Antes de embarcarnos en especulaciones sobre lo que el hombre de letras tendría que hacer o podría hacer en una edad científica, consideremos lo que en realidad se ha hecho. ¿Cómo han reaccionado los poetas modernos ante los grandes descubrimientos científicos de nuestro siglo, ante sus fantásticas invenciones, ante sus vastas estructuras de conceptos lógicamente coherentes, pragmáticamente útiles y, con todo, audazmente improbables? ¿Hasta qué punto se afectaron los temas de la poesía, o aun sus imágenes e ilustraciones casuales, por los extraordinarios acontecimientos que han venido ocurriendo durante las dos o tres últimas generaciones, en los dominios del pensamiento, la investigación y el experimento científicos, de la invención y la aplicación tecnológicas? Estos son los problemas que, hace más de cuarenta años atrás, planteé en un ensayo sobre el tema de la poesía; y así es cómo, hace cuarenta años atrás, los resolví:
“Los propagandistas quisieron hacernos creer que el tema de la poesía contemporánea es nuevo y sorprendente, que los poetas modernos están haciendo algo que nunca fue hecho antes. “La mayor parte de los poetas representados en estas páginas”, escribe el señor Louis Untermeyer en su Anthology of Modern American Poetry, “han hallado un nuevo y vigoroso material en el mundo de la dura realidad inmediata. Responden al espíritu de su tiempo; no sólo han cambiado sus puntos de vista: su visión se ha ensanchado para dar cabida a cosas ignoradas por los poetas de otrora. Han aprendido a distinguir la verdadera belleza de lo meramente bonito, a eliminar la escualidez del encanto, a encontrar maravillas en lugares antes desdeñados, a buscar verdades ocultas incluso en las oscuras cavernas del inconsciente”.
Trasladado a la práctica, esto significa que los poetas contemporáneos pueden hoy escribir, en palabras de Carl Sandburg, de “burr and boom of the blast fires” de “wops and bohunks”. Significa, en realidad, que están en libertad de hacer lo que hizo Homero: de escribir sin impedimentos sobre los hechos inmediatos de la vida cotidiana. Allí donde Homero escribió sobre caballos y domadores de caballos, nuestros contemporáneos escriben sobre trenes, automóviles y los gringos que tienen a su cargo el control de los caballos de fuerza. Eso es todo.
Mucho se ha recalcado la novedad de la poesía moderna; su novedad radica sencillamente en que se la ha rescatado de la enjoyada exquisitez de la poesía de fines del siglo pasado, para devolverla a los hechos y sentimientos de la vida corriente. Nada hay de intrínsecamente novedoso o sorprendente en el hecho de introducir en la poesía maquinismo e industrialismo, agitación laboral y profundidad psicológica; estas cosas nos pertenecen, como seres que gozamos y sufrimos, nos afectan; forman parte de nuestra vida, como los reyes y los guerreros, los caballos, los carros, la pintoresca mitología, formaban parte de la vida de Homero. El tema de la nueva poesía sigue siendo el mismo de la vieja. Los viejos límites no se han prolongado. Existiría una verdadera novedad en ella, si hubiera elaborado un método satisfactorio de tratar las abstracciones científicas, cosa que no ha hecho”.
¿Hubo en los 40 años transcurridos desde que se escribieron estas palabras, algún cambio significativo en la situación poética? Varios escritores sumamente dotados han purificado el lenguaje de la poesía inglesa y norteamericana, han creado y desarrollado nuevos ritmos, nuevas formas métricas, nuevas magias de sintaxis, sonido y audacia verbal.
Pero el dominio de la poesía no ha crecido de modo notable. “Debe celebrarse a T. S. Eliot”, escribe el señor Kenneth Allott, “por haber incrementado los temas accesibles al tratamiento poético. La cristiandad, la moderna ciudad industrial y el cuadro de la historia europea encontraron ubicación en su poesía, como lo observó MacNeice, y el ingenio, la ironía y la sátira son armas que domina”.
