Por Carmen Libertad Vera

Eran finales de los años 60. Guadalajara comenzaba a extenderse hacia terrenos entonces inimaginables, como los dispuestos hacia el lado norte, conocidos como los rumbos de la carretera a Saltillo. De hecho, más allá de la glorieta de la Normal abundaban los predios vacíos, llenos de breñales. Ni señal de los fraccionamientos para clase media que pronto ahí se edificarían. Cuando mucho, escondida entre Ávila Camacho y prolongación Alcalde, estaba la colonia Guadalupana. Pero de Jardines Alcalde, Santa Elena Alcalde, Santa Mónica o Colinas de la Normal, ni sus luces. Vamos, ¡ni siquiera existía el edificio del DIF!


Lo que sí ya existía por los alrededores era el Parque Alcalde y, justo en frente, estaba el campus universitario, con edificios de curvada silueta roja. Por su parte, la hoy Benemérita y Centenaria Escuela Normal de Jalisco también ocupaba su sitio actual, y junto a ella, recibiendo el cobijo de su nombre, estaban dos instituciones anexas: un jardín de niños y una escuela primaria.


También existía la FEG (Federación de Estudiantes de Guadalajara), poderosa organización estudiantil que aún no recibía el obsequio presidencial del imponente edificio, de la calle Carlos Pereyra, mismo que durante décadas fue su sede oficial, hasta que recientemente fue derrumbado, mediante programadas y explosivas demoliciones ordenadas por el actual gobierno de Jalisco, encabezado por Aristóteles Sandoval.


Desde luego, existía además la fama porril de la FEG y los porros golpeadores de la FEG. Para no pocos tapatíos, tan sólo escuchar a alguien pronunciar esas siglas propiciaba en ellos un inequívoco sentimiento de temor. Temor como el que un día, en forma colectiva, sintieron todos los alumnos de la Urbana No. 108 —mejor conocida como la Práctica Anexa a la Normal—, cuando ellos, impacientes, veían que el tiempo después de su recreo transcurría imparable, pero sin que el esperado toque de salida se escuchara.


Esa situación trastocaba totalmente el biorritmo escolar e incrementaba en los alumnos su creciente antojo por un raspado de grosella o una jícama con sal, chile y limón, antojos que, con mayor precisión que un reloj checador, les indicaban cuánto tiempo faltaba para salir de la escuela e ir, en avalancha y directo hasta los múltiples vendedores de raspados, frutas y chucherías que por ellos esperaba todos los días en forma más vehemente que sus propios padres.


Larga era la espera. Mientras tanto, los alumnos que permanecían ahí, encerrados dentro del plantel sin poder salir a la calle, trataban de saber cuál era la causa por la que se encontraban sorpresivamente retenidos.


Debido a que el edificio de la Escuela Práctica Anexa a la Normal tenía, para favorecer la ventilación, muros construidos en forma de celosías, cada uno de los hueco en la pared se convirtió en un visor panorámico hacia el exterior, miradores perfectos para que toda la curiosa chiquillería, desesperada e incontrolable dentro los salones de clase, tuviera la oportunidad de mirar hacia la Glorieta de la Normal, enterándose así, y desde la seguridad de su protegida lejanía, de la razón de su escolar reclutamiento.


La chiquillada en pleno pudo contemplar la glorieta de la Normal, que dicho sea de paso no tenía la enorme fuente que luego construyeron, ni la barrera de pinos con que después la arbolaron, y era terreno baldío donde no existía nada, sólo aplanada tierra parda y arenosa de la que en esos momentos brotaban enterregadas nubes, todas surgidas a raíz del fragor de una lucha callejera que sostenían, violentamente, dos numerosos grupos de estudiantes “fegosos”, seguramente opositores entre sí.


Desde su mirador, los escuincles alcanzaban a distinguir las cadenas y las manoplas que algunos de los peleadores portaban en sus manos. Y, ¡rájalas!, también veían clarito, —¡clarito!— cómo con ellas se pegaban rabiosamente y a matar. O al menos eso imaginaron al ver las escandalosas hemorragias de sangre manchando algunos de los encolerizados rostros. No hubo muertos, pero con toda seguridad hubo cuando menos muchos descalabrados.


La escandalera de semejante trifulca a plena luz del día no fue apagada por los atemorizados gritos de toda la chiquillería cuando veían cómo, ¡moles!, un gordo le pegaba a un cristiano, otro grandote le estaba poniendo de trancazos a uno más chaparro, y varios más agarraban a patadas a un pobre caído.


Como gran parte de la población escolar en ese plantel correspondía al sector social que hoy denominarían “juniors políticos”, o sea, hijos e hijas de personajes influyentes, perfectamente acomodados en altos puestos de gobierno, no faltó la voz del sabihondo enterado que a gritos informó a toda la apelotonada concurrencia de su descubrimiento:
—¡Son Los Gorilones, son Los Gorilones!


Y sí, efectivamente, uno de aquellos dos grupos en la tremenda pelea campal era el de Los Gorilones, identificables a simple vista por su enorme corpulencia, temidos en su agresividad por todos aquellos que supieran de su poder.


En algún momento de la tarde, aquella pelea terminó, sin que se hubieran escuchado sirenas de ambulancias o de patrullas. Con las recomendaciones magisteriales de “salir rapidito y con cuidado”, los alumnos abandonaron aquel día su plantel, sin imaginar siquiera que habían presenciado no una simple y vulgar pelea callejera, sino un episodio más de la oscura historia porril de la organización estudiantil más temible y poderosa en muchos kilómetros a la redonda.


Lo único que a esos chiquillos pudo entonces preocuparlos fue, quizá, el que ese día no pudieron comprar a la salida de la escuela su acostumbrado raspado de grosella, ni su jícama con sal, chile y limón.

Comments

comments