Por Paul Meixueiro

A ella le rondaba en la cabeza la idea de dejarme, lo sabía desde hace más de un mes.
Yo tampoco estaba del todo contento viviendo con Andrea; sin convertirlo en obsesión, pensaba también en lo mismo. Ella tenía varios problemas al igual que yo, los cuales dificultaban nuestra permanencia y hacían evidente nuestra necedad de seguir juntos. Su principal problema era mantenerse sobria durante el día y evitar que la paga de trabajar en un restaurante se esfumara en alcohol.
Me mudé a su casa después de que sacaron mis cosas de un pequeño cuarto donde viví un año. Debía cinco meses de renta. Un día, al regresar de buscar trabajo, mis cosas estaban en la puerta de la vecindad. No eran muchas, pero tuve que hacer varios viajes a la casa de Andrea, la cual estaba a unos metros de donde vivía. Ahora que lo pienso bien, su casa era un departamento, un lugar que nosotros insistimos en llamar “casa” para hacer notar lo espaciosa que era en comparación con mi pequeño lugar de donde me echaron a la calle.
Pasado un tiempo de vivir con Andrea, poco a poco empecé a beberme todo mi dinero, al igual que ella lo hacía. Después de tanto tiempo, no sé muy bien sí había algo entre nosotros dos; tal vez sólo nos habíamos lamido las heridas en el momento justo, y aunque nuestra relación estaba orillada a convertirse en algo pasajero, el simple hecho de no tener a nadie más en aquel lugar tan inhóspito nos hacía seguir juntos.
Todos sabemos que el amor se construye de cimientos muy frágiles y nosotros dos no éramos la excepción.
Cuando aquella tarde entré en el departamento y le grité “¿Quieres venir a Pochutla conmigo y dejar todo tal como está?”, me dio la impresión de que todo podía cambiar. Ella me miró un corto tiempo y contestó: ¿Por qué no? ¿Qué mierda hacemos en este pueblo? Voy a empacar unas cosas y nos vamos.
Andrea y yo salimos un viernes de Tlaxiaco camino a Pochutla, lugar donde todavía tenía familia, personas en las que podía confiar, aunque fuera muy poco. Teníamos escaso tiempo de maniobra en Tlaxiaco, de donde salimos huyendo después de comprar un carro con un cheque sin fondos. Yo había depositado el cheque en la cuenta que me indicaron ese mismo día. Era un fin de semana largo; todos descansaban el lunes y el dueño del vehículo probablemente hasta el martes tendría noticias en el banco.
Salimos a carretera en la tarde del viernes. El riesgo era latente. Unas pequeñas letras en la ficha de depósito que entregué me delatarían ante cualquier persona que estuviera enterada de su significado. SBC eran las tres pequeñas letras que había ignorado el vendedor, un señor de 50 años que no dudó en darme el carro. “Salvo Buen Cobro” significa que el banco tiene tres días para cobrar ese cheque de un banco distinto y depositar el dinero en la cuenta. 70 mil pesos era lo que el señor pedía para completar la compra.
El cheque lo deposité el viernes en la mañana y ese mismo mediodía ya tenía el carro conmigo. Era la segunda vez en mi vida que me hacía de dinero de esta forma. El dueño me entregó el Tsuru blanco, con todos los papeles necesarios para venderlo sin ningún problema. En el camino, recordé que por esas fechas cumplía un año de vivir con Andrea. Parte de ese tiempo yo no tuve trabajo; sólo durante dos meses trabajé en un lava-autos cercano y pude ayudar a pagar la renta del cuarto que compartía con ella. La situación económica siempre fue complicada.
Andrea hacía el turno nocturno en el restaurante donde trabajaba como mesera. Entraba a las diez de la noche y salía a las seis de la mañana. Era un pequeño restaurante que se las arreglaba para funcionar con una cocinera, una mesera (que de noche era Andrea) y el dueño. A veces solía ir a sentarme en su trabajo. Pedía un café y me la pasaba leyendo los periódicos de días pasados. Ella solía incomodarse con mi presencia en el lugar y por lo regular me lo reclamaba al regresar a casa. Por mi parte yo creo que nadie se percataba de mi figura en el lugar. Gracias al trabajo de Andrea logramos sobrevivir tanto tiempo en aquel lugar. Siempre procuraba la forma de robar comida, alcohol o inclusive dinero. Sin esa gran ayuda, hubiéramos estado en la calle a los tres meses.

