Larga vida a la grasita sabrosona, esa que nos recubre las carnes, la que nos redondea. Loas a la llanta, flotis, michelín, lonja, rollito; sacrosanta nalga del juicio, acógenos en tu rotundez. Arcos triunfales al tejido adiposo que circunda nuestros brazos y muslos, y abraza amoroso nuestro tórax. Velemos las armas por la gloria eterna de las grasas procesadas para que nos asistan en todo momento. A ellas supliquemos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas, pero con el gozo vital de zamparse también dosis pantagruélicas de carbohidratos. Sea así pues el tributo por esta, nuestra porfiada y ganosa humanidad.

¿Qué sería de nuestra efímera existencia sin las quesadillas de sesos, los tacos de trompo, el asado de puerco, las chimichangas, el pan de pulque, los dulces de mantequilla y la Coca Cola? ¿Cuál sería nuestra razón de permanecer acá sin las tortas ahogaperros de La Purísima, cachondas de carnes frías y un aguacate entero? ¿O las de La barda, los Tacos Meme o Pipe, las burguers golonas, los turcos, los sonodogos, las papas fritas, los rollos capeados? ¿El pambazo, las tortas de tamal o las ahogadas, los chilaquiles, la mojarra empanizada y las campechanas? ¿Acaso sería humano prescindir del pastel triple chocolate, las galletas de crema de cacahuate, los burritos, los duros con frijoles, crema, repollo y salsa, las conchitas con queso, los esquites o elotes desgranados bañados con mayonesa, crema, chile en polvo y dos quesos?

Que la ira de las alturas nos azote y mancille si osamos ignorar el seductor aroma de una Maruchan con pollo (dicen), de los macarrones con queso, las barras de chocolate con leche, almendras o arroz inflado, los jamoncillos con nuez o piñón, y las palomitas con mantequilla (también dicen) extra.

Sabio y omnipotente Quezada, que con sus tiras sobre la dieta del mexicano se torna Virgilio y pitoniso tenochca. Vénganos las tostadas de cueritos en tu honor, y tres rebanadas de pizza triple carne también. Manteca de puerco, tapona nuestras arterias. Camarones envueltos en tocino, alcen nuestro colesterol a la esfera celestial. Mousse de mascarpone con frutillas, haz bailar harlem shake a nuestros niveles de azúcar. Bolsa familiar de Doritos, tiñe de rojo ocaso marciano nuestros dentros. Tamales, acompáñenos en medio de toda tribulación.

Que las lenguas de gato exorcicen al brócoli, la lechuga (excepto en taquitos de tostada), al tomate (excepto en la salsa que baña los empalmes), al chile (excepto en los frijoles con veneno), a la cebolla (excepto la que corona a la cochinita pibil), al chayote, la coliflor, el pepino, la manzana y el melón. Vade retro a las ensaladas y licuados de piña con nopal, auténticos emisarios del averno. Porque si en esta vida se trata de ganar la felicidad, el éxito, la prosperidad, y al final no obtenemos nada de eso, por lo menos nos queda la genuina potestad de ganar tonelaje que cimbre los huesos y nos haga grandes, aunque sea para ocupar doble asiento en el avión. A dejar huella a nuestro paso con sillas vencidas, tallas de cintura hoy leyendas míticas; ascender a la cumbre de la alta presión sanguínea, glorificarnos en la diabetes y entregar el corazón al trombo y al infarto. Subir escaleras y caminar es para losers.

Porque ahora, como México no hay dos. Porque hoy la patria es grande, humana y generosa en volumen. Ahítos o hambrientos, la desnutrición ha conseguido con mayor contundencia lo que pactos nacionales, cruzadas y movimientos sociales no han logrado consolidar masivamente, al menos no todavía.

Mexicanos al grito de la orden doble y con todo, lo hemos logrado. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura (FAO, siglas en inglés), somos los más gordos del mundo. Háganse el menudo y unas guamas para celebrar.

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