¿Qué tantos tumores tiene que extraer un cirujano para que ya no le afecten?

Por Mark Kramer

 

Russell Stearne ve cáncer todo el tiempo. Está acostumbrado a él y hasta orgulloso de su habilidad para desafiar el terror que produce. “Yo creo que mi asociado y yo tenemos más pacientes de cáncer curados andando por la ciudad”, dice un día a principios del invierno, “que cualquier otro consultorio quirúrgico por aquí”. Me siento atrapado por su alarde. Si no me salgo de esto tendré que ver lo que él ve. Y ya he visto más que suficiente: tíos, tías, abuelas, amigos y mi muy simpática ex suegra.

No me salgo. Cada semana unos pocos pacientes de cáncer, algunos curados, visitan el consultorio de Stearne. Luego anuncia una semana: “Tengo una serie de citas interesantes. Una es con un profesor de la facultad de derecho, que vino a través de la HMO. Ha batallado cinco años contra el cáncer. Le extrajeron un cáncer de colon perforado para empezar, después más y más operaciones, incluso operaciones radicales. Trabajaba casi todo el tiempo a pesar de su enfermedad. Ahora le ha hecho metástasis por todas partes. Ya no se puede hacer nada por él.

“También tengo a un ingeniero de plásticos. Un cáncer escaso, en el conducto biliar. Puede estar relacionado con su trabajo. Es difícil saber en estos casos. Tampoco él se va a curar. Y también tengo a una maestra de escuela. También con cáncer. En el estómago. Sabe lo que tiene. Su internista por lo general no me remite pacientes. Pero él es uno de los

que me envían pacientes por los que se preocupan particularmente”.

“¿El internista le hizo el diagnóstico?”

“Cuando ella vino pensaba que tenía una úlcera en el estomago”.

“¿Tiene alguna oportunidad?»

“Prácticamente ninguna. Eso es lo que muestran los estudios a largo plazo. Pero algunos estudios recientes muestran que la quimioterapia puede servirle de algo. Voy a discutirlo con ella”.

“¿Realmente le va a servir de algo?»

“Algo, tal vez… por un rato. ¿Quién sabe? Ella puede ser uno de esos primeros casos. También tengo a un muchacho con la enfermedad de Hodgkin. Él es el primero en la lista de la tarde”.

“Debe de enfocar estas consultas difíciles con algo de terror, ¿no es cierto?”, le pregunto.

“Yo no soy culpable”, exclama con mucha seguridad. “No soy yo el que les di el cáncer. Los he tratado bien, de hecho. Los he mantenido vivos. Me siento bien al verlos, sabiendo que tengo la oportunidad de ayudarlos”.

Un adolescente, verdadero gigante, de un grosor como el de un arce viejo, entra al consultorio. Tiene puestos unos pantalones gises y una camisa de sudadera, como si viniera de trabajar en una carretera.

“¿Cómo va el negocio de manejar camiones?», le pregunta Stearne al abrir el muchacho la puerta.

“Bien, creo”, responde lentamente. Su cara, ancha y roja, permanece indiferente. Los modelos profesionales de Stearne no lo conmueven.

“Tiene un par de rocas en el cuello», explica Stearne.

El muchacho se sienta. Stearne hace rodar su silla una yarda hacia delante y palpa el lado derecho del cuello del muchacho, confirmando lo que recuerda de su condición. “¿Recuerdas”, pregunta dirigiéndose al muchacho, “que la última vez te dije que había la posibilidad de que tuvieras la enfermedad de Hodgkin? Lo de Hodgking ha cambiado ha cambiado” (a mí no me parece que el muchacho comprenda, o que el médico está hablando para ser comprendido), “y creo que lo probable es que sí tengas la enfermedad. Ahora, el 85 por ciento de las personas que la tienen se curan completamente con rayos X y drogas…”.

El timbre del teléfono interrumpe la presentación. Me pregunto cómo hace Stearne, con más o menos 100 pacientes de cáncer en diversas etapas de conocimiento de sus destinos, luchando, rabiando, aceptando, para hacer el seguimiento del delicado desarrollo de ese centenar de inexorables historias.

Stearne habla por el teléfono cinco minutos enteros, discutiendo con una enfermera con poder burocrático. El muchacho mira fijo por la ventana y no mueve un solo músculo. Parece que Stearne dictó su informe de ingreso de pacientes de ayer después de la hora estipulada por el reglamento del hospital para las nuevas admisiones. La enfermera quiere excluir un paciente de la lista de cirugías de mañana. Stearne habla cortésmente, sostiene que esperaba en el teléfono, tres minutos antes del límite de tiempo, y que aprecia la ayuda de la enfermera en hacer que las cosas sean justo como son. Finalmente cuelga, con la dad, sólo por esta vez, de que ella hará una excepción con él.

“[…]Y un poco de tejido del cuello, creo, y ese ganglio duro bajo el brazo servirán para el diagnóstico. Además, entre más se alejen de la fuente, dentro de la axila, más tienden tus síntomas a que tengan que ser diagnosticados”.

El paciente todavía parece inconmovible, sin comprender o conmoverse. Stearne lo nota. “Tienes un cáncer tratable”, dice. “Sospecho que un cáncer en las ganglios linfáticos.

Tenemos que hacerte una biopsia. La enfermera que está afuera puede hacerte la cita”.

Señala hacia el pasillo.