***

Pochutla fue el lugar donde pasé la mayor parte de mi infancia. Conservaba dos tías en aquel sitio. Mi padre había muerto hacía tiempo y mi madre desde entonces se había mudado a la Ciudad de México. Tenía casi cinco años sin hablar con ella. Mis tías eran hermanas de mi padre y no tendrían ningún problema en alojarme.
Salí de aquel pueblo cuando tenía 15 años. Le dije a mis padres que quería estudiar en la ciudad de Oaxaca y vivir con mi tía Angelina, hermana de mi madre. Mi primo Arturo me había convencido de estudiar la preparatoria en la misma escuela que él, a unos cuantas cuadras de su casa. Pochutla se encuentra a escasos kilómetros de varias playas hermosas que acostumbraba visitar, por lo menos una cada semana, primero con mi familia y después con mis amigos de la secundaria. Me encantaba el mar. No podía vivir sin él, y durante gran parte de mi infancia y juventud, conocí un sin fin de playas a lo largo de toda la costera. Era mi hábitat, mi lugar. El agua salada era una de las cosas que más disfrute en aquellos años. Nadar, nadar y nadar para luego recostarse sobre la orilla del mar y después volver a nadar, nadar y nadar. Cuando mi primo me visitó, toda la magia en aquellos parajes estaba roto, todo por culpa de una chica de mi secundaria. Un rompimiento que no era motivo suficiente para alejarme de Pochutla, pero en esa época fue decisivo para viajar a la ciudad de Oaxaca y querer establecerme en ella.
El primer año trabajé en un centro comercial empacando mercancía al mismo tiempo que estudiaba; lo primero en la tarde y lo segundo en la mañana. La escuela no era algo difícil. Si hubiera tenido alguna motivación, la hubiera terminado sin ningún problema; pero para cuando salí del primer año, mi principal objetivo era trabajar de tiempo completo en el centro comercial.
Mi jefe, el gerente Jesús, me había prometido contratarme para el área de bodega, descargando tráilers enteros de mercancía. Tenía cualidades para el puesto, repetía e insistía, y yo quería ganar más dinero que la propina que recibía empacando mercancía. Mi mayor anhelo ya no era regresar a Pochutla como al inicio de año.
A mi tía Angelina no le gustó mi propuesta de dejar la escuela. Llamó a mis padres, quienes viajaron desde Pochutla para “hablar conmigo” sobre mi decisión. El pleito comenzó en cuanto se bajaron de la suburban.
¿Por qué quieres hacer eso? Acaba la escuela y después haces lo que quieras. No está bien lo que quieres hacer. Si quieres trabajar, mejor regresa al pueblo, decían los dos en perfecta sincronía para hablar uno después del otro.
Yo respondía que era la mejor posibilidad, que ganaría muy bien, que nunca podría ganar eso en Pochutla, que la escuela ya después la podía terminar en un sistema abierto. Mi padre se enojó lo suficiente como para darme una cachetada e irse del lugar. No sé de dónde agarré valor, pero al final decidí tomar el empleo y salirme de la casa de mi tía.
Fue la última vez que vi a mis padres juntos. Desde esa fecha no hablo con mi madre, y justo dos años después de aquel viaje, murió mi padre. No fui al entierro porque no tenía nada que hacer ahí.
Trabajé siete años en la misma área del centro comercial y fui subiendo de puesto hasta ser nombrado jefe de almacén. Seguiría trabajando ahí si un nuevo gerente no se hubiera dado cuenta de uno de mis “biznes” con los traileros encargados de transportar la mercancía. Llevaba años haciendo lo mismo, y me confié cuando llegó un nuevo gerente desde la ciudad de Puebla. No sabía lo que venía sobre mí.
Yo quería regresar al mar, quería nadar todo el día y toda la tarde en alguna de esas playas que sólo conocíamos yo y unos pocos amigos. Pero alguien me dijo que la empresa pensaba demandar a todos los implicados; una demanda millonaria decían. Por eso huí a Tlaxiaco, destino que fue el primero que me sugirió mi único amigo en la empresa, cuando le pedí ayuda. Él había pasado ahí su infancia, y estaba igual de enamorado que yo de Pochutla. Al pasar las semanas me di cuenta que el lugar es horrendo y sólo me quedé ahí por Andrea, a quien conocí a los pocos días de llegar a Tlaxiaco. No puedo negar que había noches que la pasábamos muy bien. El sexo nos juntó y siempre fue lo mejor entre nosotros dos. El río de fluidos que viajaban al centro de nuestro cuerpo era la mejor droga para aquel frío del demonio.

