Por Alejandro Medina*

Foto por Olivia Garza García, de la serie ‘4 años sin Roy’

El otro día tuve un encuentro con un policía municipal de tránsito. Y no, no fue de esos que ustedes se imaginan. Y no, tampoco estaba borracho.

Caminaba con mi cámara por la avenida Kabah, en Cancún, cuando me topé con un policía de tránsito que se encontraba observando los carros y a los peatones que pasaban por allí. Como mi objetivo era obtener opiniones sobre los anuncios espectaculares y él se encontraba justo delante de unos, decidí ir a ver si me podía regalar unas palabras.

Cabe decir que no obtuve lo que me proponía en un principio, pero sí algo mucho mejor. No sé cómo ocurrió, pero terminé inmerso en una conversación de algo así como una hora con lo que hoy se puede considerar una especie en peligro de extinción: un policía íntegro y trabajador.

“La corporación policiaca es una mierda… Y me refiero a nivel nacional“. Esa fue una de las primeras cosas que me dijo aquél día, entonadas sus palabras con un orgulloso acento yucateco. Identificaba como principales problemas de la policía el hecho de que no fuese autónoma y que tuviera que responder a un jefe nuevo cada tres años. “Cada nuevo alcalde que llega es la misma historia”, decía él.

Destacaba que, a diferencia del ejército, a la policía le faltaba buena formación, y que sus mayores carencias eran el honor, la lealtad y un buen equipamiento. “¡Mira nuestras motos! ¿Cómo esas motos pueden inspirar respeto? Tanto de uno mismo como de los demás. Hasta las motos de los repartidores de pizza están mejor equipadas. ¡Coño, no es posible!”.

Enfatizó la importancia de tener equipamiento digno, porque de otra forma no es posible trabajar dignamente; además, un equipamiento mediocre no inspira orgullo, ni a la ciudadanía ni a los elementos policiacos. “Mi uniforme no me lo han cambiado desde hace cinco años, y nosotros tenemos que comprarlo”.

Contaba con indignación cómo persiste en México una falta de hermandad entre los mexicanos y una falta de liderazgo por parte de los altos rangos, en todas sus modalidades. Me soltó la premisa básica de cualquier líder, misma que él llevó a cabo cuando fue supervisor en la policía preventiva (los rangos y puestos en la policía son rotativos): “Primero mi tropa, después mi tropa y hasta el último… mi tropa”.

Terminó diciéndome algo que no voy a olvidar: “Oye, Alex, si tú alguna vez llegas a estar arriba, tu primera preocupación deben de ser los de abajo. Yo veo cómo sufre mi pueblo y me duele. No es momento para que nos estemos echando la soga al cuello entre nosotros, porque si a nosotros no nos importa, ¿a quién le va a importar?”.

Con una sonrisa me despedí de aquel policía de Cancún, una persona que no tiene miedo de dar la cara por lo que cree y con una disposición genuina de servir al otro. No sé si vuelva a verlo, pero lo que sí es seguro es que la próxima vez que me tope con un policía o que me paren por exceso de velocidad, les daré el beneficio de la duda. Es lo mínimo que podemos hacer en respeto a todos los policías de México que ejercen su profesión honestamente.

*Texto publicado en DeAmericaSoy [http://deamericasoy.com/]

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