Bocanegra, que no sabrán qué crearon, el danzonazo que se revienta como inauguración del himen colectivo, el zumbido decapitador de una tocada de rock en el vecindario, y el ensayo de la fiesta de quince años con “El Sueño Imposible” y, orden y concierto, “No rompas más mi pobre corazón”, bailados por los presentes y los ausentes.

De algo estoy seguro: si hay un disc jockey del Último Día, éste será la Ciudad de México.

Y sí, ni hablar, faltó “Nereidas”. 

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