¿Qué sabemos sobre la psicología del espionaje? ¿Por qué es que tantos intelectuales se han visto seducidos exitosamente por las potencias extranjeras?

¿Por qué no es el campesino quien habla y confiesa bajo el terror de la dictadura? ¿A qué se debe que sea el intelectual el primero en confesar, colaborar y traicionar?

J. Edgar Hoover, jefe del FBI, nos dio una explicación de por qué algunos intelectuales se dejan seducir por el espionaje comunista cuando dijo de Harry Gold, el mensajero y espía atómico de los soviéticos:

“¿Cómo es que este hombre se inició en la traición? Se consideraba a sí mismo como un idealista, y lo hizo sentirse por encima de la ley; una justificación de los medios por el fin… Se volvió un espía soviético mediante su asociación con amistades Rojas, gracias al idealismo mal ajustado de luchar por los desvalidos”.

Este análisis también le cuadra al Dr. Klaus Fuchs, o a Bruno Pontecorvo, o a cualquier espía científico de la última década.

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La juventud de Klaus Fuch puede darnos indicios de por qué se rebeló contra la presente sociedad; por qué él, el hijo frustrado de un pastor, tenía ganas de hacer “grandes cosas”. Cuando se considera que fue el hijo de un padre que hizo cuanto pudo para hacerlo diferente –un padre que con frecuencia admiraba y odiaba a la vez-, la conducta de Klaus Fuch se torna comprensible.

Su padre era un ministro y pacifista durante los primeros años de la Alemania de Hitler. Otros miembros de la familia Fuchs marcharon rumbo a la conquista.

Eran prusianos; Klaus odiaba a Prusia. Eran nazis; Klaus se volvió un refugiado. Eran “arios”, y Fuchs era un nombre judío en esa Alemania, a pesar de que el padre de Klaus era protestante. Tal vez siempre hubo dos Klauses: uno alemán, y otro foráneo.

Inestable, perseguido, infeliz y nervioso, necesitaba de una alianza violenta y exterior, el amor de un país verdadero. Se sentía desterrado. En estos años se encontró con frecuencia cerca del colapso. Es aquí que la maquinaria secreta de los soviéticos ejecutó su movida. Fuchs escuchó las palabras del agente enviado por Lavrenti Beria, la increíble cabeza de todo el espionaje soviético. El malpagado Fuchs no estaba interesado en los 500 dólares que le ofrecieron. Fue un “humanitarismo” torcido lo que terminó por convencerlo.

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De hecho, la mayoría de los espías científicos en la nómina soviética estaban dispuestos a trabajar gratuitamente. Pero el servicio secreto soviético insistió en pagar y exigió recibos que constataran la colaboración de sus agentes. Cualquier recibo por dinero, incluso uno firmado con nombres ficticios, suspendía una espada de Damocles sobre la cabeza del agente.

¿Era Fuchs el típico espía soviético?

Era débil, solitario y estaba perdido en un mundo caótico. Pero su perfil no concordaba con el delineado en la Orden 185,796 de inteligencia soviética: “Los agentes deben ser parte de la intelligentsia; no deben dudar en sacrificarse en los momentos más cruciales”.

Fuchs no fue capaz del último sacrificio. Traicionó a sus colegas, varios de ellos nuevos espías soviéticos arrestados en los últimos años.

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Alfren Dean Slack, el espía de Estman Kodan, testificó en contra del mensajero Harry Gold. Gold admitió que David Greenglass había robado los planos de la bomba atómica de Nagasaki para él. Greenglass, por su parte, traicionó a su propia hermana y a su cuñado, los Rosenbergs, en una confesión. Ese fue el orden en la cadena de traición.

Pero aún hay agentes soviéticos que permanecen fieles, que nunca cederán. Estos son todos los hombres y mujeres que preferirían morir a traicionar a todo su círculo de espías y a las autoridades soviéticas.

El Dr. Edward Glover, eminente psiquiatra inglés, quien estuvo presente durante los juicios de Fuchs, analizó el carácter y la mente del traidor: “Su carácter es pervertido, por lo general incalculable y con frecuencia antisocial. Por encima de todo, suele ser ajeno a la culpa; en efecto, parece sentir cierto orgullo por algunos de sus logros más extraños”.

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El servicio profesional de espionaje reclutará a todo tipo de espías: desde los homosexuales y otras personalidades anormales hasta el individuo más pobre.

Los espías han creído que hay dinero y glamur en el espionaje. No los hay. Los espías nazis y comunistas con frecuencia trabajaban gratuitamente, bajo las ordenes del partido. Aún así, los nazis en alguna ocasión le pagaron 250 mil dólares al agente albano Cicerón, quien copió documentos secretos de las conferencias de Yalta y Teherán. Se dice, sin embargo, que el dinero era falsificado. Conozco varios agentes que nunca han recibido más de 50 dólares a la semana, más gastos.

Gerhart Eisler, llamado el espía soviético No. 1 de América, vivió en la pobreza en Nueva York. Magda Fontages, quien fue amante de Mussolini y luego espía para la Gestapo, trabajaba sólo por 42.50 dólares al mes durante la guerra.

Por Dr. Kurt Singer

*Fragmento de France: Defection of Leftist Intellectuals, publicado en la página del FOIA (Freedom of Information Act) de la CIA. Traducción de Staff de El Barrio Antiguo.

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