Pero sin la ayuda del señor MacNeice, uno puede observar también que la cristiandad ha sido durante algún tiempo tema de una gran cantidad de poemas, que no podía haberse escrito sobre las ciudades industriales antes que éstas existieran y que la historia europea fue abundantemente tratada por Victor Hugo, por ejemplo, y por Robert Browning.
En cuanto al ingenio, la ironía y la sátira, apenas pueden considerarse novedades. Eliot es un gran poeta porque purificó las palabras de la tribu de modo novedoso, bello y pleno de significaciones, y no por haber incrementado los temas accesibles al tratamiento poético. No lo hizo. Y esto vale para la mayor parte de sus sucesores poéticos. Sería difícil inferir por sus escritos el sencillo hecho histórico de que se trata de contemporáneos de Einstein y Heisenberg, de los computistas, los microscopios electrónicos y el descubrimiento de la base molecular de la herencia, del Operacionismo, Diamat y la Evolución Emergente. Hasta ahora, los hechos y las teorías científicas, la filosofía lógico-empírica de la ciencia y las más comprehensivas filosofías del hombre y de la naturaleza, que, con toda legitimidad, pueden deducirse de la ciencia tal como se relaciona con la experiencia privada en un contexto social e histórico particular, apenas han hallado ubicación en la poesía moderna.
De este modo, los historiadores de la literatura inglesa y norteamericana moderna dicen de fines del siglo pasado que “le atañe la preservación de la tradición de la cultura”. La cultura no científica de Snow, claro está, y las tradiciones judeocristiana y grecorromana que se asocian con dicha cultura.
Los poetas de la década de 1930 exhibieron (en la jerga de la crítica moderna) una “marcada insistencia en las referencias de índole social”. Tal fue el caso del autor de Piers Plowman, tal el de Shelley en The Mask of Anarchy. No hay ensanchamiento del dominio poético, sino, sencillamente, la recuperación de una provincia olvidada. La década de 1940 fue testigo de una reacción ante la “referencia social”, que la llevó a la “autorrevelación”, la cristiandad y el neorromanticismo. En la década de 1950, encontramos un poco de todo; es decir, todo, menos una insistencia en la referencia científica, que uno podría haber esperado encontrar como característica de la poesía de una época en la que tanto la ciencia pura como la aplicada progresaron tanto.
En los 40 años transcurridos desde que comenté por primera vez los viejos temas de la nueva poesía, se escribieron sorprendentemente pocos poemas donde se aluda a la ciencia. Los únicos ejemplos que me vienen de improviso son algunas elegantes piezas de poesía neometafísica por William Empson y el reflexivo poema lírico de Kenneth Rexroth Lyell’s Hypothesis Again. Debe haber otros, por supuesto, pero no muchos, estoy seguro. La gran mayoría de los poemas escritos a partir de 1921 ni siquiera aluden al hecho más importante de la historia contemporánea: el acelerado progreso de la ciencia y la tecnología.
En la medida que afectan la situación social, económica y política en que los individuos se encuentran, los poetas prestan atención a algunas de las consecuencias de la ciencia en avance; pero a la ciencia como cuerpo creciente de información, la ciencia como sistema de conceptos operativamente definidos, aun la ciencia como elemento necesario para la formulación de una filosofía sostenible de la naturaleza del hombre, en una palabra, la ciencia como ciencia, apenas se la menciona nunca. Con mayor exclusividad todavía que sus predecesores de siglos anteriores, los poetas modernos se interesan por las experiencias privadas propias y ajenas, tal como las evocan la naturaleza, las presiones sociales, los conceptos teológicos y políticos, el amor, el dolor y la beatitud, el desamparo y la perspectiva de la muerte.

Por Aldous Huxley

*Fragmento de Literatura y ciencia (1963)

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