“Está bien”, dice el muchacho al pararse. Se aferra a la puerta de la oficina y, sin soltarla, pregunta: “¿Quiere que cierre la puerta o que la deje abierta?”.

¿Por qué no puede darle un golpazo para encerrar la noticia? Admiro sus defensas. Es el momento en que oye que su destino se ha vuelto contra él. Le pregunto a Stearne cómo se siente: ¿le molesta darle al muchacho esa clase de noticias?

“Tal vez le digo a 50 pacientes por año que tienen cáncer, generalmente en el pecho o en el colon. Yo no se lo causé. De ninguna manera me impacta emocionalmente. Lo más probable es que cure a que deje de curar. Esto afecta a los pacientes más que a mí”.

“¿Y si usted estuviera en los pantalones de un paciente y otro médico le dijera que usted tiene cáncer?”

“No sé cómo me sentiría. Probablemente casi lo mismo que cuando les digo que lo tienen”.

¿Será que el profesionalismo es perder contacto con el miedo en cualquier forma, con todo el sentido de la desesperada dulzura de la vida? ¿Puede uno volverse tan mecanicista en la comprensión de la propia somatología que uno puede en realidad tener cáncer imparcialmente? ¿Y hasta cuándo puede durar esa imparcialidad? ¿Hasta perder las primeras diez libras? ¿Las primeras 20? ¿Las primeras 50? Es como si uno siguiera y siguiera viviendo sólo si uno puede evitar darse cuenta. Por unos cuantos años, un fallecido colega de Stearne asistió en operaciones a pacientes de cáncer al mismo tiempo que mantenía a raya su propio cáncer en la próstata con tratamientos hormonales.

La insularidad del colega, como la de Stearne, causa espanto.

El profesor de derecho entra en seguida y se sienta rápida en la silla de brazos junto a la ventana. Se han debido cruzar con el camionero en el pasillo, cada cual inmerso en sus propias preocupaciones. ¿Se habrán visto el uno al otro? El profesor es encorvado, con el pelo y la piel grises, y se dobla en la brillante silla verde como un caracol de jardín en una hoja verde. Mira desde abajo a Stearne con ojos vacilantes, apenas medio comprometido en este último episodio de una larga y penosa prueba. Ya no hay nada más que hacer.

Las preguntas de Stearne son amables, sobre cómo le va, si se siente cómodo, o si necesita o desea cualquier cosa. “Me puede llamar a cualquier hora”, le dice Stearne. El profesor asiente, y luego sale por la puerta abierta, a morirse solo ahora.

La recepcionista dice que el ingeniero de plásticos ha pospuesto su cita para mañana. Yo me alegro. Uno menos.

Después entra la maestra con el cáncer en el estómago. Más bien se desliza de lado, como si estuviera entrando tarde a una conferencia, esperando pasar desapercibida mientras las cosas siguen su curso normalmente, como ha debido de ser antes de su enfermedad. Es poderosa, como si estuviera explotando por dentro con la fuerza de un nuevo terror. No le devuelve nada al mundo exterior al moverse lentamente, con los ojos muy abiertos y la cabeza gacha. Stearne examina su aspecto y quién sabe qué piensa. Mis pensamientos vuelan hacia ella y, fragmentados, desaparecen. Está muy flaca. Dice tranquilamente: “No puedo contener la comida”. Encoge los hombros como excusándose. Es lo único que dice.

Se dobla en la poltrona.

La ha seguido su esposo, un bombero grande con el pelo color de arena. No la toca ni la mira.

Se sienta al otro lado del cuarto y bizquea. “Al final cambié turnos con alguien para venir”, dice. Tienen dos hijos. “Kluzko”, dice al presentarse, y envuelve la mano del doctor con la suya, que parece un asado enrollado.

En el escritorio de Stearne hay una carta de un cirujano de Boston:

El miércoles examiné en una consulta a Bea Kluzko, su simpática joven paciente. Ella y su esposo ciertamente son gente de lo más encantadora y simpática, y es triste verlos con un problema tan terrible… El diagnóstico es un adenocarcinoma del estómago y insatisfactoriamente diferenciado.

El cáncer ha desaparecido ahora, junto con el resto del estómago. Stearne me contó que después de retirar la masa, buscó sin encontrar metástasis visibles —“ninguna expansión macroscópica”, como lo expresa—, pero que ese hecho no lo había dejado muy seguro, por la clase de tumor que había encontrado. “Los datos no son buenos”, me dijo. “Nos dan pocas razones para esperar”.

Lo que ahora le dice, sin embargo, es que un estudio de cinco años de la quimioterapia complementaria en el cáncer gastrointestinal “nos ha dado pruebas aceptables de que esta quimioterapia beneficia a la gente”. Le dice que tiene suerte, porque un oncólogo experto en tumores y que colaboró en ese preciso estudio vive en una ciudad a sólo media hora. Ella no le pregunta sobre la terapia; ni siquiera pregunta que quiere decir con eso de que “beneficia a la gente”. Está enfrentándose a un problema real. Inclina la cabeza, un movimiento tan leve que puede haber sido sólo un temblor aislado. Stearne dice: “Voy a llamar al consultorio del oncólogo para programar una primera visita mañana”, y ella se desliza nuevamente al salir de la oficina, seguida por su esposo.