***

A las nueve de la noche cruzamos Huitzo, última escala antes de llegar a la ciudad de Oaxaca, donde pensábamos pasar la noche. El Tsuru blanco se comportó perfecto en la carretera. Mi mayor miedo era que nos dejara en medio de la nada, pero no sucedió así. En Huitzo el viento empezaba a ser más cálido de lo acostumbrado en Tlaxiaco, donde el viento nunca tiene tregua con el pueblo. Al entrar a Oaxaca decidí buscar algo de comer; los dos estábamos hambrientos, y lo primero que encontramos fue un autoservicio de hamburguesas donde compramos comida suficiente para los dos. Estábamos muy contentos. Era un nuevo comienzo, y no pensábamos echarlo a perder. No teníamos mucho efectivo, pero alcanzó para comprar varias cervezas en un depósito y tomarlas cerca de una plaza comercial.
Mi plan era vender el auto al día siguiente y con ese dinero refugiarnos en Pochutla hasta poder salir del estado y empezar todo de nuevo. Bebimos hasta tarde por la zona norte de la ciudad; una cantina nos sirvió como refugio para no poner en riesgo el carro, nuestro posible futuro. El dueño era un conocido de Andrea que nos dejó quedarnos en su enorme patio por esa noche. Él dormía al fondo, en un cuarto de tabicón gris. Nosotros nos estacionamos debajo de un árbol al lado contrario, en la oscuridad. Andrea estaba especialmente hermosa, la emoción de viajar en estas circunstancias parecía caerle de maravilla. Tuvimos sexo en el auto justo cuando el sol comenzaba a asomarse por encima del cerro del Fortín, a menos de un kilómetro de donde pensaba vender el carro al día siguiente. Recuerdo aquel amanecer como uno de los más hermosos que haya visto en toda mi vida. Imaginar a Andrea encima de mí, mientras el sol se asomaba por la dirección de nuestro próximo destino, es lo suficientemente satisfactorio para taladrar todavía mis pensamientos.
Despertamos al mediodía. El borde del río Atoyac era la referencia principal para encontrar el tianguis de autos y después de agradecer al dueño de la cantina su estancia, nos dirigimos a él sin mayor dificultad. Ya en el lugar, vendimos el carro sin problema. Negociamos varias veces con posibles compradores para no levantar sospecha, pero nuestro precio era el adecuado. No hubo ningún contratiempo para poderlo vender ese mismo día. Recibimos 50 mil pesos de parte de un joven demasiado emocionado con lo obtenido: emanaba felicidad. El modelo del Tsuru era reciente, quizá tres o cuatro años de antigüedad; el kilometraje era bajo, e insistimos en decir que éramos los únicos dueños y que la factura estaba a nombre de mi papá. Todo el tiempo nos lamentamos de venderlo por una emergencia familiar. Nos hicimos pasar por hermanos ante todos los compradores. Andrea exageraba un poco, pero nadie lo tomó mucho en cuenta. Después de eso, tomamos un taxi con rumbo al centro de la ciudad. La emoción de ella superaba la mía.
Nunca he visto tanto dinero junto, decía con insistencia.
Le propuse pasar una noche más en la ciudad y al día siguiente a primera hora viajar a Pochutla. Ella aceptó y buscamos dónde hospedarnos y comer algo.
Para las nueve de la noche, ya estábamos borrachos de nuevo.
Bebimos en varios bares de la ciudad. Gastamos mucho dinero, más de lo presupuestado y adecuado en nuestro caso. Antes de salir, guardamos la mayor parte de dinero en la caja fuerte de nuestra habitación, pero regresamos en dos ocasiones para recoger más dinero. La noche se salió de control.

