Qué no se ha dicho y repetido ya acerca de Polidor, aquel improvisado pero ducho publicista de luenga barba entrecana, sombrero de soyate con enroscada ala ancha que anunciador paseara por las calles céntricas de aquella Guadalajara de la primera mitad del siglo xx, llevando siempre consigo un enorme megáfono de hoja de lata.

Cuentan los cronistas de la época que Polidor fue sinaloense de origen, avecindado muchos años después en el estado de Colima. Se rumora que allá por su tierra natal, él anduvo rolando entre la tropa de Heraclio Faustino Petronilo Bernal, el famoso “Rayo de Sinaloa”, para unos precursor de la Revolución y para otros bandolero asaltador de diligencias y caminos.

Sea eso cierto o no, el caso es que Polidor tuvo por nombre real el de Francisco Arce López y lo mismo anunciaba indumentarias, calzado o cintos, que sillas de montar, ya fuera a espaldas del templo de San Agustín o frente a La Casa Perico, una tienda que no se llamaba así pero que así se le quedó porque afuera de ella bailaba un desconocido metido en una especie de botarga con la forma de esa verde y parlanchina ave tropical.

Así también fue cierto que Polidor, a grito pelado en los Portales o en la esquina de Las Fábricas de Francia, se ponía a recitar versos floridos a las muchachas bonitas que se iba encontrando en su camino y quienes —eran otros tiempos—, lejos de decirse acosadas, se sentían de lo más halagadas.

A veces, cuando él cambiaba su típica indumentaria con pantalones de dril medio bombachos, camisa de algodón liso con manga larga, chaleco de cuero sin botonadura, botas hasta la rodilla, un ancho ceñidor a la altura de la cintura a manera de fajo y un rojo paliacate para enjugarse el sudor; por unos aniñados pantalones cortos, zapatos tipo mocasín escolar y calcetines largos, era porque andaba reportando el extravío y la búsqueda de algún niño perdido.

Se supone que Polidor se inició en tan peculiar trabajo cuando una muy importante compañía de teatro visitó la ciudad y, aprovechando su favorecido poder de recordación, lo contrató para anunciar la obra Los intereses creados, de Jacinto Benavente; y que así empezó toda la historia, yendo él por calles y calles, recitando en voz alta algunos fragmentos de los diálogos entre Leandro y Crispín tratando de conseguir a la hija y la fortuna del burgués Polichinela. Todo aprendido de puro oído, porque Polidor era analfabeta y por completo ajeno a los secretos de la palabra escrita.

Aún así, a pesar de no conocer ni la o por lo redondo, Polidor se daba sus mañas para versificar rudimentariamente sus anuncios verbales, de los cuales algunos han dejado registro escrito:

Tlapalería La Mascota

donde siempre compra el papel mariposa;

papel de todas clases y colores

para adornar las flores de los bellos amores.

El siempre bien recordado cronista Francisco Ayón Zester, en su obra Guadalajara Satírica, narra que Polidor acostumbraba desayunar en la menudería de doña Lupe, en aquel primer Mercado Corona, y que después de concluido su opíparo almuerzo, de pie en la esquina de Independencia y Zaragoza, se ponía a recitar frente a todo el mundo la siguiente cuarteta:

Quiere menudo

para que el dedo se chupe,

venga y cómalo

con doña Lupe

De allí, Polidor se dedicaba a andar de aquí para allá haciendo su ingenua publicidad a las puertas de aquellos añosos comercios, entonces todos focalizados todavía dentro de un perímetro urbano por demás céntrico.

Es el mismo cronista Ayón Zester quien dejó constancia de otra de las clásicas “versificaciones” del anunciador Polidor cuando éste, llegado hasta una armería ubicada en Pedro Moreno y Galeana donde vendían el aceite Lion, amplificando la voz con la corneta de su megáfono, anunciaba:

En coche o en camión

siempre use aceite de Lion.

Concluida su diaria jornada laboral, Polidor iba en búsqueda del nido de La Golondrina, un negocio de abarrotes ubicado en Garibaldi y Venustiano Carranza, en donde él charlaba largo y tendido con la propietaria de esa tienda: doña Mariquita Sanmiguel. Mas no fue con ella con quien hiciera vida propia, pues él estuvo casado con Isaura Graciano, procreando con ésta cinco hijos, aunque hay quien afirma que él generalmente vivía en hoteluchos de muy mala muerte.

Su oficio de anunciador comenzó a declinar, haciéndose paulatinamente menos visible, hasta desaparecer totalmente a causa de la llegada y el auge de la radio comercial, según algunos aseguran. Aún así, él siempre fue un personaje urbano recordado gratamente por muchos tapatíos, hasta la fecha.

En el año de 1964, a los 90 años de edad, Polidor murió en la Cruz Roja de la de ciudad Colima. A manera de leyenda urbana, se cuenta que estando él ya difunto le encontraron, en el interior del forro de su raído saco, la nada despreciable cantidad de 80 mil pesos, en billete de curso legal. El siempre sorprendente desenlace de esa muy sabida historia que de él se cuenta.

Por Carmen Libertad Vera

Comments

comments