Stearne llama luego al oncólogo. Describe cuidadosamente a la paciente y su enfermedad, después subraya su juventud, sus niños, su carrera, su matrimonio feliz, y le dice al oncólogo que piensa sugerirle la quimioterapia. Es posible que el oncólogo se resista a la idea de que puede ayudar, porque Stearne le dice: “¿Qué otra cosa podemos hacer?”.

Finalmente, se ve obligado a persuadirlo. “¿Entonces la llama mañana? Muy bien”.

Stearne dicta de inmediato el informe de la consulta. Termina con una frase curiosa: “La prognosis, por supuesto, es reservada”. La prognosis, por supuesto, es la muerte. Y lo realmente reservado es Stearne.

También después, sigo a Stearne a la sala de examen. Examina a un hombre coceado por un caballo. Mira a una recién casada, le examina los senos y le dice que no lo alarman los bultos que ha sentido allí.

Mi oreja me alarma. He estado pensando en ella de vez en cuando por uno o dos meses, y ahora mismo me da miedo. Tengo una pequeña protuberancia en la piel, en la punta superior de la oreja izquierda. Parece como una perla al mirarla en el espejo, como un grano de acné veinte años después de tiempo. Desde que la noté por primera vez, se ha vuelto un poco más grande, y ha producido un punto minúsculo al lado, y duele, aunque no mucho, cuando duermo sobre ella. He tenido la vaga idea de decírselo al médico de la familia tarde o temprano.

Ahora, en medio de la espantosa serie de pacientes de Stearne, me toco la oreja, recuerdo mi ansiedad, y violo una regla de trabajo que he seguido desde hace mucho tiempo: dejo de ser lo que sea que Stearne piensa de mí y me convierto en un paciente. ¿También yo puedo robarme un minuto de su tiempo? Sí. ¿Puede examinarme la oreja? Claro. Señala el banco bajo la fuerte lámpara, y cuando me siento, empieza a marcar el teléfono. Sostiene la bocina con una mano y con la otra me estira la oreja, y hace que ladee la cabeza para ver mejor.

“Sí, señor, cáncer. Tiene cáncer”, dice. “Hola, querida”, dice por el teléfono. Mientras espero, charla un rato por el teléfono sobre cuándo sería conveniente admitir a un paciente en el hospital. Coquetea con la “querida” en la línea. Empiezo a escribir lo que dice para mostrar cómo coquetea. En vez de esto escribo cómo me siento exactamente entonces, porque pasa el primer momento de objetividad, y sé que yo soy el que tengo cáncer. El pelo de la nuca se me para completamente; siento cómo se levanta. Mis notas:

1. Disociación. Ah, él sólo está haciendo otro comentario.

2. Aturdimiento.

3. Me saltan los ojos, empiezo a respirar con dificultad y siento pánico.

El pánico se ha instalado firmemente para el momento en que Stearne cuelga el teléfono y coge de nuevo la oreja. Ahora soy un paciente; no se dirige a mí sino a la enfermera que lo asiste: “Clásico. De células básales. Edad y localización equivocadas para que sea escamoso. ¿Ve el color perlado, la forma como de lágrima? Y está en un sitio sujeto a estas lesiones causadas por la luz del sol. Clásico”.

“¿Así que eso es lo que parece?”, oigo que la enfermera le dice.

“Dígame algo tranquilizador”, le digo yo. Me río nerviosamente para mostrarle que soy una persona despreocupada. Sigo mirando directamente hacia la lámpara para exámenes, caliente y brillante.

El doctor Stearne suelta la oreja. Me doy vuelta hacia él. “Me avergüenza usted”, me dice. “En realidad usted es un neurótico. Yo pensaba que ya estaba enterado de lo que es la medicina. ¿No sabe que el cuerpo es simplemente una máquina y que se daña de vez en cuando?”

“Es mi cuerpo el del daño. Me acaba de decir que tengo cáncer”.

“Cáncer en la piel. Nadie se muere de un cáncer en la piel”.

“¿Qué hago ahora?”

“Venga mañana al consultorio y le tomaré una biopsia para confirmar. Estoy bastante seguro de lo que es. La semana entrante tendrá una respuesta. Tendremos el resultado el lunes o el martes. Después lo extirpamos. Es un tumor muy pequeño. Después tal vez habrá que congelar o cauterizar el área también”.

“¿No se extiende?”

“No el de células básales. Probablemente es de células básales. Su edad, la localización. El escamoso tiene el mismo aspecto. Ese se extiende a veces”.

No digo nada. Me siento confuso, muy alejado del cuerpo que está sentado derecho y rígido junto a la lámpara y la mesa de exámenes.

Entra el paciente siguiente. Mis notas dicen: Estudiante alto, delgaducho, de pelo rojo. Amistoso. Un furúnculo en su pierna nervuda. Tratamiento local. El cirujano se muestra remiso.

Después de que el muchacho se va, vuelvo a la normalidad. Decido (tal como recomiendan ahora los defensores de los pacientes) hacerme cargo de la situación. “Russ Stearne”, le digo, “quiero que me haga un favor. Me conoce desde hace más de un año y va a tener que decirme que soy de los que sufre de ansiedad, esté o no enterado de la medicina. Quiero que me tome la biopsia ahora. Quiero que la ponga en un frasco de muestras, y yo mismo lo llevo al laboratorio del hospital. Quiero que lo marque ‘urgente’, y espero tener una respuesta mañana para no tener que esperar todo el fin de semana”.

