Por Juan Cervera

Antes de leer a estos jóvenes poetas, reunidos bajo el curioso estandarte de lo que ellos llaman infrarrealismo, uno se enreda en interrogantes. Piensa y pregunta: ¿de qué se trata este movimiento? Y resulta que, una vez leído lo que ellos expresan, los rubros nos salen sobrando. Estos ochos poetas, infrarrealistas o como quieran denominarse, no son más que ocho voluntades y ocho sentimientos que nos hablan con fe y entusiasmo de la vida con una hermosa y enorme carga de sensualidad liberada.

El infrarrealismo es para mí, tras la lectura, un aire dionisíaco cruzado por una intensa vocación de ser libres. Estos jóvenes nos enseñan a ser libres desde sus propias, a veces, cárceles: “pero cómo no amarte si andabas por ahí, felina jaguar”, dice J.V. Anaya; “contén mi histeria dentro de tus ojos”, Roberto Bolaño; así como desde ese temblor de ríos y “agua llena de garzas” del que nos habla María Larrosa, o desde ese ventarrón sarcástico de Cuauhtémoc Méndez, cuando piensa en su calvo futuro. Poesía hecha a fuerza de bocados sobre la carne viva, nunca apoyada en lucientes imágenes nada más. Uno puede sonreír con Bruno Montané “besándote las manos”, como siente Rubén Medina. Quizá también indigestarse de kafkianas lecturas como José Peguero, o “morir como bonzo y prendido a tus labios”, como nos ilumina Mario Santiago. Ocho poetas infrarrealistas de los cuales cinco serán famosos en el año 2000. Una lectura que nos incendia de vida. Introducción a Pájaro de Calor (1976)

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