Nunca se podrá filmar una película policial convincente en este país. Una película en la que un comisario, después de pasar por emboscadas y tiroteos, encuentre a los culpables. No sería creíble un argumento en el que caen presos los tipos que habían puesto una bomba en el avión de una mujer fatal que fue presidente de un país sudamericano. Tampoco se hará nunca ese film en el que un banquero es secuestrado dos veces y, aunque la familia paga el rescate, desaparece para siempre sin dejar rastros. Ni la de la extraña doctora que salió del hospital y se esfumó en la niebla de la tarde.
Brian de Palma sería un fracaso en la Argentina. Argumentos sobran, pero el epílogo siempre queda trunco. Hay delincuentes —miles, no hay lugar donde haya más—, pero nadie los escarmienta y es imposible planear un guión con final feliz. Claro que también hay historias de pobres gentes, pero sugieren un neorrealismo pasado de moda: ¿a quién le importaría filmar los sórdidos fusilamientos de Ingeniero Budge, por ejemplo?
El problema son los uniformes. Los bandidos de civil tarde o temprano caen. Los otros, los de uniforme, no tropiezan nunca. Pueden pasar varias noches en un cementerio haciendo un agujero en la tumba de un hombre famoso, llevarse las manos, la gorra y la espada y estar ahora sentados frente al televisor tomando unos mates, divertidos con las Gatas de Porcel o las Tretas de Moria. Tal vez no se pierdan las finales de la Copa América y conversen sobre la pegada de Juan Martín Coggi, o sobre si conviene cambiar la plata ya mismo. Aunque tal vez hayan cobrado afuera, en una plaza más segura.
Naturalmente, los policías, cuando no son ellos los culpables, tienen que hacer como que no saben para salvar su carrera. La familia Sivak conoce eso. También en aquel caso se había creado una comisión especial, rocambolesca, que estaba por echar mano a alguna verdad cuando llegó la orden “de arriba” y la investigación se terminó. Esa gente paraba en un departamento al que llamaban “baticueva”, tenía planos pinchados con alfileres en las paredes y armas pesadas al alcance de la mano. Los muchachos dormían en el suelo, con mantas de campaña.
Hubiera sido una buena película, con citas nocturnas, persecuciones y mensajes en clave, pero el productor se asustó. Por eso nunca habrá algo parecido a El día del chacal en esta parte del Río de la Plata: si se descubre un complot para asesinar al presidente de la República en un cuartel, habrá un juez preocupado, una prensa más o menos sensible, pero el policía de turno no conseguirá nunca un permiso para pasar más allá de la garita del dragoneante.
De novelas y películas de espionaje ni qué hablar. Estos son géneros decididamente imposibles. Cómo ambientar la escena —de ficción, claro—, en la que Facundo Suárez, enérgico, rotundo, convoca a cualquiera de sus coroneles de la SIDE mientras Rico y los suyos muestran las armas en Campo de Mayo.
—¿Y usted no sabía nada? —Diría Suárez.
—Me tomaron de sorpresa, señor.
—Pero ¿dónde estaba anoche, coronel?
—Con los muchachos de Cabildo, señor. Hacíamos la lista de los zurdos que hay en la radio. Piensan hacer un suplemento.
—Pero de esto, del Rico ese, ¿qué sabe?
—Es un héroe de las Malvinas.
—Eso fue antes. De ahora, digo.
—Hace karate. A veces se pone nervioso y contagia a los demás, pero es un tipo derecho, le aseguro.
—Hágame un informe de lo que está pasando.
—Los zurdos están en la Plaza, señor. No los puedo marcar a todos al mismo tiempo.
—Me refiero a Campo de Mayo.
—¡Ah! Eso está todo en orden, señor.
Lo que fracasa en cualquier intento de película de espionaje es que los hombres de inteligencia siempre descubren a los mismos culpables —pagados por el oro de Moscú—, y el suspenso decae enseguida. En cambio, si las manos del general en cuestión hubieran sido cortadas hace años y anduvieran viajando por ahí, o estuvieran enterradas afuera, como alguna vez el cadáver de esa mujer, el infeliz investigador de la Federal tiene poca chance de encontrarlas, salvo que el pato de la boda ya esté servido y todo el mundo se haya puesto de acuerdo para el banquete.
Otro argumento imposible es aquel en el que un grupo comando con herramientas de acero alemán —o sueco o francés, pero del bueno—, abre doce llaves y traspasa los muros de una bóveda mientras el sereno de la Chacarita acomoda las flores en la tumba de Carlos Gardel. Seguro que esos hombres no tienen alma de bandoneón. Para serruchar ese cuerpo inmenso mirándolo a la cara se necesita haber andado unos cuantos kilómetros. Por eso es posible imaginarlos después, tomando unos mates mientras miran la misa peronista por Nuevediario.
—Una CGT que saque la gente para rezar no se encuentra en ninguna otra parte del mundo —puede comentar uno de ellos.
—En Polonia sí —diría otro.
—Qué país tendríamos si el pelandrún de Videla no hubiera sido tan flojo… —suspira el primero, y devuelve el mate.

Por Osvaldo Soriano

*Texto publicado en Rebel

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