Stearne alza los hombros en la forma en que lo he visto hacerlo con personas de edad demasiado obtusas para comprender lo obvio. Como ellas, no le hago caso. Mueve la cabeza y me muestra las palmas de las manos. “Yo ya sé qué es. ¿No confía en su médico?”. Me está tomando el pelo por el cambio de papeles. Ya estoy arrepentido. “Sólo es un cáncer en la piel. No se preocupe”. Sigo pareciendo preocupado. Vuelve a alzar los hombros, esta vez para mostrar que está de acuerdo.

“Mire, siéntese en esta mesa. Levante las piernas. Ahora acuéstese sobre el lado derecho”. Con frecuencia lo he oído dar estas órdenes mecánicas, y he observado con indiferencia cómo los pacientes se han movido para quedar en posición de ser examinados. De nuevo hace girar la lámpara cruel sobre la oreja candente.

“No hay nada de qué preocuparse”, dice. Después del desfile de pacientes cancerosos y de la forma desapasionada como los recibe Stearne, es poco el alivio que me da saber que él no se preocuparía. Pienso decírselo, pero de pronto me siento dócil, apaleado. Elijo la cortesía. Yo sé cómo es la diplomacia para sobrevivir.

“No lo voy a cortar”, me dice al acercarse con una jeringa de novocaína y luego con unas tijeras. Ah, recuerda todas nuestras charlas anteriores. “Puede que esto le pique”. Ya he oído eso antes. Me inyecta. No pica mucho. Pienso en cómo escribir este pasaje, y me pregunto si voy a escribirlo en medio de una lucha contra la muerte.

Me corta. “Yo arreglo a la gente”, me dice al cortar, todavía citándose. Siento el sonido del cartílago al dividirse bajo el filo de la hoja. Vuelve a acomodar la lámpara. Es más fuerte en mi ojo cerrado. No siento sino un fuerte jalón en la oreja. Oigo de nuevo el sonido del corte.

Me entusiasma que me trate. Me siento entusiasmado.

“Los saqué ambos de una vez. Están en el frasco”. Dejo de bizquear y me siento. Está escribiendo algo en el rótulo del frasco chato. El rótulo dice “urgente”.

Estoy demasiado ofuscado como para apresurarme. Me bajo lentamente de la mesa, como hacen los pacientes de Stearne. Toco gasa y cinta adhesiva en la oreja y siento el olor fresco del pegante. En el frasco el demonio parece diminuto, doblado sobre sí mismo, a flote, un súcubo ahogándose. Salgo, dándole las gracias, con el frasco en la mano a través de otra sala de espera llena de más pacientes. Preferiría llevar una muestra fecal en un desfile de Macy’s.

Dejo el frasco, envuelto en el rótulo, en el laboratorio. Me he convertido en esa cosa odiada. El resultado, me dicen, puede estar mañana, aunque es posible que tome el fin de semana. Aquí tenemos trabajo. Vuelvo a casa en el auto. Ayer sentía el falso orgullo de ser el compinche del médico. Hoy sé cómo es la situación; no soy nadie en especial. El cáncer da como la gripa.

A un sólo aliento de la salud, ¡achís!, y la prueba, la larga y difícil prueba, comienza. Es tan fácil como estornudar.

No me importa la parte que tiene que ver con la muerte. Lo que me aterra es el proceso de desesperanza, de no tener expectativas, de progresiva incapacidad, de frustrada ambición. Me arrepiento de cada uno de los momentos que he desperdiciado. Me alimento sin sacarle gusto a la comida, y les hago la vida imposible a los que me rodean. Llamo a la médica de la familia y conforma que estoy “dramatizando más de la cuenta”, que aun si resulta ser cáncer, sería en efecto casi seguramente uno de células básales, y que en efecto no sabe de nadie que haya muerto de eso al tenerlo tan joven como yo, o incluso después.

No puedo desistir, sin embargo. Tengo sueños terribles a pesar de los tragos fuertes y las palabras amables. Ahora no sólo me lamento de los detalles de mi caso, sino de la terrible expectativa de tener cáncer; es una carga de los tiempos modernos, el equivalente

interno de la guerra nuclear. Ha comenzado la primera escaramuza. El cáncer, he leído, mata a uno de cada cuatro. Un hombre de cada dieciocho pierde un pulmón. Una mujer de cada catorce, un seno. Ahí van los cólones, los estómagos, las vesículas, los testículos, la sangre, los páncreas, los hígados, las orejas. Para el puchero de la muerte.

Con la luz del día, vuelvo a la razón. Me calmo. Stearne llama con una malvada tentación. Mientras hablo me doy cuenta de que siento celos de él porque sólo está desarrollando células sanas. “Lo primero que tengo mañana por la mañana es un pulmón”, me dice. Le digo que allá estaré; nunca he visto una operación del tórax. Creo que voy a seguir con las botas puestas y que voy a volver de inmediato al trabajo.

Luego, más tarde, voy manejando; vacío, indiferente, cauteloso. En el corredor del hospital, los afiches de los hospicios son para mí, no para la pobre madre de mi ex esposa. Me siento como si estuviera visitando la sala de cirugía por primera vez, no por la centésima. “Para llegar a los pulmones sale mucha sangre”, dice Stearne. “En el camino hay un tejido muy vascularizado”. La paciente está acostada de lado, inconsciente, con una mesa giratoria con instrumental puesta directamente sobre su cabeza. Está hundida en la anestesia, enterrada bajo tela de algodón verde. Una sección de la caja torácica del tamaño de una lágrima, untada con el familiar naranja de la Betadina, se puede ver entre el ropaje. Stearne ha empezado en la parte inferior del seno con un extenso corte siguiendo el contorno de una costilla y que termina en la parte media del lado izquierdo de la espalda.

