Por Óscar Hernández

Los días pasaban con sus noches pegadas como con cinta adhesiva. El fulgor del alba y del ocaso me daban esa impresión. Por las mañanas, abrir los ojos y encontrarte en el mismo lugar, reconocer las mismas manchas de humedad, el olor a gas, el sonido de la chicharra que anunciaba el inicio de la jornada laboral de miles de empleados, desde los que pintaban las orillas de las banquetas del complejo petroquímico, hasta aquellos que planeaban la exploración y producción de los miles de pozos petroleros de la región.

El calor me ahogaba desde temprano. Fieles compañeros son las manchas de sudor alrededor del pecho y frente, y la toallita para retirarlo. Trabajar bajo el sol era una constante. A veces el día se iba en rotular pipas, señalamientos de rutas, colocar anuncios a la intemperie; a veces el tiempo se iba en producir señaléticas en el taller, pero no por estar bajo techo se salva uno del azote del calor. Además había que agregar el acoso de los mosquitos y el miedo a contraer dengue.

Poza Rica, Veracruz constantemente me hizo imaginarla como un enorme infierno verde. La vegetación endémica del lugar siempre abastecía a los tordos de mangos y naranjas para picotear y degustar algunas veces; si corría con suerte, obtenía algunos mangos que inundaban mi habitación con todo su aroma.

La ciudad me adoptó, me mostró detalles de mí que no conocía. Me maltrató y al mismo tiempo me reconfortó con amigos y con gente que conocí a lo largo de mi estadía; me ofreció escuela, trabajo y, sobre todo, aprendizaje. Recientemente rotulé un módulo en Interplaza y recordé sonriendo a la gente con la que trabajé, las cosas y trucos que me enseñaron, las habilidades con el vinil, el atomizador con agua y un poco de Fabuloso y la habilidad para utilizar la pleca. Muchos taxis de Poza Rica fueron rotulados por mí. Al término de la jornada, una mancha sobre mi pecho en forma de V se formaba a base de sudor seco. Muchas veces me dije a mí mismo que era una V: la V de la Victoria.

 

Comments

comments