Por Marcela Reyes

Foto por Victor Hugo Valdivia

América Latina es el continente de la realidad que parece ficción. Aquí lo irreal es algo de todos los días. Basta con buscar los textos de García Márquez sobre el embargo en Cuba, la falta de agua en Caracas o releer Relato de un náufrago para saber que a veces la realidad es increíble. Incluso sería suficiente con leer la primera portada de este periódico para saber que existen personajes como Mauricio Fernández. Pero, ¿cómo se cuentan estas historias?

A veces el periodismo tradicional, ese del qué, quién, cómo, cuándo y dónde, no da para explicar la compleja realidad que vivimos, y tal vez sea esa la razón por la que el nuevo periodismo y su máxima representante, la crónica, están retomando fuerza en los últimos años. La crónica, fruto de la relación amor-odio del periodismo y la literatura, gana espacio en los medios impresos, pues logra explicar la complejidad que nos rodea. Y para gusto mío y de otros tantos, hace unos días la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) dio la noticia de la creación del Premio Internacional de Periodismo Gabriel García Márquez, que busca reconocer el talento y el compromiso de los periodistas en América Latina, y que es, a mi juicio, una especie de segunda etapa del Premio Nuevo Periodismo CEMEX + FNPI que se entregó de 2001 a 2010 a las mejores historias en español o portugués. Ese premio marcó un antes y un después en el periodismo hecho por latinoamericanos, pues se enfocó en dar a conocer los mejores trabajos y preparar a más periodistas para enfrentarse a los hechos de manera distinta.

A través de la crónica, el premio y la fundación lograron institucionalizar este género. Las crónicas que se premiaron de 2001 a 2010 tienen un enfoque más político y social, y reconstruyen los hechos a través de la narración y la descripción; sus autores utilizan los recursos del lenguaje literario sin descuidar ese acuerdo que tiene el periodista con sus lectores de siempre: proporcionarle información real. “Un río en busca de un país”, de Claudio Cerri, describe la vida y la problemática alrededor del río San Francisco en Brasil; “Pollita en fuga”, de Josefina Licitra, cuenta la vida de Silvina, una adolescente que tiene una larga lista de delitos que van desde el robo hasta el secuestro y la tortura; en “Las mentiras de un héroe oficial”, José Carlos Paredes hace un recuento de las pruebas en contra de Ketín Vidal, un político acusado de corrupción; “Viaje al fondo de la biblioteca de Pinochet”, de Cristóbal Peña, muestra la relación del ex dictador chileno con los libros; y la última ocasión que se entregó el premio fue a Leila Guerriero por “El rastro en los huesos”, que cuenta la vida del Equipo Argentino de Antropología Forense, dedicado a identificar desaparecidos de la dictadura.

A ratos pareciera que se leen cuentos, relatos de ficción. Los autores se distinguen por narrar desde la tercera persona. No participan en la historia, pues eso implica romper con la neutralidad, pero no caen en lo aburrido —como alguna vez diría Tom Wolfe sobre el punto de vista neutro—, al contrario, entregan un relato construido con escenas, con cortes y reconstruyen diálogos (casi todos) en vez de citas directas; así cumplen con las características que el mismo Wolfe propusiera años antes.

La riqueza de este tipo de periodismo reside también en cómo, a través de la descripción, logran que el lector conozca una realidad que le es ajena. Estos textos están escritos de manera impecable y de acuerdo a las necesidades de la historia, pues cuentan con descripciones precisas de personajes, lugares, cosas, situaciones, y son estas descripciones las que logran transformar el relato. El valor del periodismo narrativo reside en extender la información, en explicar la realidad, pues hay historias que así lo requieren, que necesitan una profundidad que pocas veces se encuentra en el lenguaje de los diarios. El periodismo narrativo reconocido por la FNPI alcanza su cúspide en la crónica, pues marca ese quiebre con lo tradicional, con la objetividad, con la pirámide invertida, y es el medio que se tiene para dar cuenta del trasfondo de los hechos, para contar las historias de todo aquello que nos parece tan distante.

América Latina necesita un periodismo que se acerque a géneros como el cuento o la novela, un periodismo con el que el lector se identifique y conozca la realidad que vive. Estas crónicas se convierten entonces en ese “cuento que es verdad” y que transforman tanto a la literatura como al periodismo.

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