No corta con un cuchillo sino con el escalpelo eléctrico que cauteriza al cortar. La sala, muy a mi pesar, pronto huele a carne cruda. “Esto hace que la cosa sea más limpia hasta llegar a esta área aquí con todos estos pequeños vasos sanguíneos, que tienden a sangrar un poquito”, dice Stearne sobre el chispeante aparato. “Ahora estamos cortando a través del latissimus dorsi, los músculos anchos de la espalda…”. Coloca dos dedos cubiertos de caucho bajo los músculos anchos de la espalda, los levanta de la superficie bajo la cual se encuentran y los corta. A medida que mana la sangre, liga y sutura los vasos que ha cortado. Mira a su alrededor. Fija la mirada en la más vieja y tratable de las enfermeras.

“Charlene, ¿cuánto tiempo lleva generalmente una operación de los pulmones?”. Acompaña la pregunta con una sonrisa de bebé.

Charlene se encoge de hombros. Otras enfermeras, por quienes también pasa su mirada, se encogen de hombros. Su compañero, Ted Culver, los encoge satíricamente. Hasta el anestesiólogo, fuera de los problemas, en el extremo de la mesa, los encoge. Otro festival de hombros encogidos. Stearne encuentra resistencia.

“Tres horas, con frecuencia, ¿no es cierto?”, le pregunta a la enfermera.

“Eso supongo. Depende de la clase de operación que sea, doctor”. Su respuesta tendrá que bastar.

“Bueno, pues ésta nos va a tomar hora y media”. Corta más hondo, zumbando, cosiendo, profundizando la sonrisa que ha dibujado a través de la paciente ausente.

Este es el músculo romboideo, insertado en la escápula”, murmura Stearne. Después de un tiempo pasa al otro extremo de la incisión: “…Y éste es el músculo serrato”. De nuevo mete con fuerza la mano izquierda enguantada bajo el músculo y corta por la mitad con el cauterio la fascia separa. “Mis socios y yo tenemos muchos pacientes curados de cáncer que andan por ahí”, dice.

“Ayer fue el cumpleaños de ella”, dice el anestesiólogo al consultar sus gráficas. Me imagino los ansiosos comentarios que han debido de de cruzarse anoche en su cuarto del hospital.

“Para hacer esto generalmente sacamos una costilla. En este caso…”. Stearne hace una pausa y cuenta las costillas: “Es la quinta costilla”. Con una herramienta de escultor, un cincel romo con el mango largo, desprende la carne de la costilla escogida. Con tres firmes pasadas del instrumento ya está el hueso mondo y blanco. Maneja el cincel a través del cartílago en el extremo la costilla en el pecho. Sostiene en alto la costilla. “Costilla de cerdo”, dice, al ponerla en el carro de especímenes.

“No tiene mucha carne”, dice el anestesiólogo animadamente. Recuerdo la habilidad de los pacientes anestesiados para registrar lo que dicen en la sala de operaciones. Sin la costilla, se ven los pulmones, de un morado pálido, como el de la lengua hervida, y tan relucientes como si hubieran sido encerados y brillados.

Stearne devuelve a su sitio el cauterio y el cincel, y a través del agujero, mete la mano hasta el pulmón con los nudillos hacia arriba, hacia sea lo que fuere que causara la sombra en la placa de rayos X que cuelga de la pared al otro lado de la sala.

Luego dice con una voz apagada y un tono pleno de decepción y de sigilo: “¡Caramba! El tumor se ha extendido hasta la pared del tórax”.

Es un veredicto. La prisionera no muestra ninguna emoción. Le han puesto un aparato para separar las costillas. Se parece a los tornillos de presión de los carpinteros, con forma de F y de un pie de largo. Tiene una manivela y un engranaje en la intersección media, y dientes en los extremos de cada sección lateral, como las patas de un trípode.

Stearne ajusta los dientes de una sección contra la cuarta costilla, y los de la otra contra la sexta. Hace girar la manivela. Las palas se extienden, y la abertura en su cuerpo, del tamaño de la boca de un buzón de correos se duplica en anchura. Un instrumento refinado.

Ahora es más fácil ver más pulmón y hacer la evaluación del caso. Vuelve a meter la mano para palpar el tumor.

“Tal vez éste no se pueda operar”, dice. “¿Tiene sangre?”, le pregunta al anestesiólogo. “Si lo saco, puede sangrar mucho. Está sobre la aorta”. Está palpando, informando, manipulando, palpando más profundo. Mece la cabeza, saca la mano y suspira.

Veo centenares de puntos negros en la superficie del lóbulo superior al descubierto, como si alguien hubiera agitado y agitado una pluma fuente sobre un papel secante morado.

Pregunto qué es eso.

“Partículas de carbono”.

“¿Eso no es el cáncer?”

“No, cualquier fumador tiene los pulmones así. También cualquiera que viva cerca de una fábrica, o al lado de una carretera con mucho tráfico. Cualquiera que trabaja en áreas con humo o donde hay polvo de carbón. Cualquiera que viva en una ciudad. Así se ve la contaminación ambiental”.

