Todo esto pasó hace dos semanas. Yo estaba muy tranquilo en mi casa cuando uno de los organizadores vino a invitarme. Vamos a hacer una reunión para tratar los problemas urbanos, me dijo, en la que va a estar presente el licenciado López Portillo, y queremos que usted asista. A título de qué, le pregunté. Me dijo que los demás participantes eran especialistas en diferentes materias y que el IEPES había considerado conveniente que un individuo como yo, sin conocimientos específicos ni intereses profesionales, pero con experiencia pragmática de la ciudad fuera a la reunión y tomara la palabra si lo consideraba conveniente.

Yo acepté, pasaron por mí, me llevaron a Teotihuacán y me dieron un lugar en la mesa redonda, con mi nombre escrito en una plaquita, y allí me senté y allí me quedé hasta que acabó la reunión. Creo que les fallé a los que me invitaron, porque cuando me mandaron preguntar si quería intervenir en la discusión, me negué a hacerlo. Lo único que hubiera podido decir en esos momentos, en representación del ciudadano en bruto, hubieran sido frases cortas como “Propongo que se levante la sesión”, que duró de las cuatro de la tarde a las once y media de la noche.

La memoria de la experiencia es ambigua. Por una parte debo decir que desde que era chico no me aburría tanto en una tarde. Por otra, tengo que confesar que por nada del mundo me hubiera perdido de lo que vi y oí en esa ocasión.

En el fondo, la reunión en sí fue ambigua, mitad espectáculo y mitad exposición de conocimientos, mitad reunión científica y mitad política, mitad preocupación social y mitad esperanzas de conseguir chamba en el próximo régimen. Todo muy válido, pero no por eso menos sorprendente para quien no está acostumbrado a andar en estas jornadas.

El lugar que se escogió para poner el templete fue junto a la base de la Pirámide de la Luna, en el arranque de Calzada de los Muertos; se levantó un tablado y se puso la mesa redonda en el centro, con unos cuarenta o cincuenta lugares, rodeada por tres lados de graderías con sillas para ochocientos.

El candidato y el gobernador del Estado de México llegaron puntuales, entre aplausos, vivas y los acordes estruendosos de “Zacazonapan”; se abrieron paso entre los billeteros de la Lotería, que fueron a mostrar su adhesión uniformados de amarillo. Iban seguidos de una comitiva que llenó las ochocientas sillas que había en las gradas. Después de abrazos breves empezó la reunión.

Se leyeron 24 ponencias de entre diez y quince minutos cada una. Algunas muy interesantes; entre ellas la del ingeniero Hiriart, que demuestra que si se hace la inversión necesaria que no es prohibitiva, hay agua suficiente para abastecer la ciudad de México hasta el año 2000. Otras, demasiado generales probablemente debido a que los ponentes tuvieron que limitarse a cinco cuartillas. Otras están escritas con el estilo circular llamado “rosca de Reyes”, muy usado en documentos oficiales y oficiosos. Por ejemplo: “[…] la diversidad de enfoques obedece al conocimiento de la interrelación que existe entre todos al conocimiento de la interrelación que existe entre todos los hilos de la problemática y a la certidumbre de que los problemas no se resuelven contemplándolos aisladamente”, etc. Otros ponentes hablaron como lo han de haber hecho los dioses, creyendo que nadie había oído antes lo que iban a decir. Nunca he oído tantas buenas intenciones expresadas en un rato.

Noté con satisfacción que ninguno de los que leyeron o hablaron pretende que el crecimiento de la población con los índices que tiene México, sea signo inequívoco de salud, tesis que hace seis años hubiera sido aceptada casi sin discusión.

Primero hubo un sol muy fuerte, después, tierra, después, se metió el sol y sopló un airecito colado. Empezamos en camisa y acabamos tapándonos con sarapes de damnificado. Después de escuchar doce ponencias y cuatro o cinco espontáneos, se suspendió la sesión y nos dieron sándwiches, pero en vez de comérnoslos en el silencio que apetecíamos, tuvimos que oír el texto que escribió Salvador Novo para el espectáculo de luz y sonido, que me pareció más aburrido que cualquiera de las ponencias. Yo aproveché la oscuridad parcial para sacar del morral el ánfora de Bacardí. Mientras contemplaba a lo lejos la pirámide del Sol, iluminada de modo que parece de cartón, le ofrecí un trago a un señor que estaba cerca, quien, según dijo, es dueño de veintiún pistolas. No aceptó. Comprendí que había metido la pata. ¿Por qué las funciones del PRI tienen que ser abstemias? ¿De dónde vendrá esta maldición?

Por Jorge Ibargüengoitia

*Texto publicado en Excélsior (1978).

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