Por Ryszard Kapuściński

Ilustración de la serie: ‘Espacios Modificados’ Por Colectivo Zaguate

 

El conflicto entre el derecho a la intimidad y el derecho a la libertad de información existe desde siempre y probablemente jamás podrá ser resuelto de manera ideal. Es uno de los conflictos típicos de la democracia, de ese sistema lleno de contradicciones que Fromm definió como “fuga de la libertad”. No obstante, es un conflicto que, por suerte, no afecta a todas las sociedades por igual ni a todos los ciudadanos. Por suerte tampoco se manifiesta en todas partes de una manera tan drástica como en el caso de la princesa Diana, de su trágica vida y trágica muerte. Y es que, en este caso, como en casi todos, cuando profundizamos nuestro análisis de un problema tratando de llegar hasta sus causas primarias, nos convencemos de que lo principal es el nivel de cultura existente.


En los últimos decenios se ha producido una auténtica revolución en la difusión de la información que ha dado vida a una numerosísima capa social que trabaja en los medios de comunicación o de alguna manera vive de ellos. Pero, como suele ocurrir en todas las revoluciones, llegan a los lugares en que se adoptan decisiones, personas carentes de preparación profesional, personas de ética empobrecida.


El periodismo del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX era un periodismo ejercido por gente muy preparada, por gente de alto sentido de la honestidad, con un código ético muy riguroso que, con lo que escribía, se hacía con un nombre prestigioso, con una influencia palpable. Hoy la profesión de periodista ha sufrido una catastrófica comercialización y han desaparecido prácticamente de ella los nombres, porque la inmensa mayoría de los periodistas trabaja en el más absoluto anonimato. Ese periodista sin nombre no tiene necesidad de personalidad alguna, y cuando el trabajo no está personalizado, no requiere responsabilidad.


Por otro lado, en el periodismo de hoy hay una competencia desenfrenada y salvaje. Cuando es esa la competencia que impera, la ética, por fuerza, queda apareada. La profesión periodística ha perdido sus cualidades como el dinero. Antes era de oro, ahora es de papel y aluminio. ¿Cómo se puede esperar que la intimidad pueda ser respetada por profesionales sin preparación, sin escrúpulos y sin responsabilidades? Cuando el nivel de cultura de una sociedad es alto o su tolerancia para los demás muy elevada, no se acepta la violación de la intimidad ajena. Hay países, como por ejemplo los escandinavos, en los que la vida privada de los famosos a nadie le interesa, y otros, como los países anglosajones, donde ese interés raya a veces con la obsesión. Mientras en el Reino Unido las vivencias sentimentales de los famosos hacen vibrar a las masas, en Francia a nadie extraña ni interesa demasiado que un político tenga una aventura amorosa. Esa desesperación por conocer con pelos y señales la vida íntima de los famosos es un rasgo característico de la cultura anglosajona.


Lo que pasa es que los diarios y las cadenas de televisión más potentes pertenecen a esa cultura y propagan sus hábitos y costumbres en el mundo entero. Eso hace que tengamos la sensación de que en todas partes existe la necesidad de conocer la vida privada de los famosos. Pero no es así. En Polonia, los intentos de implantar esa moda no dan resultado, y no hablemos ya de culturas como la china o las africanas.


Cuando analizamos el conflicto entre el derecho a la intimidad y el derecho a la libertad de información tenemos que ser conscientes de que, en muchos casos, hay una auténtica simbiosis entre los reporteros y sus supuestas víctimas. Es evidente que sin los famosos, los paparazzi no tendrían de qué comer, pero no es menos verdad que los grandes de este mundo necesitan a los paparazzi para mantenerse en la cumbre de la fama. Sin una presencia constante de sus nombres y fotografías en los medios de comunicación, el mundo, con la cantidad de cosas interesantes e importantes que pasan a diario, se olvidaría inmediatamente de ellos.


Hay, pues, una simbiosis permanente. Aunque puedan darse casos (y el de Diana fue uno de ellos) en los que esa dependencia mutua agobia al famoso hasta hacerle la vida imposible. Ahora bien, ¿quién se puede creer que los más ricos, potentes y famosos de este mundo no tengan medios para aislarse, si lo desean, de los agobiadores reporteros?
La existencia de esa simbiosis y el agobio consentido son dos aspectos que obligan a ser cautos al responsabilizar sólo a la prensa, sólo a los reporteros, del acoso que sufren los famosos. La prensa es muy diversa y no puede ser condenada de manera general. Hay prensa de gran nivel intelectual y cultural que también se interesa por la vida privada de las estrellas y prensa amarilla que prácticamente vive sólo de los escándalos y de los trapos sucios. Por eso hay que criticar los programas de televisión o diarios concretos y, sobre todo, a los periodistas concretos, cuando lo que hacen es vergonzoso.


Cuando se producen tragedias como la de la princesa de Gales, la gente común, conmocionada, suele buscar inmediatamente a un culpable. En este caso fueron señalados como tales los periodistas y la prensa, pero esa acusación es falsa e injusta. La gente tendría que hacerse la pregunta de por qué existe la prensa amarilla. La respuesta evidente es: porque tiene mercado, porque hay una gran parte de la sociedad, en unos países mayor que en otros, que se desvive por conocer la vida de los famosos, por conocer su intimidad.

 

Es un fenómeno psicológico muy curioso. Esa gente, leyendo las noticias o artículos sobre las estrellas o viéndolas en programas de la televisión, siente como si participase en la vida deslumbrante que llevan los famosos. El lector de pocos medios, que jamás podrá alojarse en el hotel más caro de Saint Tropez, quiere saber cómo se vive en un lugar así, y quienes relatan con pelos y señales la vida de las estrellas le ofrecen la posibilidad de conocer los lugares más lujosos y caros del mundo y los hábitos que imperan en el círculo que los frecuenta. Es una nostalgia, una necesidad humana muy natural, aunque al mismo tiempo sea poco edificante. La prensa sensacionalista y la prensa del corazón salen al encuentro de esas necesidades. Responden a una demanda concreta. Las élites siempre, ya en los tiempos de Roma y luego en la Europa de las grandes cortes reales, interesaron a las masas.


La tragedia de la princesa de Gales conmocionó al mundo, pero tengo una seguridad casi absoluta de que, después de ella, nada cambiará en el comportamiento de la prensa y de los periodistas. Tampoco cambiará el comportamiento de las estrellas. Y es que el conflicto entre el derecho a la intimidad y el derecho a la información, por suerte, no tiene solución. Su solución, cualquiera de ellas, significaría una mutilación de la democracia, significaría el fin de ese rasgo fundamental del sistema que es el enfrentamiento constante y eterno de intereses y tendencias opuestas.


Por eso, como periodista, tengo que rechazar toda solución que imponga la supremacía de uno de esos dos derechos. Si yo tuviese que buscar una solución al problema, lo haría centrándome en la ética, en la honestidad profesional, pero no tanto del reportero, del paparazzi, sino empezando por el editor del diario o del programa de televisión, por el jefe de la redacción. El paparazzi es, de todos ellos, el menos culpable, porque es más un instrumento que otra cosa. También debería existir una legislación que protegiese mejor la privacidad de la persona que realmente desease aislarse de los informadores. En Francia la tienen. Cuando falleció Mitterrand, su médico publicó un libro sobre la enfermedad que acabó con la vida del presidente francés. El tribunal de París ordenó al día siguiente confiscar toda el tiraje y así se hizo. Pienso que ese tipo de legislación debería existir para que el famoso, si quiere proteger su intimidad, pueda hacerlo de manera eficaz.

 

*Publicado en El País (1997).

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