Miro con cuidado los puntos negros. Me pregunto si los objetivos de la conservación ambiental no se alcanzarían más fácilmente si todos fuéramos transparentes, como los peces tropicales, si nuestros pulmones morados mostraran cualquier huella de porquería a través de la piel cristalina.

Culver, el socio de Stearne, mete la mano y palpa el tumor . Stearne lo palpa un poco más y describe lo que encuentra para que Culver lo verifique: “El tumor rodea el lóbulo superior y compromete aquí la arteria. También la aorta. También la pared del tórax. La cisura interlobar está completa”. Culver asiente. Stearne piensa, y dice concluyentemente: “Voy a sacar toda la masa. Si las arterias y las venas se incrustan en el tumor, no se puede. Por lo menos en su caso, la arteria no lo está”.

“Voy a iniciar una unidad de sangre”, dice el anestesiólogo “y veamos, la presión es de uno-diez”. Stearne corta muy profundo en la herida. Empieza la resección con ahínco.

Cuando actúa es más tratable, se concentra más, es más cortés. Mientras trabaja le habla a Culver constantemente. “Por aquí encuentro una adhesión… Sí… Esta va a ser una

operación paliativa. También se le va a aplicar radiación… Veamos si puedo alcanzar un poco más, distalmente… una pinza para acá… Creo que hay un pedazo grande ahí abajo… sí… Tal vez es mejor usar esto… Por aquí la arteria está bien. Ahora tengo que encontrar la otra rama… Teóricamente, sin este lóbulo soportará mejor la terapia con rayos X porque el cuerpo tendrá menos desechos de tejidos que eliminar… Puedo llegar hasta el extremo…”.

Culver, quien ha estado asistiéndolo dentro de la herida, recortando suturas, sondeando y moviendo los tejidos para que Stearne vea mejor su trabajo, interrumpe el monólogo. “Es una pérdida total”, dice. “Demasiado tumor”. Es la primera vez que ha hablado.

Stearne retrocede y hace una pausa. Mira a la enfermera que no quiso decirle cuánto dura una operación de los pulmones, y Ie hace una nueva pregunta: “¿Cómo estás, Charlene?”.

“Muy bien”.

“Buena cosa, porque si no te sintieras así se me arruinaría el día”.

Ya tiene el pulmón casi sin ninguna inserción. Lo dobla para sacarlo de la herida y, señalando con gestos la abertura libre, me invita a que la inspeccione, como un anfitrión llevando amablemente un huésped a la sala. La incisión ahora tiene pie y medio de largo, medio pie de ancho y un pie de profundidad. Más allá del marco de la grapa en forma de F, las paredes laterales cubiertas de gasa se curvan hacia un fondo rosado y palpitante. “Eso en el fondo es el pericardio, que tiene adentro el corazón, que lo hace palpitar”. El pericardio se estremece con pulsos agudos y sanos. Tiene venas como una hoja. Su ritmo coincide con los piticos del monitor cardíaco del anestesiólogo. El sonido abstracto que desde hace un año oigo en todas mis visitas al hospital señala esta carne pulsante. Me echo atrás, para escuchar.

“Es un latido muy normal”, dice el anestesiólogo, y canturrea el ritmo: “Ta-dit, ta-dit, ta-dit”. De acuerdo al reloj en la pared, la operación lleva una hora. De acuerdo a Stearne, nos queda media hora.

Reanuda su monólogo: “Ahora bien, este ramal que baja por aquí sí que es grande… ¿Tienes un punto de sutura para poner en la arteria pulmonar?… Ahí, ese está bien, sí… Controlemos todas las arterias de los lóbulos inferiores, luego las venas… Aquí los lóbulos no están conectados por el tumor… Sí, no están… Así es más fácil que cuando están entrelazados por un cáncer pulmonar. En un caso como esos, sin embargo, un engrapador quirúrgico puede fácilmente desarrollar una hendidura entre los lóbulos. Esa es una de las formas en que es útil… Está bien, démosle la vuelta al lóbulo…”. El lóbulo tumoral, colgando de unas pinzas, sale un poco más de la incisión.

Veo el cáncer.

Es amarillo smog y se esconde justo bajo la superficie del pulmón, manchado en parches, como requesón cubierto de piel. Stearne corta los filamentos de tejido sueltos que todavía unen el lóbulo con el pulmón, hasta llegar al puro borde del pericardio. Al momento, el lóbulo sólo está unido por una tira delgada de tejido. Saca el lóbulo bien afuera de la herida. Puedo ver a través del arco interior del pecho la pared opuesta de la caja torácica. La luz de las lámparas quirúrgicas penetra la piel. La vista a través del interior es como mirar los arcos y varillas de una sombrilla de sol.

Stearne muestra la tira de pulmón que desde el lóbulo casi separado se interna en la herida. “¿Esto es algo importante, Charlene?”, pregunta. “¿Está bien si uno y corto esta cosa aquí, aunque no sepa lo que es?”. Corta. “¿Tienes unos 3-0, Charlene?”.

Charlene le pasa unos 3-0. Stearne cose. Charlene levanta delicadamente el lóbulo pulmonar con unas pinzas y lo deja caer en una bandeja de acero inoxidable. Se lleva la bandeja de mesa de operaciones hasta un carrito junto a la puerta. Yo voy a mirar. El lóbulo está junto a la costilla. Silba mientras lo miro, silba como una llanta picada, pierde vida.