***

Andrea había vivido toda su vida en Tlaxiaco. Era un poco más joven que yo, delgada, sin ningún atributo que la hiciera especial, pero tampoco con algún defecto que la horrorizara demasiado. Yo sabía muy poco de la vida que llevó antes de conocernos. Ella nunca hablaba de su juventud o de su infancia. Pensando en perspectiva, no me interesaba mucho en indagar su pasado. A veces visitábamos a sus padres en las orillas del pueblo. Dos ancianos que siempre mostraban un cierto grado de hostilidad hacia mi persona, aunque nunca fueron demasiados enérgicos en sus comentarios como para incomodarme de verdad. Yo sólo me presentaba en su casa por la comida, alimentos muy distintos a los que estábamos acostumbrados los dos. La mayor parte del tiempo comíamos los guisos que estaban a unos días de desecharse en el restaurante donde trabajaba ella; siempre los traía envueltos en bolsas transparentes que a su vez eran envueltas por bolsas de asas de colores. No me puedo quejar de la comida, menos si siempre era gratis, pero la que preparaba la mamá de Andrea era espectacular. Las pocas veces que fuimos a visitar a sus padres, mi insistencia en llegar a la hora de la comida era una parte decisiva de ir a su casa. Ella tampoco tenía muchos amigos en Tlaxiaco. La mayoría eran conocidos de la primaria o secundaria a los que a veces evitaba y otras saludaba. Siempre me contaba las historias de cada uno de ellos, sucedía muy a menudo, y la mayor parte de esas historias las olvidaba. A ella no le disgustaba mis olvidos. Al contrario, parecía darle cuerda para empezar de nuevo los recitales en voz baja cada que volvíamos a encontrar a cualquiera de sus compañeros.
Yo sólo entable amistad con su mejor amiga, Claudia, quien vivía dos calles arriba a la casa con su marido Jesús y sus dos pequeños hijos. Su pequeño refugio era otro de nuestros sitios predilectos para comer los domingos, donde llegábamos con cervezas y ellos cocinaban carne en la mitad de un barril acondicionado para hacerlo pasar por un horno. “Nosotros ponemos el alcohol y ellos la comida”, era un acuerdo que dijimos la primera vez y después se hizo parte de los domingos en la casa de Jesús y Claudia.
La fiesta siempre terminaba cuando Jesús se ponía violento con Claudia y nosotros decidíamos mejor tomarnos un último paquete de cervezas en nuestro casa, donde borrachos podía pasar desde lo común hasta lo más extraño. Nunca recordábamos bien lo que había pasado al día siguiente. Andrea me evitaba durante algunos días, y yo no sabía si le había hecho algo o si sólo lo imaginaba. Lo mismo pasaba después de cada baile o jaripeo a los que íbamos por insistencia de ella, donde yo sólo me dedicaba a beber mientras ella observaba todo con expectación, siempre esperando que pasara algo. Nunca pasaba nada y regresábamos muy borrachos a su casa; no necesitábamos ningún aliciente más que llegar para comenzar todo. Andrea siempre me decía que le pegara mientras cogíamos y creo que eso iniciaba todo, un remolino de mordidas, golpes, gritos y vejaciones de las que siempre recordaba muy poco, pero se notaban en nuestros cuerpos durante varios días. Las huellas de la batalla siempre eran bastantes deprimentes, y por lo regular dejábamos de tomar un fin de semana para luego regresar a las mismas costumbres. Todo era como un enorme círculo que nunca acababa de cerrarse.

***

Al día siguiente me despertó el ruido de los coches de la calle posterior del hotel. Andrea dormía. Eran las nueve de la mañana y salí a buscar algo de tomar. Compré una cerveza y me senté en un pequeño parque no muy lejos de donde nos quedamos. La mañana era fría y trataba de hacer cuentas mentales sobre el dinero que todavía quedaba. Después de eso decidí ir a comprar los boletos para viajar a Pochutla; el lugar tampoco quedaba lejos, y antes de las once estaba de vuelta en la habitación. Ella seguía en un profundo sueño y yo sabía que si nadie la molestaba, podía dormir hasta las tres o cuatro de la tarde. Empaqué todo lo necesario en una maleta. El dinero lo escondí en mis calcetines y logré despertarla para salir un poco antes de las doce rumbo a la terminal. Andrea parecía caminar mecánicamente para no caer dormida en medio de la calle. Poco a poco fue despertando y diciendo que se sentía muy mal para viajar. Yo balbuceé como para mis adentros que no podía perder más tiempo, ni dinero, y que tendría que hacer un esfuerzo para viajar en ese estado.
Yo también estoy haciendo mucho esfuerzo, Andrea, ya verás que en Pochutla todo será distinto, le dije mientras reducía el paso para poder abrazarla.
Al llegar a la terminal nos sentamos en la improvisada sala de espera. Nuestra suburban salía a la una de la tarde y todavía faltaban cuarenta minutos para eso. Le dije que iba a ir por algo de beber y por una pastilla para que pudiera aguantar el viaje. Ella sonrió con la idea. Dejé mi maleta al lado de la suya y le di en la mano los dos boletos para viajar. Salí de ahí rumbo a la farmacia, pero nunca regresé. El dinero era insuficiente; apenas y alcanzaba para poder rentar un departamento y sobrevivir unos cuantos meses, quizá un poco más. Con Andrea me iba a terminar todo en alcohol.
Cuando doblé en la esquina de la terminal, tomé el primer taxi libre y le pedí que me llevara a la terminal de autobuses de lujo. Ya en la taquilla, compré un boleto en primera clase para Puebla y dormí durante todo el camino.

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