El mismo sonido se escapa de los bronquios cortados en el sitio donde el lóbulo estaba unido al siguiente. Stearne cierra la brecha con más 3-0 y le dice al anestesiólogo: “Está bien. Hiperventile al paciente”. Vierte una botella de un galón de una solución salina tibia en la cavidad remendada del pecho y se queda observando el agua empozada, alerta a cualquier burbuja que pueda indicar un escape de aire. Cuando está seguro de que está herméticamente cerrado, drena el tórax con una aspiradora, y luego lo cierra.

Stearne se relaja. Endereza los hombros. “A mucha gente no le duele mucho esta operación”, dice, “pero varía”.

“¿Nombre oficial de la operación para el formulario?”, pregunta una enfermera. Detrás de ella, dos enfermeras más cuentan las compresas, después las agujas.

“Lobectomía superior izquierda”. La incisión, ya suturada, se parece a dos enormes labios fruncidos que le muestran al cirujano gran sonrisa. Después dice, dirigiéndose a nadie en particular: “La extracción del pulmón no afectará la duración de su supervivencia. Puede que la haga sentirse más cómoda. Evitará que le falte el aliento; el tumor se había infiltrado en el lóbulo que sacamos, de modo que no oxigenaba la sangre que era bombeada allí. Lo que ahora le queda de pulmón oxigenará la sangre por un tiempo. El cáncer pulmonar es muy grave”.

Charlene está andando a gatas en el piso al pie de Stearne. “Se me cayó una aguja”, dice. La encuentra junto a la pata de la mesa. Se queja al levantarse, y dice con un suspiro: “Me estoy volviendo vieja”.

Despojada de sus ropajes, pasan a la paciente con cuidado de la mesa a una camilla. Su costilla y su pulmón dejan la sala en su propia camilla, cubiertas ahora como si la carga fuera un diminuto cadáver entero. Nosotros seguimos en fila tras la paciente, a quien llevan rodando por el pasillo hasta la sala de recuperación. Unas enfermeras nuevas, entre aquellas del hospital con más posibilidades de ejercer sus habilidades libremente, se afanan en torno a la camilla al rodar hacia la sala de recuperación Stearne le pasa a una de ellas uno de los frascos intravenosos que ha llevado en alto durante el corto trayecto. La paciente despierta rápidamente y, en alguna parte de su ávido cerebro, debe de oír a la enfermera, una enfermera grande, sudorosa y pelirroja, decirle suavemente al oído:

Todas vamos a estar pendientes de ti, cariño. ¿Quieres que te suba la cobija? ¿Te duele la mano? Sólo tiene unos tubos, eso es todo”.

Un poco después, Stearne se encuentra conmigo en el estacionamiento del hospital. “¿Adivine qué?”, me dice. “Usted no tiene cáncer. Estuve en patología”. De nuevo me lleva como medio minuto saber de qué me está hablando realmente. Invito a unos amigos a comer y celebramos con champaña. Sonrío durante tres días seguidos. Pero las cosas han cambiado; siento la lógica de la coraza del facultativo de tiempo completo. Tiene más sentido. Permanecer expuesto ante los azares de la vida es permanecer de luto. Después de una semana de dudas, mi vida vuelve a crearse. Un brindis para los responsables.

Stearne me ofrece más operaciones de cáncer. Estoy ansioso por ir, y cuando lo hago, la sala parece menos exótica y más monótona que nunca antes. Hoy es un taller con buenas herramientas, donde se ejerce un oficio. Traer sobre ruedas el trabajo, comprobar la orden de trabajo que viene con él, arreglar las cosas lo más que se pueda, y que venga el siguiente.

Los chistes parecen inocuos, una manera cómoda de aliviar las presión de un largo día de trabajo. Un viejo con plata le pide a una muchacha que se case con él. ¿Y del sexo qué?, le pregunta ella. Infrecuentemente, dice él. ¿Esa es una o dos palabras?, pregunta ella. En la mesa se lleva a cabo otra incisión: a trabajar.

El paciente es un apacible hombre de pelo gris que no ha cumplido aún los sesenta.

Parecía pulcro y agradable cuando lo conocí la víspera en la tarde. Sus radiografías están ahora en un negatoscopio detrás de la mesa. La sombra de la realidad, en la película, deja la sospecha de la enfermedad inesperada. Sólo muestra el problema en general, pero el destino del paciente depende de los detalles, de una diferencia de milímetros en su localización, de la oportunidad del descubrimiento accidental.

Stearne volvió al hospital después de las horas de consultorio para estudiar la radiografía. Visitó al radiólogo y luego subió a ver al paciente. Le temblaron la cabeza y las manos al hablarle sobre lo que revelaban las radiografías. “Como le mencioné en la oficina, es un tumor, está en el intestino grueso y queda como a un pie del ano. Según esta nueva radiografía, parece pequeño y fácil de extraer. Vamos a sacar seis pulgadas de intestino a cada lado del tumor y luego coseremos el resto del intestino; todavía tendrá colon, sólo que va a ser más corto. Si las cosas resultan como parecen, no hay necesidad de una colostomía. Esa sección nunca le hará falta. Todo parece bien”.

“No puedo entenderlo”, dijo Stearne tan pronto salimos al corredor. “No sé por qué empezó a temblar así, después de que le dije que las cosas parecían estar bien. Sigo pensando que yo no reaccionaría así”. Esta vez le creo. Todo lo tiene en reserva, tal vez permanentemente. El paciente y yo somos manzanas sensibles; Stearne es una naranja sensible. Se necesitan toda clase de ejemplares. No juzga. Él hace su trabajo.

En la sala de operaciones, Stearne ya ha cortado hasta el lugar de la sombra. Coge el asa de intestino que contiene el tumor ultrajante y lo palpa.

“Está contenido”, anuncia. “Eso parece favorable”. Lo manipula con los dedos. “Está fácil de movilizar. No tiene adhesiones. No atraviesa la pared intestinal. Ahora no puedo verlo, y esa es una muy buena señal”. Lleva la mano hacia arriba y después bajo los intestinos y palpa los lóbulos del hígado, donde generalmente migra el cáncer intestinal, donde es posible que se presenten malas noticias. Investiga el hígado con los dedos y, mientras lo hace, echa una mirada sobre el hombro y sus ojos se cruzan con los de una enfermera joven, que sabe se preocupa particularmente por el destino de los pacientes, y le dice: “Parece que no hay metástasis… en el lóbulo izquierdo… y tampoco en el derecho. Está limpio”. No hay suspiros de alivio, pero todo el mundo sonríe. Los ojos de las caras enmascaradas parecen de verdad amables.

Están salvando una vida. Alguien que acabe de llegar puede no darse cuenta del alborozo, pero el procedimiento se vuelve verdaderamente. Nadie baila en su sitio, ni se muestra alegre. Todo parece como ayer o como la semana pasada, sólo que las risas parecen menos forzadas. Los asistentes y el cirujano tienen razones para sentirse útiles y no impotentes. Estar trabajando ahora justifica muchos otros trabajos realizados en medio de la desesperanza. El extremo limpio del intestino ya seccionado, una pulgada atrás por un hemóstato con pinzas como pico de pato, es grueso y rosáceo, como los labios de un bebe que acaba de mamar. Stearne alaba a una rápida asistente quirúrgica diciendo: “Es buena. Es muy buena”, y aun al repetir las palabras hasta que cambia su significado, provoca una o dos risitas ahogadas.

Mientras bromea, trabaja más gimnásticamente que durante la mayor parte de sus operaciones. El campo quirúrgico está muy dentro del paciente, debajo del ombligo, en medio y por debajo del arcoilíaco, y bajando por el embudo de espacio dentro de la cavidad pélvica. Cose con agujas curvas sostenidas por pinzas de mangos largos. Está agachado y, bajo la bata, rotan sus caderas al coser, verificar las puntadas y coser de nuevo. “Está muy buena”, su voz hace eco dentro del húmedo abdomen.

Sus campo quirúrgicos siempre terminan pareciendo espléndidos. Una rejilla de grapas mantiene suspendido el sitio de sus puntadas con una tensión a lo Buckminster Fuller. “Es muy buena”. Le pasa a una enfermera de pie el intestino extraído para que lo lleve al laboratorio de patología. Inserta desde el exterior en el ano del paciente una máquina que parece una pistola de calafatear, pero que de hecho es un engrapador intestinal, lo desliza hacia arriba por un fragmento de intestino que todavía se extiende hacia adentro y luego, desde el interior, desliza el otro extremo del intestino en la punta de la máquina, poda y pliega hasta que todo el tejido está bien en su lugar, y finalmente dispara un círculo de grapas inoxidables. Sellado, limpio, sin cáncer, el paciente es ahora topológicamente idéntico a las personas sanas, un toro, una rosquilla, un sólido con un hueco que lo atraviesa; de nuevo hermano carnal de todas las cosas vivientes mas evolucionadas que un paramecio. También dentro de este paciente vierte Stearne un galón de solución salina tibia, tan indiferente como si estuviera llenando un lavamanos. No hay burbujas. Terminado el trabajo. Cierra rápidamente. Sutura la herida con un monofilamento. Ayuda a la excelente enfermera a quitarle la bata al paciente. Cuando llega al pene, se detiene y lo mira. Señala hacia la quijada, encintado y con una sonda que le sale de la punta.

“¿Quiere ver un ejemplo de agresión pasiva?”, pregunta.

Desprende la cinta adhesiva del pene, tal vez con más fuerza de la necesaria.

“Ahí tiene”, dice. “Ahora no tengo que ir a la casa a darle una patada al perro”.

Pasan una semana o dos y charlo con Stearne por teléfono. Estoy pensando escribir sobre mi breve experiencia como paciente enfrentado a la posibilidad de tener cáncer. “¿Podría decirme cuál fue la cosa inofensiva que tenía yo según el informe del laboratorio, y cómo se escribe?”

“¿Y qué pasaría si le contara que le dije una mentira y que le quedan seis mese de vida?”, me pregunta.

De alguna forma me doy cuenta incluso en ese momento de que aquel hombre cauteloso me está regañando por hacer tanto escándalo por una enfermedad menor, y además por una que resultó más benigna de lo que él había predicho. Pero mi voluntad, reforzada hace tan poco para interpretar sus comentarios con la debida tolerancia hacia su duro trabajo, de nuevo me abandona. “En primer lugar”, le respondo, “le diría que fue una respuesta sádica… y después le preguntaría si es verdad”.

“No es verdad. Le estaba diciendo una mentira, no tiene cáncer. Va a vivir mucho tiempo”.

Cuando cuelgo, me voy a buscar al perro.

 

*Texto de Los periodistas literarios o el arte del reportaje personal (1996). 

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